martes, 13 de junio de 2006

FIN DE CURSO

A Paloma, Miguel Ángel y a los/as alumnos/as del Magister en Cooperación Internacional


A mediados de junio había terminado el curso, aunque el coordinador insistiera en que hasta que no entregaran el trabajo final de investigación no obtendrían el título (ciento veinte euros... ¡qué pasada!). En su mente, y en la de muchos de sus compañeros, se instaló la pregunta “¿Y ahora qué?”. Pero ella sabía la respuesta.

Después de un par de entrevistas, y tras dejar al menos una docena de currículos, la habían aceptado para realizar una pasantía en un proyecto de desarrollo. Por fin iba a tener la oportunidad de trabajar en un proyecto, en África subsahariana además, con niños y niñas huérfanos tras el conflicto.

Días antes de su viaje (su hermano le ayudó a financiar parte del pasaje) había estado consultando algunos informes y estudiando el Documento de Estrategia País de la AECI y el Poverty Reduction Strategy Paper elaborado conjuntamente por el PNUD y el Banco Mundial. Además había cumplido con las visitas de rigor al Centro de Medicina Tropical para las vacunas y a Coronel Tapiocca para el mosquitero, los pantalones de algodón y las pastillas potabilizadoras. Y también compró unos cuantos juguetes de plástico en la tienda de “todo a un euro”.

Durante el viaje estuvo repasando mentalmente todo el arsenal teórico —marco lógico, análisis de stakeholders, indicadores objetivamente verificables— mientras escuchaba, en su reproductor de MP3, a Elemotho cantar The system is a joke.

Estaba preparada para todo. Para el calor, para los fuertes olores y colores. Para aguantar cinco horas en caminos polvorientos en un destartalado Suzuki 4x4 de no menos de diez años. Había incluso imaginado sus nombres: Abou, Duawa, Faïk, Bole... pero se desmoronó completamente.

Eligió a uno de los más pequeños, cuya sonrisa le pareció más tímida entre tantas carcajadas. Y, en un aparte, le entregó una pelota de fútbol y un muñeco articulado. No supo qué decir cuando el niño, con la sonrisa ahora algo más amplia, y unos ojos entre temerosos y expectantes, extendió hacia ella sus bracitos ofreciéndole su único juguete... una caja de cartón atada a una cuerda.


En Tribuna Complutense nº 43, Madrid, 13 de junio de 2006, pág. 24

Foto: By Teseum