La puerta del compartimento se abrió y Ángela no pudo evitar girar la cabeza. Habían pasado más de seis meses pero aún no se había acostumbrado a su ceguera. Ya se lo advirtieron en la asociación, que ellos -los que habían perdido la vista como consecuencia de un accidente o de una enfermedad- necesitaban más tiempo para asumir su nuevo estado. Pero sólo era cuestión de eso... de tiempo.
Junto a la bocanada de aire fresco entró también una voz masculina que la saludó con un “buenos días” que sonaba a unos treinta y tantos. Tras devolverle el saludo, giró de nuevo la cabeza hasta sentir su aliento empañar la ventanilla. Quizá sería un desbarro, pero no podía dejar de sentirse vulnerable al pensar que, tras los cristales negros, alguien pudiera descubrir sus ojos muertos.
El hombre se sentó enfrente, pero justo al lado de la puerta, de tal forma que esa perspectiva de cuarenta y cinco grados le ofrecía una distancia confortable. No obstante, intentaba permanecer estática, aparentando que su pensamiento viajaba a la misma velocidad que el paisaje imaginado tras la ventana. De esa manera evitaba también que por un momento sus miradas pudieran cruzarse (¡qué estúpida!, pensó) y que él iniciara con alguna frase tópica la temida conversación. Encontró otra ventaja a esa postura de estatua. Podía agudizar el oído y así pudo averiguar que aquel hombre sostenía un libro o una revista entre sus manos; pudo escuchar las hojas que pasaba demasiado rápido quizá, y cuyo sonido no era silbante ni tenía el crepitar del papel couché, no, por el contrario el sonido era húmedo, profundo, un sonido amortiguado por alguna pena.
Al poco tiempo, un aroma de fragancia masculina le proporcionó nuevos datos de su acompañante. Imaginó olas golpeando el torso bronceado, paseos de madrugada tras una noche de amor y miradas tiernas, miradas... (¡qué estúpida!)... Aquella situación le parecía incómoda e injusta. Por un momento estuvo a punto de levantarse y abandonar aquel asfixiante lugar. Había reconstruido casi milimétricamente las distancias pero se paralizó al pensar en una pierna estirada, un bolso en el suelo o la altura exacta de la manivela que accionaba la puerta. Cualquier imprevisto podría desencadenar la tragedia. Lo más conveniente era fingir que dormía. ¿Acaso no estaba así... dormida... permanentemente dormida?
Se sobresaltó ligeramente al despertarla el sonido del altavoz anunciando la llegada; pero aún se inquietó más al pensar que podía haberse quedado sola. De nuevo, la voz masculina la tranquilizó. “Bien, hemos llegado, adiós”. Permaneció inmóvil dándole tiempo a que abandonara el departamento. Con el chirrido de las ruedas y el resoplar de los frenos Ángela no pudo distinguir el sonido familiar de un bastón palpando la puerta. Mucho menos pudo escuchar la melodía de ese bastón blanco, bailando claqué, por el pasillo de aquel expreso.
Alberto Rodrigo
En Cuarto Creciente,
Revista de Creación, nº 10
Otoño-Invierno 2004-2005
Madrid
viernes, 22 de diciembre de 2006
BAILANDO CLAQUÉ
A Jorge E. Benavides
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