domingo, 27 de enero de 2008

LA NÁUSEA DEL MIEDO

A Joao P. Guimaraes

Decir Lisboa era canturrear el estribillo de “Grândola Vila Morena”, aunque sólo nos supiéramos las dos primeras frases. Ir a Lisboa, en 1976, era ir al encuentro de la estrenada libertad, del recuerdo de los capitanes revolucionarios, de las bocachas de los fusiles floreciendo claveles rojos. Pero aquel viaje también significaba para mí la primera salida al extranjero yendo completamente solo y con el pasaporte válido por treinta días al estar en edad militar. No era un acto de especial valentía, sino que mis queridos compañeros de facultad habían decidido cambiar de destino e irse con Lourdes y Marisol de camping a Ibiza.

No me iban a hacer cambiar de opinión. Tras la frustración que supuso para muchos de nosotros el golpe del 11 de septiembre y el trágico fin de la vía chilena al socialismo, un año más tarde el Movimiento de las Fuerzas Armadas en Portugal abría otro camino a la esperanza. Una vía armada conducida por militares demócratas, por soldados cansados de las guerras coloniales, bien podía servir de espejo a las tropas españolas que habían abandonado el Sahara. El movimiento obrero y los estudiantes haríamos el resto, como lo recordaban los murales y las pintadas de la Baixa Lisboa, como se arengaba en los improvisados mítines de la plaza del Rossio.

Merecía la pena hacer el viaje solo. Caminar al caer la tarde por las calles de Alfama y encontrarte, tras doblar una esquina, inmerso en intensos debates políticos: hombres y mujeres sentados a la puerta de las casas discutiendo acaloradamente sobre si Cunhal o Soares, sobre las nacionalizaciones y el alcance de la nueva constitución. La gente había perdido el miedo. El miedo a opinar, el miedo a identificarse con una u otra fuerza política, el miedo... se había perdido el miedo.

Aproveché los primeros días para visitar los “santos lugares” del movimiento revolucionario del 25 de abril: el Cuartel del Regimiento de Artillería de Lisboa y el cuartel del Carmo, de la Guardia Nacional Republicana, en pleno centro de la ciudad. También fui a conocer, buscando una suerte de catarsis, la siniestra DGS de la PIDE y la cárcel de Caxias donde, en abril del 74, estaban confinados la mayoría de los presos políticos que la policía secreta del régimen amenazó con ejecutar.

Algo que me causó una grata sorpresa fue encontrar los escaparates de las librerías de la Rua do Carmo plagados de obras de nuestros clásicos Marx, Bakunin y Lenin y otros autores revolucionarios entre ellos, el (para mí) desconocido, Amílcar Cabral. Me pasé toda una tarde hojeando libros, pero me dio miedo cuando recordé los registros al pasar la frontera, así que finalmente sólo compré una edición de 1975 de las Cinco tesis Filosóficas de Mao Tsetung -por su reducido tamaño y por la atracción fetichista de la plastificada tapa roja- y una casete de Jose Afonso, las Cantigas do Maio. Los dos últimos días los destiné a hacer turismo del tradicional. Tomar el tranvía hasta la Torre de Belem y los Jerónimos, y pasear entre nenúfares y helechos gigantes por la “estufa fría”, aquel jardín botánico cerca de la plaza del Marqués de Pombal. Incluso subí en el elevador de Santa Justa.

Las veinte mil pesetas que llevaba se me acabaron al cuarto día y, entre otras, ésa era una de las razones del adelanto de mi regreso. Incluso tuve que echar mano del fondo extraordinario: el billete de mil que, por un acusado sentido de la previsión, solía ocultar en algún lugar inusual de la ropa o el equipaje para poder hacer frente a los gastos o imprevistos de última hora.



Foto: Andy Stuardo


Era martes y regresaba a Madrid en el Lusitania Express, nombre que me evocaba novelas de intriga, pero no podía sentirme como aquellos aristócratas británicos que tomaban jerez en copas de Bohemia mientras conversaban en el vagón restaurante forrado de caoba. Aquel departamento de la segunda clase era mucho más austero. Y frío. Un frío que se colaba por las rendijas de las ventanas y por la puerta, provocando una corriente de aire húmedo que helaba el skai verde de los asientos. Me había puesto el chaquetón por encima del pecho, a modo de manta, y de esa forma tenía que replegarme sobre mí mismo, conservando el calor que me proporcionaba ese autoabrazo en el mes de marzo.

Los segundos pasaban despacio, como gotas de un grifo mal cerrado, y me dolían los ojos al tratar de fijarlos en algo distinto que no fuera negro. Acabé por bajar la cortina de la ventana para evitar mirar a la soledad que acompañaba mi tenue reflejo desde afuera. Encendí la luz y abrí por inercia las páginas de un libro. Me sobresalté cuando oí la puerta abrirse y me sorprendió aún más que aquella mujer entrara en el departamento, sin equipaje, sin que el tren hubiera hecho ninguna parada desde hacía por lo menos una hora. Se sentó en los asientos de enfrente, pero dejó una prudencial distancia ya que eligió el lugar más cercano a la puerta. Si no hubiese sido por su color de piel -“café con leche” lo hubiera calificado más de uno- podría haber pasado por española o portuguesa, pero ese color sólo podía tener su origen en las antiguas colonias africanas. El resto de los rasgos, nariz recta, pelo oscuro pero alisado, labios finos, eran sin duda herencia directa de cromosomas de la raza blanca. Parecía algo mayor que yo, creo que debía andar cerca de los treinta, y me extrañó que no tuviera reparos en compartir asiento con aquel melenudo con barba. Ciertamente aquel aspecto solía darme un aire sospechoso para algunas personas, aunque las gafas de pasta me acercaban más al estereotipo intelectual que al de hippy o delincuente habitual.

No habrían transcurrido ni quince minutos cuando la puerta volvió a abrirse por la mano de un tipo trajeado que entró y se sentó al lado de la mujer.

-Te encontré, ¿creíste que no iba a hacerlo?

-Por favor, deixe-me em paz.

-Venga no seas tonta, vente al compartimiento y te echas un rato.

-Não, já lhe disse que não vou!

-Anda mujer, si lo pasaremos bien...

Hasta entonces me había imaginado que era una típica pelea de pareja. Pero la cara de susto de la mujer y su mirada pidiéndome ayuda me hicieron sospechar que allí pasaba algo raro.

-Disculpe -intervine- pero creo que la señorita se lo ha dejado claro.

-Y a ti “listillo” ¿quién te ha dado vela en este entierro? -preguntó volviéndose hacia mí- ¡A ver, la documentación!

Su tono fue amenazante pero, por si acaso tenía algún tipo de dudas, me enseñó la placa de policía con su mano derecha y con la izquierda se ahuecó la chaqueta para mostrarme también la culata de un revólver que pendía boca abajo de una sobaquera.Le mostré mi DNI y, para terminar de acobardarme, apuntó el número en un papel.

-Pareces limpio pero en Madrid pediré más datos.

Después de un breve interrogatorio (¿qué haces, dónde vives, qué has ido a hacer a Portugal?), me conminó a guardar silencio y meterme en mis asuntos, literalmente me dijo:

-Y ahora calladito si no quieres tener problemas.

Definitivamente me había desactivado; la pizca de valor inicial se había permutado por el reproche hacia mi insensatez instalado en mi cerebro. Me levanté de mi asiento y salí al pasillo. Al poco tiempo, el policía salió también. “Te espero”, le dijo antes de cerrar la puerta del compartimiento. Encendí un cigarro y una terrible sensación de amargura inundó mi boca. Era la impotencia, y no el humo, lo que me provocaba náuseas.

En casos así, lo mejor es ser racional. Evaluar todas las posibilidades, sopesar los pros y contras y tomar la mejor decisión. Tengo que hacer algo para que este tipo no se salga con la suya; así que venga, piensa y rápido, me dije. La primera idea que vino a mi mente fue buscar al revisor... pero enseguida caí en mi error; allí, en el tren, la máxima autoridad la detentaba el policía y dudaba que un uniforme de ferroviario pudiera tener ningún efecto disuasorio en sus intenciones. Pues le planto cara y le digo que le voy a denunciar, que mi padre es abogado o algo así. Claro que también puedo convencer a esa muchacha para que se baje en la próxima estación, todo lo más es que tenga que esperar cinco o seis horas hasta el próximo tren. O nos bajamos los dos. No, eso era huir. Ya sé. Me hago el dormido y sin que se dé cuenta le quito la pistola. A ver si con un cañón enfrente es tan chulo y tan hombre. Joder... pero ¿y si no puedo? ¿Y si forcejeamos y le disparo? ¿Y si es él quien me mata? ¡Vaya faena o vaya putada! Ya veía impreso el titular de la noticia en el diario del jueves: “Presunto extremista cae abatido en el Lusitania Express”.

¿Y a mí quién me manda meterme en líos? Lo mejor que puedo hacer es cambiarme de vagón o, si llega el caso, tirar del freno de emergencia. Terminé el cigarrillo y regresé al departamento, al entrar dije en voz alta:

-¡Qué pesado el tío ése!

-Obrigada... Gracias -me dijo en español- por lo de antes.


Me contó que el tipo aquél venía molestándola desde que la vio en el tren; que la había invitado a cigarrillos y a tomar un trago de una petaca que había sacado del bolsillo aunque ella no aceptó. También la hizo muchas preguntas pero ella no contestó argumentando que no entendía bien el español. Aquella mujer había sentido miedo y necesitaba conversar con alguien. Le debí inspirar confianza. Me contó que se llamaba Paula y había regresado de Lourenço Marques, la capital de Mozambique, hacía cosa de un año, cuando su familia adoptiva volvió a Lisboa. El problema, me dijo, fue cuando murió don Pedro, entonces las cosas cambiaron. Un tono de tristeza moduló su voz, hasta entonces suave y cálida, con la que arrastraba las eses y silbaba las jotas. Paula era atractiva, y cada minuto que pasaba mirándola me lo parecía más. Tenía esa belleza serena, tranquila, que te atrae sin intimidarte, esa dulzura que te va empapando como si fueras una esponja. Le pregunté dónde había aprendido el español y me explicó que también tenía sangre española, el padre de su madre había nacido en Murcia, “así que soy medio portuguesa, medio española y medio ronga”, me dijo sonriendo.Una amiga de una prima (o quizá fuera la prima de una amiga) la había invitado a pasar unos días a Madrid. Me creí en la obligación de contarle algunas cosas sobre la capital y la situación política española, pero creo que ella tenía otras preocupaciones porque, a la primera ocasión que tuvo, me preguntó: “¿Y es fácil encontrar trabajo?”

Suavemente, las palabras y los silencios se fueron entrelazando con el traqueteo habitual de los expresos. Al cabo de una media hora el policía volvió. Ahora el olor a coñac se hizo más evidente y sus ojos reflejaban el deseo avivado por el alcohol. Sin mediar palabra, la cogió por el brazo y Paula se resistió.

-Por favor, não por favor! -comenzó a gritar asustada.

Todos mis razonamientos anteriores se fueron al garete y mi acostumbrada prudencia dejó paso a los instintos más primarios, azuzados por el sentimiento de rebeldía y solidaridad ante aquella ominosa agresión. Sus gritos fueron la señal. Como un eral herido de furia le embestí. Rodamos por el suelo, mis puños buscaron su rostro a la vez que intentaba protegerme con los antebrazos. Tras unos breves instantes de refriega sentí como me cogía de las solapas y de un estirón me ponía en pie; a continuación, sin darme opción a ninguna defensa, me lanzó un certero puñetazo en la boca del estómago. Una enorme náusea ascendió por el esófago hasta mi garganta. Sólo tuve autocontrol para dirigir la vomitona a la entrepierna de mi contrincante. Dos raciones de pastéis de bacalhau y una botella de vinho verde -que habían sido mi última cena portuguesa en el bar de la estación- quedaron impregnados en sus pantalones y parte de su chaqueta. (¡A tomar por culo la libido de este tío! pensé para mis adentros)

-¡Mierda, mierda... me cago en mi suerte y en todos los Santos! -exclamaba.

Yo, por si acaso, no decía nada, sólo me retorcía hecho un ovillo sobre el asiento. De poco me sirvió porque aún me propinó un manotazo en la cabeza, a modo de despedida.

-La has cagado tío, te vas a acordar de esto -me amenazaba mientras se alejaba por el pasillo del vagón.

-¿Estás bien? -me preguntó Paula- ¿te duele mucho?

-¡Qué va!... estoy mucho mejor, creo que el malestar era de tanto bacalao.

Abandonamos el maloliente departamento y nos fuimos a otro vagón buscando compañía; en el segundo compartimiento viajaban dos religiosas que me parecieron una auténtica aparición.

-Disculpen hermanas, ¿están libres estos asientos? -pregunté señalando.

-Claro que sí hijos, sentaos ahí.

Nos detuvimos brevemente en Navalmoral de la Mata, así que calculé que tardaríamos unas tres horas en llegar a Madrid. Al principio, cada sombra me sobresaltaba, después me tranquilicé. No hubo rastros del policía, ni siquiera cuando bajamos del tren. Ayudé a Paula con su maleta y me dio de nuevo las gracias con un beso en la mejilla. Me sentía orgulloso; lo hice, y no fue tan difícil, era sólo cuestión de sacudirse de encima el miedo. Aquella mañana, bajo la marquesina metálica de la estación de Atocha, vi sus ojos por última vez.

En Galerna, Revista Internacional de Literatura, núm VI. 2008, pp.156-162

6 comentarios:

Bruno dijo...

Alberto, eres un lusitanista de pro, que dominio de la historia de Portugal, del idioma, de las "vielas" de Alfama...felicidades, me ha encantado.
Bruno

Anónimo dijo...

Me ha gustado mucho. Me impresiona cómo eres capaz de resumir una historia, y que en pocas líneas pasen tantas cosas, o que podamos llegar a conocer a los protagonistas con sólo dos pinceladas (o dos renglones, en este caso). También está muy bien creado el ambiente del tren, la sensación de frío, el movimiento... Lo dicho, que me parece increíble saber escribir de esa forma. Mira que hay novelas larguísimas que no llegan a decir nada, y que terminas con la misma incertidumbre que tenías al empezar. Eso no ocurre con tus relatos.

Joao dijo...

Querido Alberto, me alegro que te lo hayan publicado, y me toca muy hondo el que me lo hayas dedicado! Creo que vas terminar convenciéndome para participar con un relato en el certamen sobre cooperación...
Un fuerte abrazo desde Costa Rica,

Inés dijo...

Por unos minutos he vuelto a esa Lisboa que tanto me enganchó hace unos años, he recorrido con el relato los lugares que me conmovieron y que aún de vez en cuando vuelven a mi memoria.Afortunadamente mi recuerdo está lejos de la época a la que nos tralada el relato, nunca más.

Irene, la portuguesa dijo...

Pero, ¿hay hombres así? me encanta el vómito en la entrepierna, donde no llegue un buen puñetazo siempre habrá que acudir a una buena vomitona. Claro pero ¿qué tal la patada en la entrepierna con anterioridad al vómito?

silma dijo...

El relato es bueno si o si, redondo en todos los aspectos pero si algo merece la pena destacar es el perfil que le dibujas al poli, sencillamente perfecto