lunes, 4 de mayo de 2009

EL DESTINO EN UNA HACHE

Para Juanma y Héctor

No podía decir que no había visto nunca llover así. Desde el mes de mayo había entrado la época de lluvias y sistemáticamente, a partir de las cinco, a veces antes, empezaba a descargar agua como si miles de angelitos hubieran estado bebiendo cerveza en una macrofiesta de fin de semana.

El limpiaparabrisas de la camioneta (pick-up las llaman allá) no daba abasto y tenía que acercar la nariz hasta el cristal para intentar no salirse de la carretera. Calculaba que debía estar cerca de su destino pero estaba empezando a ser una temeridad conducir bajo esa tormenta tropical, así que no lo pensó dos veces cuando, al dar una curva, apareció a la derecha un luminoso parpadeante que incitaba a detenerse: OTEL... OTEL...

Apagó el motor y luego las luces. Cogió el macuto del asiento trasero y se subió las solapas de la cazadora. Con tres zancadas se plantó en el porche y se sintió a salvo. Empujó la puerta, caminó hasta el fondo de un pasillo y esperó apoyado en un pequeño mostrador. A los pocos segundos apareció, medio adormilado, un hombre de unos cincuenta años, calvo, bastante moreno y con un bigote ralo que le llegaba a la comisura de los labios.

—Buenas noches, señor... ¡vaya nochecita!
—Pues sí, parece que no va a parar.
—¿Se quedará unas horas o toda la noche, señor?
—Pues hombre, toda la noche.
—No hay problema. ¿Me presta su cédula?
Mostró el pasaporte y firmó en un cartón con la cifra 103 en una esquina.
—Al fondo de ese pasillo, la tercera puerta — indicó el del mostrador.

Introdujo la llave y lo primero que le impresionó era que el cuarto no tenía ni una sola ventana. Tuvo que tantear a un lado y otro de la puerta hasta encontrar el interruptor. Le agobiaba no poder ver la luz del día y se sintió como esas hormigas que encierran los niños en las cajas de cerillas. Si a esto le añadimos los curiosos carteles que adornaban las paredes, del tipo “Por favor no manchen el mobiliario” o “Se prohíbe escupir en el suelo”, comprenderán que si no hubiera sido por la hora y por el estruendo que retumbaba bajo el tejado de chapa, hubiera durado en aquel lugar menos tiempo que un presidiario al que le dejan la puerta entornada.

Tragó saliva y se sentó en la cama. Excesivamente blanda. Dejó el macuto encima de una silla y se dirigió al cuarto de baño. En un rincón había una ducha, sin cortina, y en otro un pequeño lavabo con dos grifos idénticos. A su lado, una taza de retrete con un cartel a la altura donde uno, cuando descarga la vejiga, suele posar la mirada. No podía ser más explícito: “No sea presumido, acérquese al orinal”. Ahora tocó exhalar un intenso soplido.

Puso en marcha el aire acondicionado y... ¡cómo no!... también allí había el inevitable cartelito que indicaba que no se excediera de las seis horas seguidas (supuso que se debía referir al funcionamiento ininterrumpido del aire, o... ¿quizá a alguna otra actividad?).

Se quitó las botas, cambiándolas por unos mocasines de piel, y las dejó al lado del lavabo. Se lavó la cara, se mojó el pelo y se peinó hacia atrás. Se sentía despejado y con ganas de tomar una Excelsior o una Caribe. Seguro que en el hotel habría un bar o una cantina, cualquier sitio tendría mejor aspecto que aquel enorme armario empotrado.

Salió al pasillo y se cruzó con una pareja que, con fuertes risotadas, celebraba un manotazo en el trasero de la dama. Desconcertado, se dirigió en sentido opuesto buscando la salida. Afuera no se distinguía nada. La oscuridad más absoluta. Olvídate —se dijo— de encontrar nada abierto. Regresó por sus pasos, y justo a la derecha de lo que podría llamarse Recepción se topó con un nuevo letrero que, con una flecha, indicaba: “Cantina”.

Sin pensarlo más se dirigió a la barra donde atendía un tipo de unos sesenta y tantos años, enorme, barbudo y con un color quizás demasiado pálido para la zona, aunque muy apropiado para los cabellos rizados color zanahoria. Pidió una cerveza y de un trago casi dejó vacío el vaso. Se giró un poco de medio lado y echó un vistazo al local. Nada especial que destacar. Las mesas habituales, de madera oscura, con las cuatro sillas arropándolas. En una situada justo en el medio, dos mujeres que conversaban le dirigieron una sonrisa cuando sus ojos se fijaron en ellas. Callaron por un instante y, al rato, se cuchichearon algo al oído y estalló una doble carcajada. Un hombrecillo, que no levantaba metro y medio del suelo, llegó tambaleándose. ¡Karl, ponme otra botella! Un fuerte olor a ron quedó flotando en el aire. Luego te la pago amigo, le dijo. Pero el camarero agarró la botella por el cuello y le respondió: “Ahora, amigo, son doscientos pesos”. El borrachito se alejó murmurando.

Pidió otra cerveza e inició la charla con el servicial Karl al que, para ganárselo, invitó a un trago. Éste se preparó un vasito de vodka y una cerveza, y surtió el efecto deseado... a los pocos minutos empezó la charla. Que hoy era un día malo pero que tenía que venir un viernes o un sábado, que ya iba a ver cómo se animaba esto. Que la crisis había hecho mella en el negocio y que esto ya no es lo que era antes (en fin, lo habitual).

Al cabo de dos cervezas más ya sabía algo de su ajetreada vida. Había salido de su Colonia natal hacía más de treinta años y había dedicado una buena parte de su vida a moverse por el mundo: China, Ghana, Togo, Benin, incluso había llegado hasta Etiopía y Papúa Nueva Guinea. Hablaba, además de su idioma materno, español, francés, inglés, portugués y bastante bien el italiano. El cómo llegó hasta allí no entraba dentro de su elocuencia porque sus ojos se humedecieron al recordar “el accidente” y se dio media vuelta dejándole con la palabra en la boca.

En ese momento llegó una compañía nueva. Una mulata, con los labios que parecían ligeramente hinchados, se colgó a su cuello y dándole un beso le dijo: “Invíteme a algo, don lindo”. No supo cómo reaccionar, pero ante la huída de Karl le quedaba una botella casi entera y algo de charla en la recámara...
—Claro, pide lo que quieras.
—Usted no es de por aquí... es español ¿verdad?

Le impresionó que sólo por una frase hubiera sabido su nacionalidad, sobre todo porque no había pronunciado la palabra que casi siempre le delataba: CEr-ve-ZA, y no servessa como pronuncian por allá.
—Me llamo Jandra —continuó— ¿me presta la mano, mi amor?
Extendió la mano y la mulata giró la palma hacia arriba, agachándose ligeramente. No pudo evitar mirar su escote.
—Usted es ingeniero o economista —aventuró.
—Pues lo siento, pero no —mintió—, soy maestro.
Okay, al menos dígame que es Acuario.
—No sé si será casualidad pero esta vez sí que has acertado, nací en febrero.

Jandra se acercó de nuevo la mano y con su yema recorrió los pequeños surcos que se formaban al ahuecarla. Mientras ella contemplaba la palma, él la miraba sin recato los encajes negros del sujetador que sobresalían del top blanco y los poderosos muslos que asomaban tras una mínima falda, dos o tres tallas más pequeña de la que en realidad necesitaba.
—Usted ha estado casado, pero se ha divorciado hace poco ¿no es cierto?

Le sorprendió que lo afirmara de una manera tan tajante, aunque lo que de verdad le fastidió fue que ahora también acertara, pero no tenía intención de seguirle el juego y mucho menos de contarle su vida. Tuvo que mentir de nuevo para ver si se desanimaba.
—Te equivocas, nunca he estado casado. Y el rollo este de adivina no te está sirviendo.
—Sólo dígame si lo que digo es verdad.
—Te lo estoy diciendo.
—Pues como no veo bien su pasado, echaré un vistazo a su futuro ¿puedo?

Después de sus videncias le asustaba un poco pensar que aquello podía ser algo más que un simple juego. Pero ella le tomó la otra mano y se concentró de nuevo. Pasaron unos instantes y, en silencio, la soltó acariciando con suavidad sus dedos. La mulata bebió un trago directamente de la boca de la botella.
—Y bien... ¿qué has visto? —preguntó intrigado.
—Nada importante, le va a ir todo bien, mi amor.
—Oye, dime la verdad. ¿Qué has visto para que se te ponga esa cara?
—Nada, nada... pero... maneje con cuidado —le aconsejó mientras se levantaba del taburete.
¡Pues vaya plan! Primero el camarero y ahora ésta también se largaba. Tuvo la sensación de tener la noche gafada, estaba claro. Y cuando uno tiene este presentimiento lo mejor es darla por finalizada. Así que pidió otra cerveza para llevarla al cuarto y pagó con un billete de quinientos pesos.

Esa noche no pudo dormir. Tuvo como compañía a una pareja que desde la habitación de al lado se empeñó en componer distintas melodías con los chirridos de los muelles de la cama. Ahora un “allegro”, ahora “molto vivace”. Y de vez en cuando salía alguna aria de la garganta de la señora de marras. Se taponó los oídos con papel higiénico, pero esos rudimentarios tapones no eran lo suficiente para contener tanta pasión desatada.

En fin, a eso de las seis de la mañana se levantó y se dio una ducha rápida. Presionó durante unos segundos los ojos, se mojó el pelo de nuevo y se peinó como solía hacer. Apoyado sobre los brazos, el conserje —o lo que fuera— dormía. Al sacudirle en el hombro se despertó suavemente, sin sobresaltarse.

—¿Se marcha ya señor?
—Sí, dígame que le debo.
Miró la tarjeta y calculó en voz alta.
—Son ocho horas a doscientos pesos... mil seiscientos pesos, señor.
Pagó con dos billetes de mil y dejó el cambio.

Al salir del hotel entornó los ojos porque el sol brillaba ya con fuerza, pero enseguida se fijó en la evidente M del cartel de la entrada. Abrió la portezuela de la Nissan y puso el macuto en el asiento de atrás. Encendió el motor al tercer intento y salió por el camino de lodo hasta encontrar la carretera. Tras sintonizar “Radio Caracol” una cumbia y un locuaz locutor le dieron los buenos días. Un poste de madera, que sostenía un rótulo en lo alto, le ayudó a calcular que estaba a unos cincuenta kilómetros de la finca del SERNAG donde se ejecutaba el proyecto.

Cuando coronó la empinada cuesta, con el sol cegándole por completo, sólo pudo cerrar los ojos y empujar hasta el fondo el pedal del freno. Un enorme socavón se había abierto en el lugar donde debería continuar la carretera y la pick-up se desplomó hasta hundir el morro en el fondo de la tierra. Una hora más tarde unos campesinos le encontrarían, tras el cristal, con la cabeza totalmente ensangrentada.


Foto: Jason B.

10 comentarios:

Anónimo dijo...

Como todos los relatos de Alberto Rodrigo, lo encuentro magistral, sin embargo su forma de acabar me ha dejado helado

Cooperante dijo...

Una excelente descripción de la "dura" vida de cooperante/consultor que, sin duda, podría ir al libro "Relatos de cooperación".
¿Quién no ha estado alguna vez en una situación similar o no conoce a alguien que lo haya estado?

Anónimo dijo...

Creo que no es uno de los mejores de A.R, pero hasta los grandes tienen gatillazos

Marifé dijo...

Ya era hora que Alberto volviera al trabajo. Me ha gustado mucho (lo de los cartelitos me suena de algo ¿no?).

Europarl dijo...

Acabo de leer el relato, me ha gustado. Me acordaba que algunos amigos comunes me habían contado ya cómo se conocieron en ese hotel (u otro similar), creo que en Venezuela o Nicaragua. Tiene razón uno de los comentaristas que acaba un poco trágico no? En todo caso, creo que está en tu línea. Saludos.

Anónimo dijo...

No me gusta que maten al protagonista al final del cuento. Pero al gran AR se lo perdonremos...

ATS de guardia dijo...

Y quién te dice que no sufrió un traumatismo cranoencefálico de carácter leve?... la sangre alarma mucho.

Jorge dijo...

"Salió al pasillo y se cruzó con una pareja que, con fuertes risotadas, celebraba un manotazo en el trasero de la dama"... Qué grande que eres!

Anónimo dijo...

hola
pasaba por aqui y me he parado en tu página desviada desde la mía.....o desde mi nombre

Leonesa dijo...

Ascuas ya era hora, lo que mas me ha sorprendido es el final