Que el placer es efímero, lo sabemos todos... quizá algunos/as más que otros/as. Pero ¡qué gusto mientras dura! Exactamente una hora y pico. ¿Qué exagero?... nada de eso... a las seis y media en punto el hotel se ponía en marcha, se daban las luces, las limpiadoras empezaban a preparar sus carros (little carts) y algunos huéspedes empezaban a bajar sus equipajes cargándolos en los suyos (cars). No había modo de seguir disfrutando de aquella especie de narcolepsia postcoital. A las siete menos cuarto subía de nuevo a la habitación. Por suerte Vernor estaba en la ducha y pude tumbarme otros diez minutos más. Durante ese tiempo me fijé un solo objetivo para aquella jornada: comprar unos tapones en la farmacia más cercana.
Según el programa, la sesión de la tarde finalizaba a las cinco piem. Bueno pues esa tarde, por razones que no vienen al caso, eran las cinco y treinta y siete cuando llegábamos al hotel. Los días anteriores, en el paseo vespertino por la calle principal de la ciudad, había curioseado los escaparates de las escasas tiendas que a esas horas ya se encontraban cerradas... ¿y las farmacias?... pues hombre ¡alguna habrá de guardia!... ¡pues no, majete!, sólo hay dos farmacias, una enfrente de la otra y las dos cierran a las 6 piem.
Llegué... six to six (por los pelos) y me dirigí a la más grande. Al entrar pensé que me había equivocado -a pesar de la cruz verde encendida encima de la fachada- porque aquel establecimiento se parecía más a un supermercado. Largas estanterías se disponían paralelas a ambos lados de los pasillos (seis al menos). Tanto fármaco, tanto botecito y tanta cajita me abrumaron. Tampoco había tomado la precaución de preguntar a alguno de los intérpretes como le decían a los tapones en inglés-americano. Tras pasearme por dos de los corredores, vi que en la parte superior de algunos de ellos habían un letrerito con algunas palabras que me recordaron a la lesson seven de mi “English for beginners”: mouth, stomach, eyes, teeth, kidneys, foot... coño ... y cómo shit se decían oídos?... ears... eso es “iirs”... Una voz femenina me susurró a mi espalda algo así como: Canai jelpiu?... (en V.O. subtitulada: Can I help you?)... Si no hubiera sido por la bata blanca y la expresión de “¡vamos, que estamos cerrando!” le hubiera propuesto cualquier cosa, pero me contenté con poner cara de sufrimiento y decir: “I need something for the noise”, a la vez que me llevaba los índices a los oídos tal y como hice la noche anterior. Me acompañó a uno de los mostradores y me dejó enfrente. Ear Plugs.


Foto: Shawn McClung
Por un momento se me había olvidado que estaba en los Estados Unidos, el país de la opulencia, de la oferta ilimitada que crea su propia demanda, el adalid de la globalización y el valeroso defensor del imperio del mercado. Más de una docena de modelos de taponcitos esperaban a que me decidiera. Obviamente primero miré el aspecto, los había blancos, azules, rojos, grandes y más pequeños, unos lisos y otros como con rosca, algunos tenían un cordoncito, otros como una especie de mariposa en los extremos. Miré el reloj, three past six. A continuación saqué algunos de ellos de las varillas que actuaban como expositores e intenté leer las indicaciones que aparecían en la parte trasera de las cajitas. ¡Hostias!... Noise Reduction Rating: 22 decibels. Comparé unos cuatro o cinco: 24, 20, 18, 20-24, otros ponían simplemente “for high frequency sounds” o “superior noise reduction rating”. ¡My God!... cuántos decibelios tendrían los Vernor’s snores? Algunos eran especiales para aeropuertos, otros para maquinaria... ¿y para snores? por más que leía no veía explícita aquella aplicación. La señorita de blanco se acercó de nuevo con el ceño ligeramente fruncido. Antes de que me dijera algo, cogí unos que ponían supersoft (acordándome de los de papel) y otros que eran los más caros (acordándome de mi amigo Joseba y de sus consejos: “si tienes dudas elige siempre lo más caro”). En total un Washington, 2.53 de los suaves y 6.35 de los de superluxe, más impuestos. Pagué gustosamente y a punto estuve de dejar propina. (To be continued)



4 comentarios:
La mejor entrega sin lugar a dudas, tu relación con la tumbona me ha gustado mucho. No podía imaginar la cantidad de tapones que existían en el mercado, estoy impaciente por seguir leyendo.
He seguido semana a semana las peripecias de este pobre en el país de la Coca Cola y no puedo por menos que, además de sonreir, animarle a que, llegado a este punto, directamente se deje de tapones y aplique sobre el causante de su insomnio varias almohadas, sin compasión.
Eres un c****cete y nos has tenido en vilo con una posible historia de amor...y resulta que era la tumbona. Un giro típicamente "rodriguiano".
Estos es para Anónimo: ¿qué tal, te encuentras bien, no estarás enfermo/a? esta semana no me has preguntado si subiré la entrega... a lo mejor estás de viaje, bueno, en cualquier aso, te aviso que ya he colgado la entrega semanal y que esta ya esla última.Saludos, mejórate o disfruta del viaje,
AR.
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