I. La primera vez que leí el nombre de aquel pueblo me sonó a paraíso tropical: Aguada Verde. Recuerdo que recurrí al atlas Aguilar para buscar el lugar cerca de la costa, pero el recuadro F3 de la página setenta y seis estaba situado justo en el centro de la cordillera. Así que en la sierra, me dije, tendré que desempolvar el espíritu montañero. Mi impaciencia me había adelantado lo que unas páginas más adelante se identificaba con todo detalle bajo el epígrafe “ubicación del proyecto”. Avancé por el documento salpicando la mirada mientras trataba de imaginar cómo sería la vida allí. Era mi primera colaboración en un proyecto sobre el terreno y me notaba con una aceleración excesiva para lo que era mi carácter habitual. Como un corzo fui dando brincos por el texto, me salté la parte presupuestaria hasta que desemboqué en los anexos y pude contemplar las primera fotos de aquel inhóspito lugar.
Hacía poco más de nueve meses que había empezado a colaborar con aquella organización, todavía no se muy bien qué es lo que hizo decidirme por aquella, ¡son todas tan parecidas! Digo en los nombres al menos, si coges las palabras Asociación, Desarrollo, Cooperación, Paz, Internacional y las combinas aleatoriamente te salen más de cinco, y puedes también hacer la prueba con Tercer, Mundo, Escuelas, Médicos e Ingenieros. El caso es que fue en la segunda entrevista cuando lo vi meridianamente claro; aquella chica con el pelo ensortijado y con un pendiente en la aleta de la nariz fue tan simpática que a los pocos minutos ya me hizo sentirme de la organización. Quedamos en que me pasaría los martes y jueves por las tardes porque todavía tenía pendiente el trabajo fin de carrera y las ingenierías son más exigentes a la hora de cumplir los plazos. Durante ese tiempo echaría una mano en el departamento de proyectos, ya que por mi formación creía que era el ámbito más adecuado. También me vendría bien familiarizarme con los formularios y los informes de seguimiento, sobre todo si aspiraba a coordinar algún proyecto sobre el terreno. Objetivo Específico, Indicadores Verificables Objetivamente, Matriz de Planificación... enfoques horizontales, impacto medioambiental, análisis de género... en estos seis meses me aprendí la jerga necesaria con la ayuda inestimable de un curso-taller.
Así que ahora me encontraba suficientemente preparado y con el gusanillo de la cooperación engordado e instalado en algún lugar del cerebro, aunque también le notaba viajar, a veces, cerca del corazón. Tuve que sufrir las bromas y los consejos de los veteranos, aquellos que habían pasado más de una década de sus vidas de país en país, de modo que antes de viajar ya sabía lo necesario que iba a ser el mate de coca y lo desaconsejable que era tener una resaca a más de cuatro mil metros. Después de adquirir el suficiente bagaje sobre comidas, ropa, vacunas y bailes típicos, me concentré en los aspectos técnicos del proyecto. Entre otros problemas se había detectado una alta mortalidad infantil, problemas de salud en la población adulta derivada de falta de higiene y deficiencia de pastos para la ganadería de vicuñas y alpacas. Había un elemento común a esta problemática y tenía que ver con la escasez de agua o, para ser más preciso, su lejanía de la comunidad. Parecía por tanto que la intervención debería tratar de acercar el agua potable a la comunidad tanto en las viviendas como para regadío, y así se formulaba en el documento. Un ingeniero podría coordinar el proyecto.
II. En El Huancal el avión no aterriza, se desliza, decían del aeropuerto situado a tres mil setecientos metros. Más de siete horas se tardaba en subir a Aguada Verde, y eso que íbamos en un flamante cuatro por cuatro lleno de pegatinas, pero el trayecto merecía la pena. Para alguien que tiene como referencia montañosa a Guadarrama aquellos picos, con sus cumbres eternamente nevadas, y las gargantas horadadas por los ríos, parecían imágenes salidas de algún documental de National Geographic... no encontraba otra referencia. Y si me impresionó el paisaje más me impresionaron las gentes. Con su exquisita amabilidad, con un punto de desconfianza, mirándome como aquel extranjero que estaba más vestido para un safari, o para un fin de semana en una casa rural, que para soportar aquellas temperaturas, aquellos cambios de temperatura, en aquel semidesierto lunar. No fue fácil. Adaptarme a la altura, al frío, a la papa. A la leche de alpaca. A la ausencia de mujeres... de potenciales relaciones sexuales con mujeres. Me llevó un par de meses situarme, pero tampoco podía perder mucho más tiempo. Los cronogramas mandan, y los financiadores mucho más. Con la ayuda de Abilio, al que nombré técnico auxiliar local, identifiqué manantiales, planeé pendientes del terreno y medí posibles conducciones. Cuando tuve claro, más o menos, de lo que podría hacerse lo consulté con Abilio, con el ayllu, y luego en el salón comunal con los habitantes del lugar, los hombres sentados en primera fila en los bancos, las mujeres, en el suelo, detrás. O contaba con el apoyo de ellos o allí nadie podría mover ni una piedra (lo decían los manuales y lo demostraba la evidencia). Pinté en el pizarrón una especie de mapa y tracé una línea blanca que llegaba desde la fuente principal hasta de las casas, y varias líneas más transversales a la primera que se perdían en las laderas de la montaña.
Después de cuatro meses de trabajo, de accidentes, de logros y fracasos, llegó el día del baile, de la inauguración de la fuente en frente de la escuela y de los primeros grifos en las casas. Habíamos acordado que para que las viviendas tuvieran agua la comunidad debía asegurar el mantenimiento de acequias y tuberías, y el sistema lo plantearon ellos, ya que no podía pensarse en contadores individuales, todo el mundo pagaría una pequeña cuota al mes. ¿Y qué pasa si alguien no paga? pregunté. Pues el resto lo hará y si no cortaremos el agua hasta que pueda pagarlo. Pero no hay llaves individuales, sólo la general de entrada al pueblo, argumenté. Pues la cortamos hasta que pueda pagarlo. Me pareció una solución para salir del paso pero poco viable. Lo hablé más tarde con Abilio, después de que te acostumbras al agua ya no puedes estar sin ella, dije. Me contestó que quizá por eso la comunidad respondería solidariamente y no habría problemas. ¡Bueno!, tampoco es mi problema... al fin y al cabo yo he cumplido los objetivos del proyecto y sólo me he pasado un cinco por ciento del presupuesto. Aquella noche, no sé si por la chicha o por los cientos de vueltas que tuve que dar con una y cada una de las mujeres de Aguada Verde, dormí con la conciencia tranquila y, por qué no admitirlo, con cierta satisfacción por mi actuación en el proyecto. Ya era un cooperante.
III. Siempre recordaré aquella primera vez, como se recuerdan las otras primeras veces, con cariño, con cierta idolatría virginal, con determinada amplificación de las sensaciones y sentimientos. Habían pasado más de cinco años y mi carrera de cooperante me había llevado a Honduras y más tarde a Senegal, así que decidí “hacer una paradita” por Madrid a reencontrame con amigos, con mi familia y también un poco conmigo mismo. Tuve suerte porque mi experiencia fue bien valorada y me hicieron un hueco en la sede central, en el recién estrenado Departamento de Evaluación. Por allí pasaban proyectos antiguos, proyectos nuevos, incluso de otras organizaciones, para estudiarlos, evaluarlos y tratar de sacar lecciones y aprendizajes de aquella experiencia acumulada. Uno de los documentos que aguardaba recostado en una estantería era la II Fase del Proyecto de Aguada Verde, en la portada aparecía visible el logo de la organización y otro logotipo que desconocía pero al que acompañaban unas siglas y un nombre en inglés “Neerlander Asociation for Rural Development”. Pregunté a Marisa, la directora técnica, si aquel era el proyecto al que fui yo y me aclaró que, como el título lo señalaba, era la segunda fase de ese proyecto y que les había gustado tanto a una ong holandesa que había decidido apoyarlo y tratar de replicarlo en otras comunidades. Habían aportado cerca de 15.000 dólares y habían enviado un experto al proyecto. Después de dos años creían conveniente hacer una evaluación de impacto y habían pensado en nuestra organización para que la realizara. Aquella era una oportunidad única para viajar otra vez a Aguada Verde. Mi corazón se agitó como hacía cinco años. Inmediatamente me sugerí como técnico evaluador de proyectos, tenía disponibilidad, conocía el terreno y había estado lo suficientemente alejado de la ejecución de la II Fase como para ser totalmente objetivo-subjetivo en mis apreciaciones. En poco menos de un mes preparé la misión y un martes dieciocho de mayo me deslicé, por segunda vez, en el aeropuerto de El Huancal.
IV. ¡Abilio, coño, si estás igual! ¡Y el pueblo, joder, si está igual! Abilio se reía, mientras me abrazaba y me tiraba de la barba que había empezado a canear en torno al mentón. Le conté que iba a estar sólo por dos semanas y que tenía que contarme cosas del proyecto. El agua, ¿llega? Pues claro, sin problema, me contestó. ¿Y las cuotas, se pagan? El agua la paga el holandés, me dijo con una medio sonrisa en los labios. ¿El cooperante holandés?, pregunté con extrañeza. Sí, uno que se llama Johan. Aquellas palabras me desconcertaron y me impulsaron a visitar a Johan. Vivía en una de las casas más grandes del pueblo y había venido con su compañera a la que había conocido en la universidad. Llamé a la puerta y me abrió la mujer; pregunté por él. ¿Johan, sí un momento? Un tipo con el pelo rojizo recogido en una coleta, de unos treinta y tantos, ojos claros y pecas en la cara me sonreía mientras me tendía la mano. Me presenté y le dije que me enviaban de España para evaluar el proyecto. Me hizo pasar dentro de la casa, me presentó a su mujer y me ofreció una habitación para que pasara allí los días que quisiera; por aquí no hay muchos hoteles, me dijo sonriendo. Se lo agradecí y acepté, serán sólo diez días, le dije. Después de cenar, Johan sacó una botella de güisqui y sirvió dos vasos, ven, me dijo vamos a charlar. Su castellano era perfecto, casi sin acento, y eso me permitió iniciar por ahí la conversación. Después de conocer algo de su pasado le hablé del mío y mi trabajo allí en Aguada Verde, hacia cinco años. ¿Qué tal el proyecto? -pregunté a bocajarro- ¿sigue funcionando? ¡Oh sí!, me contestó, ahora estamos diversificando cultivos y estamos pensando poner un albergue y hacer un sendero hasta la laguna, últimamente tenemos muchos gringos, como dicen ellos, por aquí, de excursión y de turismo etnográfico. Todo lo que sirva para que esta gente tenga algunos pesos más será bien recibido, cuando yo estuve por aquí era la situación estaba muy complicada, dije. Ahora también, no creas -me dijo- pero bueno, vamos haciendo cosas. ¡Oye! un tema que me preocupaba era lo de las cuotas, no creía que todo el mundo pudiera pagarlas... dije dejando el tema sobre la mesa. ¡Ah sí, las cuotas... menudo problema! Cuando llegué yo, hace cosa de dos años, la cosa medio funcionaba, pero mal, una semana sí y otra también teníamos cortes de agua, la primera vez no le di importancia, pregunté qué pasaba y me dijeron que uno no había pagado y que tendríamos que esperar. A los dos días volvió a manar agua del grifo, pero a la semana siguiente, otra vez el corte y esta vez duró más de cinco días, hasta que encontró a alguien que le prestó. La tercera vez fui directamente a hablar con él, me dijo que lo sentía que tenía problemas y que no había conseguido plata; aquel hombre me ablandó el corazón, así que le presté los veinte pesos y dije que no se preocupara que ya me los devolvería cuando pudiera. Fue fácil resolver el problema, nuestros problemas, porque pude ducharme después de cinco días y fregar los cacharros que se apilaban en el fregadero. Te lo digo, eso de las cuotas no sirve aquí. La gente no puede pagar. Y entonces ¿cómo hacen?, pregunté ya como evaluador. No sé si debería decírtelo pero... seguro que tú lo entenderás. Resulta que este hombre, seguro que le conoces, uno de los más viejos, viudo y que vive sólo, bueno, pues acabé pagándole yo la cuota. La cosa se supo y cuando alguna familia tenía problemas acudía a mí para que le adelantase la cuota. Al cabo de unos meses, casi un tercio de la gente tuvo problemas. En fin, que tuvimos que convocar una reunión para hacer frente a la situación. El ayllu propuso que, de forma provisional, asumiera el pago de las cuotas ya que se estaban produciendo agravios comparativos entre las familias que pagaban y las que no, que había habido discusiones y que se estaba empezando a minar el espíritu comunitario. Lo sometieron a votación y la mayoría aprobó la propuesta. No tuve otra elección puesto que me quedaba mucho por hacer en el pueblo. Además es una cantidad tan pequeña que, con fondos de mi proyecto, pagué por adelantado las cuotas de un año. Como ves, asunto solucionado. Me miró fijamente y abrió aún más los ojos cuando se me escapó una carcajada al recordar la lapidaria frase de Abilio: ¿El agua?... El holandés la paga.



1 comentarios:
Cómo la realidad ahuyenta las buenas intenciones, retuerce la planificación racional y voltea las previsiones burocráticas. Fresca lección que se extrae del relato.
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