A Julián
Era la mañana del domingo. A eso de las nueve Miguel ya se encontraba despierto y sacudía a Pablo, su hermano pequeño, que se arrebujaba en posición fetal en la cama de al lado. “Venga, despierta... que nos vamos a la Dehesa” (Miguel pronunciaba “la desa”, sin saber bien lo que significaba aquella palabra).
Casi todos los domingos, al menos en verano, el padre y los dos hijos se iban al campo, a tan sólo unos veinte minutos del barrio. La Dehesa de la Villa es un enorme parque con pinos, mucha arena y algo de hierba, adonde se llega siguiendo la calle Francos Rodríguez, hasta alcanzar el antiguo cuartel de la Policía Armada, justo enfrente del Colegio de La Paloma.
A esas horas de la mañana casi no había nadie por las calles; quizá un transeúnte solitario paseando un perro, mujeres con una bolsa de papel manchado de grasa de churros o porras, y algún que otro jubilado con el periódico bajo el brazo.
Miguel salía de casa ya con el equipo puesto: la camiseta de rayas, el pantalón azul y las medias, azules también con la vuelta roja. No acertaba a comprender muy bien por qué aquellas medias no tenían talón ni puntera, sólo una tira ancha que quedaba por debajo de la planta del pie. La única explicación es que eran así porque eran de fútbol, no medias de colegio. Y aunque necesitaban tener un calcetín debajo, quedaban bien cuando se abrochaba la bota. Al terminar de calzarse contemplaba ensimismado sus botas de fútbol negras, con tres rayas blancas a los lados y con tacos en la suela —casi iguales a las de los futbolistas de los cromos— que le habían traído el año anterior los Reyes Magos.
Su hermano menor no quiso que su camiseta fuera igual a la suya y se pidió una roja, como la de la selección. La verdad es que el equipo que más le gustaba a Miguel era el Elche, porque su camiseta era la más original: blanca con una banda verde horizontal a la altura del pecho. Viviendo en Madrid, las opciones más ofertadas eran la del Real Madrid, la del Atleti o la de España. En algunos grandes almacenes se podía encontrar la equipación del Athletic de Bilbao o la del Barcelona, pero puestos a elegir se quedó con la del Atleti, la de rayas rojas y blancas... aunque le llamaran “colchonero”.
Caminaban con pasos rápidos y nerviosos, a veces correteando, con prisa por llegar. Con frecuencia el padre tenía que llamarles elevando la voz o darles la mano para cruzar los semáforos. Mostraba también su autoridad llevando el balón, en una red, colgado del hombro; de la mano derecha pendía una bolsa de skay azul con unos aros olímpicos en los costados donde llevaba los bocadillos, una toalla, un pequeño botiquín y las botas. Sus botas, que eran más altas y casi le cubrían el tobillo, en vez de tacos tenían unas tiras de cuero, y solía untarlas con grasa de caballo... como al balón. Decía que así se conservaban mejor.
Cuando finalizaba la amplia acera tomaban un pequeño camino de asfalto que llevaba a la Clínica Fabiola —aquella reina española que estaba en el extranjero—, y justo cuando se terminaba la senda, allí empezaba la Dehesa... los árboles, la tierra, los enormes descampados. Su particular campo de juego lo delimitaban la portería, dos pinos paralelos con la adecuada distancia para un portero de ocho años, y el terraplén, amenazador, que se encontraba enfrente. Cuántas veces le tocó al padre correr por la pendiente cuando erraban el punterazo y mandaban el esférico más allá de los imaginarios límites de cualquier estadio, Bernabéu o Metropolitano.
Años más tarde Miguel entendería qué era aquello de la triangulación; era a lo que jugaban sin saberlo. Los tres en un triángulo, más o menos equilátero, pasándose el balón a veces a un lado, a veces al otro. Lo más difícil era picar el balón para que se elevara lo suficiente y poder meter el empeine, con fuerza, hasta lanzarlo a la altura del pecho. Claro que cuando el pase iba hacia Pablo, que levantaba apenas un metro del suelo, era aún más difícil calcular y, en ocasiones, se llevó algún que otro balonazo, con la consecuente llantina y la persecución enrabietada para vengarse con una patada certera a la altura de la espinilla.
Pero lo más divertido era la ronda de penaltis. El padre bajo la sombra de los pinos, a once pasos de él, el balón, y justo detrás... los chavales. Primero uno y luego el otro. “¡Venga, empieza!, el que meta más gana.”
Tras los disparos, diez o doce cada uno, el descanso. En la bolsa mágica cabía también una cantimplora con algunos hielos y los esperados bocadillos, de mantequilla y fiambre o de chorizo.
A veces aprovechaban la pausa para acercarse a un espacio más llano y despoblado donde, a fuerza de jugar y de rellenar los pequeños socavones con guijarros y restos de ladrillos, los mayores (que debían andar por los veintitantos) habían dibujado un campo marcando rayas en el suelo, que determinaban el área y los fuera de banda y, a falta de porterías, habían recurrido a dos montículos de piedras con unos listones verticales que ejercían de semi-postes.

Foto: Victoria García
Se veían buenos partidos allí. A veces se impresionaba por la velocidad en las carreras y la fuerza de los encontronazos. En ocasiones, se escuchaban palabrotas y algún que otro insulto... pero sin llegar a las manos. Aquello era, sin duda, la primera división, aunque Miguel no se veía a sí mismo, dentro de unos años, enfrentándose a aquellos hombres mayores que jugaban con el torso desnudo y que llegaban a intimidarle porque había oído decir que venían desde el Cerro de los Locos.
Tras el bocadillo regresaban a su propio campo para jugar el partidillo de todos contra todos que se convertía, inevitablemente, en un duelo entre el padre y los dos hermanos. Si había suerte, y no era necesaria la mercromina en las rodillas, a eso del mediodía daban por finalizada aquella maravillosa mañana de domingo.
En casa esperaba la madre, con la mesa medio puesta, aguardando a servir la paella y los vasos de gaseosa manchada con vino. También podía recibirles con una regañina si se les ocurría sentarse a la mesa sin pasar por el lavabo o sin quitarse las camisetas impregnadas de sudor futbolero.
Así era un domingo de fútbol para Miguel hace unos cuarenta y tantos años. Los mismos que hace que no pisa un estadio.
(En El Rapto de Europa, nº 18, junio de 2011)



1 comentarios:
Que visión mas distinta y agradable del fútbol. Es muy evocador te traslada a una época donde los juegos eran más compartidos y divertidos
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