lunes, 8 de mayo de 2006

ALTIUS, CITIUS, FORTIUS


El coche levantó una pequeña polvareda al frenar cerca de la verja. El conductor levantó su mano izquierda y al momento la puerta metálica se deslizó por una corredera. Decenas de ojos persiguieron al vehículo hasta que se detuvo al frente de un pequeño edificio de dos plantas. Dos hombres descendieron con unas bolsas, como las de viaje, en las manos.

Saludaron al tipo que se encontraba en el despacho y éste les hizo caminar por un pasillo, atravesar una sala, luego otra más pequeña hasta que finalmente abrió una puerta y salieron los tres a un patio.

—¿Cuántos tienes esta vez? —preguntó el más alto de los visitantes.
—No muchos, una media docena... cada vez llegan peor.
—¿Y mujeres? ¿Hay alguna mujer?
—Tengo dos, pero una creo que ya está mayor y la más joven está de catorce semanas.
—Bueno, vamos a verlos.
El que había permanecido callado se acercó al grupo que se alineaba junto a la pared buscando la sombra del alero del tejado. Estaban sentados, algunos en cuclillas, con las manos agarradas a sus tobillos. Cuando estuvo a unos dos metros de ellos levantó los brazos paralelos con las palmas hacia arriba. Perezosamente se fueron incorporando hasta formar una fila. Fue pasando enfrente de cada uno. Se fijaba en sus brazos, en su torso, en sus piernas, pero sobre todo en los ojos. En los ojos puedes ver el alma de la persona, decía. No le gustaban las miradas que se escondían, las que caían desmayadas al suelo cuando chocaban con sus ojos. Tampoco aquellas que se perpetuaban vacías, como si el horror de la travesía se hubiera fijado en sus retinas. A él le gustaban las miradas altivas, orgullosas, pero no las que escupían odio. Esos que miran así te la juegan a la primera de cambio, decía.

Una vez que terminó la exploración cruzó de nuevo el patio y fue al encuentro de los dos hombres que permanecían de pie, consultando unos papeles.

—Creo que hay un par de ellos que pueden valer, el resto no parece que sean gran cosa.
—¿Sólo dos? —dijo el que hacía de anfitrión—. Ya verás como te llevas al menos cuatro. Tendrías que verlos como los he visto yo. Llevan aquí sólo nueve días y no veas cómo han mejorado.
—¿De dónde son? —preguntó.
—Hay dos de Senegal, uno de Marruecos, otro de Mauritania y dos que hablan medio inglés y que dicen ser de Namibia.
—¿Y las edades?
—No te preocupes, no pasan de los veinte o veintidós años. Les hemos hecho la prueba de los huesos de la muñeca.
—Venga, vamos a empezar ya —dijo de nuevo el más alto de los visitantes— que no tenemos todo el día.

Los dos hombres abrieron sus bolsas y extrajeron de ellas varios aparatos. Se colgaron al cuello otros más pequeños y montaron un trípode donde colocaron una cámara de video. Uno de ellos cogió una ristra de discos de plástico y los fue repartiendo, más o menos equidistantes, formado un anillo en torno al patio. El otro visitante y el anfitrión cruzaron de nuevo el patio en dirección a los hombres que les miraban extrañados. Esta vez levantó de nuevo los brazos, pero ahora por encima de la cabeza. Cuando los seis hombres tuvieron los brazos en la misma posición que él les había mostrado, fue abrochando una especie de cinturón alrededor del pecho, a la altura de las axilas. Los dos visitantes se encontraron de nuevo junto al trípode. Un operario con un mono verde había traído dos sillas de plástico blanco y una sombrilla. En el otro extremo los hombres habían formado un corrillo alrededor del anfitrión que parecía arengarles y que gesticulaba extendiendo los brazos y las piernas, apretando los puños hacia el frente y dándoles palmadas. Cuando terminó miró hacia los hombres y uno de ellos levantó el brazo. El otro había abierto un ordenador portátil al que había enchufado varios cables y un dispositivo que había insertado en un lateral del aparato. El que sostenía en alto el brazo ladeó ligeramente la cabeza y dijo a su compañero: “Espero, por su bien, que hagan el primer paso en dos treinta”. Y bajó el brazo bruscamente, como queriendo cortar el aire.

Madrid, junio de 2004


(Este relato fue seleccionado en el I Concurso de Relatos Sociales convocado con el tema “Inmigración” por la Fundación El Compromiso” en 2004)