De los nombres todavía me acuerdo de casi todos, pero no de los apellidos. Si acaso, de donde eran: Feliciano de Felechas, Germán de Vozmediano, el Terrible de Boñar y El Naipe y Vidalín de Valdehuesa. El Naipe... ¡qué jodío el Naipe!... le decíamos así porque siempre estaba haciendo juegos de manos con las cartas. Y es que en la mina a los dos o tres días ya te ponían el mote, tu mote. De nada te iba a servir que dijeras que te llamabas Pedro o Juan como alguien te hubiera puesto ya el apodo; a partir de entonces todos te iban a llamar así. Picoruto, al que era alto y desgarbado. Parlanbalde, al que no paraba de hablar y tenía siempre el chiste en la boca. Había uno al que llámabamos Braguinas, ja, ja, ja... ¡no hombre, no!, no es que fuera de la otra acera, sino que sólo tenía niñas, cinco chicas tenía, la mayor de ocho años.
Nadie se libraba... bueno, ahora que recuerdo sí, Joaquín Vila, un barrenista que vino de Gerona. Parece que le estoy viendo ahora, siempre con traje, oliendo a Varón Dandy y con sus gafitas redondas de metal. Podíamos haberle puesto perfectamente el Profesor, porque aprovechaba los descansos para sentarse a leer, siempre solo, o el más fácil Catalán, pero no sé bien por qué él era uno de los pocos que llamábamos por su apellido, Vila. Por eso nos extrañó que en la portada del Diario, justo debajo de su foto, no apareciera su nombre sino como se le conocía entre los círculos anarquistas y en la Comandancia de la Guardia Civil, El Minero.
Alberto Rodrigo
(En Cuánto Cuento, Ed. Acumán, Toledo 2005, pág.5)
viernes, 12 de mayo de 2006
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