Esa noche incluso no tenía prisa y fui yo el que invité a una iniciática ronda en “The blind pig”. Allí, después del primer cubalibre de ron, pude confesar a Jenny, entre carcajadas, mis problemas... jamás pensé que podía tener un inglés tan fluido, o tan gracioso, porque fui la envidia de todos los participantes masculinos que observaban celosos como su fetiche sexual se moría de risa con mis ocurrencias. Jenny me recriminó no haberle dicho nada sobre todo, me dijo, porque ella padecía de insomnio y tomaba habitualmente unas pastillas para dormir. Abrió el bolso y troceó un pedacito gris que contenía cuatro. Te tomas una, una hora antes de acostarte, y te olvidas. Venga, tómatela y ya me dirás mañana, me dijo con ese aire maternal que adoptan a veces las mujeres. Obviamente no estaba en mi ánimo contrariarla, porque sospechaba (o anhelaba) que tras esas complicidades pudiéramos compartir algo más en esa última noche. Pero Jenny se dedicó a la mesa de billar retando, a cinco dólares la partida, a todos los que quisieran, y no faltó el galán argentino, el machote mexicano, el apocado peruano, incluso un extraño paraguayo para medirse con Jenny que se inclinaba provocativamente sobre el tapete.


Foto: Jeremy Blanchard
Al finalizar el tercer —o quizá fuera el cuarto— Bacardi con cocacola, la cabeza me daba vueltas, notaba como los ojos se entornaban y la lengua empezaba a darse golpes contra las paredes del paladar, todos los síntomas de que —como diría el porteño— empiezas a “estar en pedo”. Era el momento de pensar en dormir... sleep... dormir...
Salí del bar y tuve suerte, un taxi mantenía la luz encendida a escasos cien metros. En poco menos de tres minutos estaba subiendo —con ciertas dificultades— la escalera que me conducía al primer piso del hotel. Entré sin dar la luz, para no molestar a Vernor; era tal mi condescendencia con toda la humanidad que hasta a mi torturador personal le veía como una víctima. Me miré en el espejo y casi no me reconocí, la cara era de totally drunk (borracho total), a ver si con tanto alcohol ahora no voy a pegar ojo, pensé... fue tal mi pavor ante esa hipótesis que inmediatamente me tomé otra pastilla de Jenny con la ayuda de un poco de agua.
Recuerdo, ya muy vagamente, que me metí en la cama; no me acuerdo bien si dejé el aire acondicionado encendido o lo apagué; pero sí recuerdo perfectamente cómo abrí la cajita de “super suaves”, cómo me dediqué a ponerlos y quitarlos para notar hasta qué punto amortiguaban los ronquidos/snores, y me tumbé, cerré los ojos... y no recuerdo mucho más.
A la mañana siguiente, Vernor tuvo que sacudirme fuerte para despertarme. Cuando abrí los ojos y vi tanta luz, tuve que cerrarlos de nuevo. Vernor, completamente vestido y con la cartera en la mano, me dijo que se había asustado, que me había estado hablando y que no despertaba, que incluso me había zarandeado ligeramente y que a punto había estado de llamar a recepción porque creía que me había pasado algo. Ya más tranquilo, me recordó la hora y me dijo que tenía sólo diez minutos para llegar a tiempo. Le dije que sí, que no se preocupara...
¡A la m.... el comedor... ¡Estaba feliz!, por primera vez en cuatro días había podido dormir y esa sensación no la iba a eclipsar un despertar apresurado por llegar a desayunar. Según el programa, tras el desayuno, teníamos una última sesión con el servicio de admisiones de la Universidad y consideré que esa era una actividad totalmente innecesaria y prescindible para mí. Me levanté y encendí el televisor en busca de noticias... no esperaba encontrármelas en un papel doblado que estaba en el suelo, cerca de la puerta. En un castellano pasable venía a decir que si no conseguía dormir podía acercarme hasta la 107 donde me esperaba, con una botella de ron, XXX Jenny.
Doblé con sumo cuidado el mensaje y pensé en lo mucho que podía presumir ante mis colegas de la oficina. Pero, sabiendo de mis cuentos, seguro que pensarían que, o bien lo escribí yo mismo, o se lo encargué escribir a alguien, así que decidí hacerlo pedacitos y arrojarlos hacia el techo de la habitación. Lentamente, como un confetti carnavalesco, descendieron hasta posarse en la cama. Algunos cayeron muy cerca de unos tapones azules que permanecían, medio ocultos, al lado de la almohada. THE END.



10 comentarios:
Esta saga rodriguiana no podía finalizar de otra forma: con fuerza, con estilo, con personalidad, arrasando...pero sobre todo con otro giro copernicano. Gracias por no borrar este mensaje y un abrazo!
Otro para tí... y ya sabes que tus comentarios, y del resto de tus colegas parl, son siempre bien tratados y bien recibidos...
Euroabrazos
Esta última entrega me ha gustado, pero siento que se acabe ¿sería posible otro relato por entregas? Me había acostumbrado... Felicidades.
Lo que le pasa a este desgraciado refleja la vida de muchos, pero en todo caso,Alberto, queremos una historia de amor ya, que acabe como los cuentos de hadas. Necesitamos creer en el amor...(yo por lo menos)
Gracias Alberto, me ha gustado la serie entera y tu forma directa y humorística de tratar asuntos que parecen mundanos, pero que también tienen mucha sensibilidad. Nos puedes decir, ahora que no nos lee nadie, de qué fuentes bebes para inspirarte?
Felicidades
Las fuentes son múltiples y variadas, y dependen de variables como el tiempo, la hora, el día de la semana, el estado de ánimo... pero para no evadir la respuesta, (y por si quieres tener un detalle)habitualmente suelo beber de Estrella Galicia, Guiness, Flor de Caña, Blanco de Rueda, vermouth de grifo y Rioja crianza.
Saludos (hip)
Un giro realmente interesante al final. Y como dice el refrán "No hay Vernor que por bien no venga"
Felicidades por el relato.
Queremos más!
No tiene ya remedio pero si hubiera estado "matando judios" o viendo "la procesión de san genarin" tal vez se hubiera mantenido más despierto, ja,ja,ja.lo pillas...
Por favor, yo querer más cuentas para mi amigo Alberto. Thanks!
Joder, qué imaginación tienes! dime, cual es tu proceso creativo?
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