
No existe lo real ni lo irreal...
Juan José Millás
Juan José Millás
Al girar el pomo y empujar la puerta un asomo de vértigo le recorrió la cabeza hasta el estómago. Aquella sala se encontraba boca abajo. El techo completamente plano y el suelo cóncavo, cuatro haces de luces se alineaban bajo sus pies mientras que una mesa, con las patas fijadas al techo, pendía amenazadora sobre su cabeza. En uno de los laterales de la nave, un cuadro de grandes dimensiones ocupaba el centro de la pared. Era sin duda una obra de un pintor simbólico o minimalista. Sobre el lienzo blanco alguien había pintado una copa negra cuya boca apuntaba hacia abajo. No tuvo más remedio que dar un brinco y agarrarse a un providencial asidero que se encontraba junto al quicio de la puerta.
Su sentido común le dijo que aquello debía ser irreal, luego debía tratarse de un sueño. Sólo tenía que hacer la prueba. Seguro que si se soltaba o bien flotaría como un astronauta o descubriría que había adquirido la facultad de caminar, sin problemas, por las paredes y los techos de las casas. Durante unos interminables segundos sintió que todo daba vueltas a su alrededor. Una misteriosa fuerza le empujaba primero hacia un lado, luego hacia el fondo de la sala. El corazón le latía muy acelerado y unas pequeñas gotas de sudor irrumpieron en su frente. No se alarmó en exceso pues le ocurría siempre que montaba en un carrusel o el comandante cogía un bache durante el vuelo.
Con decisión abrió las manos. La caída fue corta, apenas de unos dos metros, y sólo le dio tiempo a cerrar los ojos. Su hombro derecho fue el que recibió el impacto y le sirvió para confirmar su hipótesis del sueño. Su cuerpo era de goma. Cuando comprobó que no había sufrido daños se dispuso a incorporarse pero sintió de nuevo el poder de aquella fuerza oculta que le empujaba irremediablemente hacia una de las paredes. Intentó contrabalancear su cuerpo, inclinándose hacia el otro lado, pero aquella diabólica sala se escoraba cada vez más y ahora no tenía a mano nada donde asirse. De nuevo fue a dar contra el suelo, o contra el techo, contra la parte abovedada. Pero por suerte su cuerpo seguía siendo de goma.
Aquella batidora giraba una y otra vez provocándole el desasosiego que debía sentir aquella tortuga, que le regalaron por su décimo cumpleaños, cuando por puro regodeo la colocaba en el suelo sobre su caparazón. Unos instantes después todo se volvió negro. De repente, una melodía retumbó en la sala y decenas de luces iluminaron la estancia. Desconcertado pensó que su mujer y el despertador le sacaban de aquella angustiosa pesadilla.
Le costó comprender el porqué de aquella señorita y del ramo de flores. No intuyó tampoco porqué dos azafatas se divertían rebotando sobre lo que parecía un mullido suelo. Su sorpresa fue en aumento al abrirse inesperadamente el techo para que descendieran aquellas dos enormes letras: “DT”. Hasta que no reconoció al presentador no acertó la razón por la aquellos dos individuos le filmaban con sus cámaras a escasos centímetros de su cara.
Alberto Rodrigo, San Lorenzo, julio de 2004. En Cuarto Creciente, Revista de Creación, nº 11.
Madrid, primavera-verano 2005, pp. 21-22.



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