sábado, 22 de noviembre de 2008

EL ASOMBROSO CASO DE LOS CIGOTOS DIVERGENTES

EL ASOMBROSO CASO DE LOS CIGOTOS DIVERGENTES
(O LA CONJURA DE LOS MIELGOS)



Para Marta, Cecilia, Zoe y Ella


Cuando nacieron las gemelas todo el mundo coincidía en el tópico: “¡Son como dos gotas de agua!” Incluso su madre tenía dificultad para reconocerlas y debía recurrir a ponerles un lacito de diferente color. A los pocos meses descubrieron la primera peculiaridad. Celia adelantaba su bracito izquierdo frente al sonajero mientras que Delia lo hacía con el derecho. Y eso sólo fue el principio. Mientras fueron pequeñas no hubo demasiado problema. Pero al empezar la guardería, y más tarde en el colegio, las diferencias se acentuaron. Por más que sus padres les compraran la ropa y los complementos por duplicado ellas se las arreglaban para darse un aire diferente. Que les ponían una cinta ancha para recogerse el pelo, Delia la llevaba hacia detrás mientras que Celia la traía hacia la frente. Que les compraban una pulserita. Ce la abrochaba en su muñeca izquierda y De lo hacía en la contraria.

El primer gran disgusto familiar se produjo cuando al cumplir los quince años Celia decidió cortarse el pelo y teñirse de rojo, mientras que Delia se daba mechas en una melena dorada que le alcanzaba a la mitad de la espalda. Y como podía esperarse durante la difícil edad de la adolescencia las iniciativas fueron cada vez más distintas. A Ce le dio por el tecno, los aretes, el tatuaje en el coxis y las Ciencias de la Comunicación. De, por su parte, estudió Odontología, su pasión eran las boutiques de la calle Almirante, y le gustaban especialmente las baladas con aires latinos.

Si sólo hubiera sido el aspecto exterior, incluso lo diferente de sus aficiones, no hubiera pasado de lo anecdótico, una extrañeza para comentar. Pero es que sus caracteres y personalidades fueron cada vez más contrapuestos incluso peligrosamente antagónicos. Sus peleas fueron ganando en regularidad e intensidad. La convivencia se hizo tan difícil que su padre tuvo que renunciar a la habitación que utilizaba como despacho profesional para que no tuvieran que compartir el cuarto.

Aquello no entraba, no ya en la tradición secular de los gemelos a los que se atribuía —al haber compartido durante nueve meses la misma bolsa materna— unos lazos emotivos y hasta extrasensoriales que les hacían prácticamente inseparables, sino en la lógica expectativa del amor fraternal que se supone presente en todas las especies.

Tan dispares eran que su madre las convenció, primero para que se hicieran análisis y otras pruebas médicas; más tarde para que acudieran, cada una por su lado, al mismo psicólogo. Sin embargo nadie fue capaz de dar una explicación racional a aquellas diferencias tan notables. Pero tampoco ninguno de los facultativos consultados dio la más mínima importancia a aquellas dos gemelas que eran tan extrañas.

Cuando parecía que aquellas dos existencias se alejaban definitivamente del paralelismo adentrándose en la más radical de las divergencias apareció el factor Ge. Sólo lo conocían por referencias y por unas fotos de niño que su madre envió unas navidades. Ge era su primo Gerardo, el primogénito de su tía Rosario al que enviaban a Madrid a completar sus estudios de Pedagogía. La situación en Argentina se había puesto muy difícil y la tía Rosario había decidido apoyar a Gerardo en sus deseos de estudiar en Europa, siempre que lo hiciera en Madrid tutelado por su hermana y con la compañía de sus adorables primas, las gemelas Celia y Delia.

Gerardo tenía veintidós años, el pelo castaño claro recogido en una coleta y un cuerpo delgado y fibroso exponente de su afición a dos deportes en los que había destacado en Buenos Aires: el pádel y la natación. Herencia también porteña era su forma de arrastrar las “ll” y las “y” y algunos términos en argot que les costaba entender. Aunque al principio a ninguna de las dos les gustó la idea de volver a compartir su antiguo cuarto, para dejar al primo Gerardo una habitación mientras encontraba una residencia más definitiva en Madrid, más tarde su presencia en la casa se hizo tan agradable que ninguna de las dos se quejó de aquella coexistencia obligada.

La primera que tomó la iniciativa fue Celia. Pero Delia no se amilanó. A la fiesta en MMD, en la que pincharon Arnold DJ y Megatop, se sucedió el concierto de Luis Ángel Prado. Pero Ge (las dos le llamaban Ge) dejó claro cuáles eran sus preferencias musicales, así que las dos hermanas, cada una por su lado, se hicieron con algunos CDs de new age, de Jorge Drexler y de algunos grupos clásicos del rock de los 70.

El día que Gerardo las invitó a jugar un partido de pádel De sonrió triunfante, pues daba clases de tenis desde los diez años, al contrario que su hermana que nunca practicó ningún deporte fuera de los obligatorios del colegio. Pero si la sorprendió ver a Ce con un conjunto (“monísimo” hubieran sido sus palabras) de Sergio Tachini, más le sorprendió ver a Gerardo alabar sus defectuosos golpes y ver a los dos estallar en risotadas cuando su hermana fallaba un tanto. Así que a la media hora su nivel de juego bajó considerablemente y tuvo que pedir a su hermana que viniera a jugar con ella, al mismo lado de la pista, aprovechando que una era zurda y la otra diestra.

Gerardo se quedó en la casa durante ese primer trimestre y entre tanto el proceso de acercamiento fue lento pero paulatino. Bastaba con que Ge comentara al ver una película que le gustaba muchísimo el peinado de aquella chica en la pantalla, para que las dos fueran modificando sus tintes hasta casi coincidir en el corte y en el color. Era suficiente con que su primo trajera a casa una lista de firmas contra la deforestación de la Amazonia, para que ambas se lanzaran a consultar en Internet páginas web y blogs de grupos ecologistas.

A las dos les empezó a encantar la pasta y las carnes a la brasa. Las dos coincidían en los estrenos y se pasaban los libros, de mano en mano, encontrando a veces ya subrayadas las frases que la otra hermana hubiera marcado también. Las dos se sorprendían al verse con similares estampados en las camisetas y hasta se intercambiaban la ropa que colgaba en el mismo armario. Sus padres no daban crédito a lo que veían. Sus gemelas volvían a ser gemelas. La naturaleza era sabia y corregía ahora un error que ¡vete tú a saber por qué había ocurrido! Y no dudaron en sospechar primero, y más tarde convencerse, de que todo aquello se debía a lo que denominaron como ”el factor Ge”.

Por eso, cuando su sobrino les dijo al comenzar las vacaciones de navidad que se regresaba a Buenos Aires, los padres de las gemelas temieron la reacción de sus hijas. Los primeros días de su ausencia fueron de un mutismo alarmante. A la inapetencia en la mesa se añadió una mirada ausente y una languidez de ánimo que hizo a su madre rebuscar el teléfono del psicólogo. Podía esperar cualquier cosa de ellas, pero nunca pudo imaginarse una escena como aquella.

La primera en entrar en el cuarto de baño fue Delia y a los pocos minutos lo hizo Celia. Las dos se pusieron a llorar con desconsuelo, acompasando sus hipos con abundantes lágrimas. Las dos llevaban puestas las mismas camisetas que utilizaban para dormir y las dos se habían recogido el pelo con una cinta, como cuando eran niñas, pero ahora ambas la llevaban milimétricamente colocada en la misma melena corta de color castaño oscuro. Así que cuando se miraron las dos en el espejo y el espejo les devolvió aquellas otras dos imágenes idénticas, no supieron a quién de cada una correspondía el reflejo y, sin haberlo decidido de antemano, las cuatro cambiaron los llantos por una sonrisa. Sonrisa que se trocó en una sostenida y profunda carcajada ante el rostro sorprendido de su madre que entreabría en esos momentos la puerta.

(En revista El Rapto de Europa, nº 13, noviembre 2008, pags. 75-77)

Foto: Heathers' Twin, by Alikachristian

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Presentación de Sgarit - Biblioteca del Desierto


Noviembre está siendo un mes muy prolífico en presentaciones; ahora es el turno de dos nuevos libros que inauguran Sgarit - Biblioteca del Desierto, una nueva colección puesta en marcha por Calamar Ediciones.

Se trata de Estudios saharianos, una edición facsímil del libro de Julio Caro Baroja publicado en 1955, que constituye una de las monografías más excepcionales de la cultura tradicional del Sáhara occidental, y de la novela El imperio desierto, de Ramón Mayrata, una narración ambientada en los últimos años de la colonización española.

El acto de presentación tendrá lugar el proximo día 21 de noviembre a las 19,30 horas, en el salón de actos de la Casa Árabe (C/Alcalá, 62 - 28009 Madrid Tel: (34) 91 563 30 66). Metro Retiro y Príncipe de Vergara

Intervienen:

Lourdes Ortiz, escritora; Javier Morillas, profesor CEU-San Pablo; Ramón Mayrata, autor, y Miguel Ángel San José, editor