domingo, 31 de enero de 2010

The Vernor's snores (III)

Dr. Peter Delynn, Dept. of Political Science, Stanton University. ¿A qué les suena? A un tipo de unos sesenta años con el pelo blanco, seguramente con gafas, quizá con bigote, con traje, camisa blanca y pajarita de lazo al cuello. O tal vez algo más joven, de unos cincuenta -y entonces combinaría probablemente una camisa de cuadros con corbata de rayas-, de piel sonrosada y ojos azules.

No obstante, el tipo que se acercó a mí con la mano extendida tendría unos cuarenta, alto y delgado, con una larga melena rubia recogida en una coleta y vestía una especie de guayabera estampada. Sin duda un ayudante de Delynn, pensé... Carlos, éste va a ser, le dicen Carlos aunque su nombre de origen debe ser Charles. Pero no, se trataba de Pet, que amablemente me preguntó por el viaje y se disculpó por el malentendido en la llegada. Se encarga de los trámites con la recepción y me comenta: Esto... no te importa compartir la habitación?... (Cielos! pensé traduciendo mental y erróneamente por su antónimo... Hells!)... Si es con una señorita, no... si no ... tendré que consultar con mi mujer, le dije. No debí ser muy original. Eso dicen todos, me contestó. Sin embargo, tras pasar previamente por el mostrador de Recepción, me alcanzó un estuchito con una tarjeta. Toma, es la 243 y tienes suerte, me dice, estás solo. OK, digo, mucho mejor.

Foto: T. Rockstar

Esa noche mi reloj biológico me despierta a las dos de la mañana y desde ese momento no consigo volver a dormir. Conecto el televisor y alucino viendo las competiciones tan raras que se gastan por aquí; además de las habituales carreras con todo tipo de vehículos y de comer más rápido o en mayor cantidad (hamburguesas, huevos, tallarines...), esta noche le toca el turno a los tipos que rompen cosas con las elementos más impensables de su cuerpo, por ejemplo hay uno que atraviesa latas de cocacola (llenas) con el dedo índice, a otro le rompen estacas de madera golpeándole en la mismísima entrepierna, y otro dobla varillas gruesas de metal empujando con la nuez... (No comment!)

El traslado hacia Deland (o De Land, que de las dos formas puede y debe decirse) lo hicimos en dos enormes rancheras, (one black and one white) con el apoyo logístico de un auto que conducía Jenny con parte del equipaje. Las carreteras son amplias —de dos carriles al menos—, rectas y bien asfaltadas, con una mediana de césped dos veces superior a la anchura de la calzada. Se nota que aquí tierra no les falta. El paisaje es algo monótono, liso y verde, salpicado de lagunas artificiales y ayuda a crear un halo de tranquilidad y armonía. En poco menos de dos horas llegamos al hotel pero nos comentan que éste no es el que estaba en el programa, pero que lo han cambiado porque está más cerca de la Universidad y facilitará nuestros traslados. No importa, mucho mejor, decimos todos.

Pet reparte de nuevo las llaves. Mi sentido racional me había indicado que si en Orlando había disfrutado de una habitación para mí solo, lo lógico sería que mantuviera ese privilegio. Por otro lado, si exceptuamos a Peter y Carlos, éramos 13 en el grupo de visitantes y obviamente uno debía dormir solo. Era un deferencia esperable para el representante de la Asociación Castellano-Manchega para las Relaciones Eurolatinoamericanas... Alberto... toma, la 256... estás con Vernor, he says me. ¿Vernor? pregunto desconcertado… Viene en el otro carro, responde.

¿Hotel o motel?... Dejémoslo en que se asemejaba a un hotel de carretera; sólo dos plantas en forma de escuadra y en medio la piscina, los pasillos a un lado y otro de las alas ofrecían la secuencia puerta-ventana, window-door, hasta un total de 12 eslabones de esta cadena. Puede gustarte más o menos (y para gustos ahí están los colores) pero lo achacable era la carencia de algunos servicios que caracterizan a un establecimiento de este ramo: no bar, no laundry, no internationals calls, no lobby, no Pc’s with internet acces... pero siempre es mejor un hotel que una habitación austera en un colegio mayor... o quizá no.

Foto: A.R.

Como llego el primero me cojo la cama más próxima a la ventana. Posee además el complemento de una pequeña mesa circular. Cuelgo la ropa más arrugable en las perchas (3) y el resto lo coloco en el cajón que me corresponde del pequeño aparador sobre el que se encuentra el monitor de TV. Lo enciendo. Zappeo compulsivamente. Se vende de todo, y todo el mundo parece very happy con lo que han comprado. Lo apago. Voy para el cuarto de baño y la pastillita de jabón sobre el lavabo me evoca mi época de estudiante, de pensiones baratas, de viajes en trenes y albergues comunitarios. Hace ya demasiados años.

El movimiento nervioso del picaporte hacia arriba y hacia abajo me aleja de mis recuerdos. Alguien trata de abrir la puerta y percibo una silueta a través de los visillos entornados. Lo intenta una y otra vez cometiendo el error típico de pensar que debe abrirse con la tarjeta insertada en la ranura. Como temo que si lo sigue intentando pueda cargarse la manivela me levanto y le abro. ¡Hola!, tú eres Vernor, ¿no? Soy Alberto, le digo estrechándole la mano. Tienes que sacar lentamente la tarjeta para que se encienda la luz verde, entonces puedes abrir la puerta. ¡Ah, pueee..! me responde agradecido.

Como le llevo ventaja (ya tengo todo mi equipaje medianamente ordenado) y hemos quedado para dentro de una hora me dispongo a darme una ducha. Dudo entre desnudarme allí mismo o entrar pudorosamente vestido, pero recuerdo las reducidas dimensiones del baño y opto por lo primero. Intento recordar cuando estuve en una situación similar —es decir con alguien en la habitación de un hotel que no fuera mi mujer— ...¡bah... que más da! Me enrollo la toalla a la cintura y encojo la tripa... me imagino baños turcos, saunas... mis nalgas se aprietan en una reacción espontánea.

Uno no valora suficientemente la libertad, la que se escribe con mayúscula pero sobre todo la de la letra pequeña, hasta que la pierdes, momentáneamente, por razones ajenas a tu propia voluntad. Estás tan acostumbrado a usar el libre albedrío en el recinto privado de tu vida que ni se te ocurre tener que prescindir de espacios construidos con tu esfuerzo y con la tolerancia de los demás. Los silencios sin motivo, el mando del televisor, salir de la ducha como Dios te trajo al mundo (con algunas adiposidades más), la liberación de la ventosidad mañanera, ponerte a leer a las cuatro de la madrugada, escribir sin tener que responder a la típica pregunta “¿el qué?”, en fin todo aquello que te hace creer que eres el dueño de tu propia existencia.

Pues bien, todo esto se acabó. Por suerte mi ocasional compañero no era de los extrovertidos, de esos que no paran de hablar y provocar conversaciones aunque tus respuestas sean más secas que las tierras de Arizona. Su carácter reservado y prudente me hizo creer que debía estar agradecido y contento, sobre todo cuando repasé mentalmente algunas características de otros posibles candidatos. But the night changes everything. (To be continued)


7 comentarios:

Leonesa dijo...

Me he quedado a medias,te dio el el sueño? o se acabo la la inspiración...ja ja ja

Alberto Rodrigo dijo...

Espera mujer, espera y vas a ver... bss

Anónimo dijo...

Y este finde, no hay entrega?

Alberto Rodrigo dijo...

Para el anónimo que siempre pregunta: lo subo los sábados o domingos... ok?.. (a veces los viernes por la noche)... pero gracias por tu interés

Else dijo...

¿Será Vernor tan inofensivo como aparenta o detrás de esa fachada de hombre reservado y prudente se esconderá la mayor pesadilla de Alberto?
Necesito una respuesta!

Alberto Rodrigo dijo...

Ja, ja, ja... Else, tu mente imaginativa y calenturienta supera a la mía... y de largo... the answer tomorrow

Nata dijo...

Me gusta mucho este.
El penúltimo párrafo es muy muy bueno.