miércoles, 19 de diciembre de 2007

EL REGRESO

El vuelo se está retrasando, otra vez. En ese momento Andrés siente la necesidad de encender un cigarrillo, pero se retrae ante la proliferación de carteles prohibitivos y de los uniformados paseando con las metralletas colgadas a la espalda. El panel informativo gira alocadamente y, al detenerse, observa con fastidio que el vuelo procedente de Madrid viene con una demora de cincuenta minutos. Es el momento de acercase a la cafetería, pero antes se entretiene curioseando los titulares de los diarios y revistas extranjeras que presentan un precio disuasorio, incluso para un profesor de universidad.

Se sienta en una de las mesas libres y pide un café. ¿Reconocerá a Manuel? Hace más de veinte años que se topó con aquel barbudo que pronunciaba con contundencia las ces y las zetas, y que no perdía la oportunidad de hablar de la transición española aprovechando los descansos del Seminario Internacional sobre Cultivos Hidropónicos que había organizado —con ayuda de una fundación norteamericana— la Universidad. Manuel debatiendo acaloradamente con Aníbal y el flaco Pereira. Manuel tonteando con Mireia. Manuel regalándole el día de su partida las cassettes de Joan Manuel Serrat y de Paco Ibáñez que había traído ocultas en su macuto de montañero.

Siempre recordará aquella despedida en el aeropuerto y aquel sueño que se le instaló en el cerebro y en el corazón de marchar a Europa, a París o a Madrid. Como hicieron Matías y Rubén, como hicieron los Costa, como se fueron el viejo Losada y Mireia, y tantos otros. Pero a él le dijeron que no, que tenía que mirar por la familia y que cómo se iba a dar un proceso democrático si todos los compañeros se iban del país.

Y pasaron cinco, diez... hasta veinticuatro años desde entonces... y no hubo movilizaciones, ni acuerdos sindicales, ni pactos, ni apoyos internacionales. Sólo el miedo... a las detenciones, al castigo, a las listas negras. “Nada de política aquí”, le decían; a cambio podía intentar sobrevivir con cuatro pesos. Pero no hizo caso, y por ello no ganó la cátedra, ni le han publicado sus estudios, ni siquiera le daban el visado para asistir a congresos fuera del país. Pero hoy se siente recompensado. Hoy va a ver de nuevo a Manuel. Y hoy va a poder enseñarle su nombre escrito en el número seis de la papeleta electoral por el distrito metropolitano.

Mañana será el día en que familiares de tantos compañeros y compañeras desaparecidos, los que fueron torturados y encarcelados, los que, como él, fueron apartados, todos aquellos que han padecido los horrores de la dictadura podrán ver el fin del régimen militar. Casi todos los sondeos lo dicen. Incluso las versiones oficiales hablan de un “empate técnico”, lo que ha hecho sospechar a toda la opinión pública, nacional e internacional, que puede haber un intento de fraude. Por eso viene Manuel en una delegación oficial como observador en estas primeras elecciones democráticas. Aunque el Frente no haya tenido los mismos minutos de televisión. Aunque los empleados municipales tuvieran instrucciones de arrancar sus carteles.

Mira el reloj y con sus pensamientos casi se le pasa la hora. Con el paso acelerado llega al vestíbulo y extiende un folio que tiene escrito en grandes letras un nombre: Manuel Moreno.

Cinco minutos más tarde se le acerca un hombre de unos cincuenta años. Viste un traje gris de alpaca, camisa blanca y una corbata discreta. Su mano izquierda arrastra una maleta con ruedas y trae la derecha extendida hacia él. Andrés intenta reconocer la melena, las gafas de pasta y la poblada barba, tras la calva, las pequeñas gafas de montura dorada y una perilla blanca muy cuidada. Pero su voz no ha cambiado, grave, potente y un tanto escandalosa.

—¡Coño Andrés... si no has cambiado nada!
—¿Manuel? —pregunta tímidamente—... ¿Manuel, sos vos?
—¡Pues claro, hombre!... no me digas que estoy más gordo que ya lo sé, ja, ja, ja...
—¡Qué alegría Manuel, vení, tengo ahí el auto, te vienes para casa!
—¡No, hombre, no!... muchas gracias chico, pero es que debe andar por ahí el coche oficial de la embajada... Nada hombre, no te preocupes que te llamo y nos tomamos unas cervezas... salúdame a la gente, ya sabes a aquella rubia y al maoísta... ¿cómo se llamaba?... bueno que te llamo y hablamos...

Mientras le ve alejarse, Andrés enciende un cigarro y no puede dejar de preguntarse cómo piensa llamarle Manuel si nunca le dio su número actual y, por precaución, el teléfono que aparece en la guía está a nombre de su esposa.


Alberto Rodrigo



Foto: Daniel Lobo

En Cuarto Creciente, Revista de creación, nº 15-16, 2007-2008, Madrid, diciembre 2007.






5 comentarios:

Rhinita dijo...

Que triste Alberto! que final más extraño y ante todo inesperado :S Me gustó el sentimiento de ese chico que espera ser reconocido luego de tanto tiempo pero al mismo tiempo tiene miedo de ser reconodido...que dilema!
besos :)

Anónimo dijo...

¡¡¡¡TANNNNNNNNNNNNN ÁCIDA LA REALIDAD!!!!

Anónimo dijo...

Me ha gustado mucho el relato... pero qué regusto amargo...

Irene dijo...

No todo el mundo es capaz de mantener la coherencia con el paso del tiempo y al final te conviertes en alguien apenas reconocible. Aunque lo realmente triste es que uno mismo no tenga conciencia de ello.

Silma dijo...

Si algo nos da realmente miedo no es ser como Andrés mas bien lo que nos asusta es la contradición que nos lleva a ser como Manuel. Buen relato