jueves, 16 de agosto de 2007

HIPERENAMORADO

Foto: By Kay 84

“Ding, dong, ding… oferta especial de embutidos ibéricos en la sección de charcutería”.

¿Es un envío?, me preguntó. Sí, avenida de Bradamonte sesenta y cuatro, segundo B... Mira, mejor te dejo mi móvil, por si acaso, no sea que cuando lo lleven no esté en casa, respondí hábilmente.

Tras pagar con la tarjeta de crédito (para que me pidiera el carné de identidad) salí del hipermercado con la sonrisa en los labios. Por primera vez desde hacía dos semanas, ella le había dado la vuelta al documento y curioseado brevemente los nombres de mis padres y la fecha de nacimiento.

Yo ya sabía su nombre: Yolanda Sanz. Lo ponía en el identificador justo debajo del anagrama. Pero todavía no me había atrevido a llamarla por su nombre. Los días anteriores intenté averiguar cómo la llamaban sus compañeras. Si lo hacían con el nombre completo, con el abreviado Yola o con el temido e infantil Yoli.

A fuerza de ir casi todos los días al centro comercial había logrado descubrir su horario de trabajo. Los lunes, miércoles y viernes en turno de tarde y uno de cada dos sábados por la mañana. Y esos eran los días en los que veía a Yolanda.

Aprovechaba mientras ella pasaba los artículos por el lector del código de barras para fijarme en los mínimos detalles. El color de uñas —barniz transparente— las pulseritas de las muñecas —dos de cuero trenzado, una de colorines, como sudamericana, y una de plata— el pendiente de la aleta izquierda de la nariz —aunque la Dirección la obligaba a ocultarlo con un trocito de esparadrapo—y sus ojos —unos ojos castaños— que parecía que me sonreían cuando preguntaba: “¿efectivo o tarjeta?”

Si los sociólogos, o los psicólogos, dicen que pueden adivinar la profesión y el carácter de los individuos por lo que tiran... ¿cómo no van a poder hacerlo con lo que compran? Sin duda, el carrito del supermercado es uno de los exponentes más claros de lo que somos, de nuestra clase social, de nuestros gustos y costumbres más íntimas y personales.

Tras esta reflexión cambié de actitud ante las estanterías. Ya no me limitaba a comprar lo más barato, o lo que ponían en oferta, o lo que los especialistas en consumo solían colocar entre la altura de los ojos y la de las manos. Ahora tenía que decir a Yolanda cómo era. O cómo me gustaría que ella me viera.

Los huevos, por ejemplo, los escogía de gallinas de corral, en cuyo envase aparecía marcada la siguiente leyenda: “Huevos escogidos de aves en libertad”. También me aficioné a las verduras ecológicas y a las frutas exóticas (papaya, mango). El punto de sofisticación lo guardaba para los patés, el queso y los vinos, alternando los productos manchegos y riojanos con los meridionales franceses. Por último, el toque alternativo y moderno, a juego con su piercing, lo daba con algunos artículos japoneses.

Y para que quedara claro que vivía solo, y no tenía en esos momentos pareja, me atreví a preguntarle un día si el detergente Softness le iba bien a las prendas de color o estaba indicado especialmente para la ropa blanca.

Tres semanas habían transcurrido desde aquel primer encuentro y aquel era el segundo sábado. Su turno terminaba a las 14:00 horas y estuve haciendo tiempo hasta las 13:45. Había elegido para la ocasión un Sauternes. Yolanda tuvo que pasar la botella dos veces por el lector para cerciorarse de que no estaba equivocado el precio. “Es para una ocasión muy especial” comenté. Mientras, estuve cumplimentando los datos personales en la solicitud de tarjeta de cliente. A continuación metí en la bolsa las latas de vieiras, el jamón de pato y la bandeja de sushi. Tras pagar, dejé la botella oculta debajo del montón desordenado de bolsas de plástico.

En Cuarto Creciente, nº 14, otoño invierno 2006/07, Madrid, pp. 24-25

7 comentarios:

JGR dijo...

Maravilloso relato en el que una vez más Alberto Rodrigo demuestra su sensibilidad hacia la inteligencia de las mujeres. Ya esto me lo había advertido un buen amigo común, pero cada nuevo relato suyo me lo corrobora.
No olvido que tengo pendiente un comentario de sus libros en De izquierda a derecha, pido perdón por la tardanza, pero reitero la promesa de que allí estará pronto.
A., dale mis saludos a Alberto y dile que lo único que no me cuadra de este maravilloso relato es el título.
Abrazote,

JGR

AR dijo...

Gracias JGR... el título es un juego de palabras entre "muy enamorado" con "enamorado en el hiper(mercado)"... y es que cualquier lugar es bueno para enamorarse... ¿o no?.. Besos.
P.D.: Espero con impaciencia tus comenatrios obre "Sombras"

Odontólogo dijo...

Pimero fue con la dentista (cirujana/forense), y ahora con la cajera del PRYCA. Se ves que andas enamoradizo Alberto, pero no nos cuentas si ligaste al final o no. Pa mí que fue que no.

Palo dijo...

No ligó ni por asomo. La perdió cuando le díjo que era para una ocasión muy especial. La botella que olvidó estratégicamente, la cajera debió enviarla por los repartidores... o se la llevó el siguiente cliente.
¿No es así?

Yola dijo...

Nos hemos casado hace un mes y somos una pareja superfeliz. Además me han hecho encargada y con los contactos del hiper nos sale la compra gratis. Besitos

Palo dijo...

Vale, te has casado, pero... ¿con quién? Porque o te has casado con el dueño del hiper o no punteas la compra... En otro caso, agradecería la fórmula para no pagar. Gracias Yola.

Alex dijo...

Vamos a ver si nos aclaramos. Soy Alex, el novio de Yola. La cosa fue así: Yola se dió cuenta de que se había olvidado la botella y me llamó para que pasara por el super a recogerla. El Sauternes fue cayendo es tarde, poco a poco, mientras hacíamos el amor.