sábado 6 de febrero de 2010

The Vernor's snores (IV)

Foto: Linda Giddens

La jornada había sido completa. Habíamos pasado el día en un paseo agradable a bordo de un barco fluvial -similar a los que surcan el Mississippi- y por la noche habíamos asistido a la recepción que había organizado en nuestro honor el Presidente Grant (el rector de la Universidad). A eso de las diez, la fiesta había terminado, pero para los latinos esa era todavía una hora demasiado temprano para regresar al hotel. Nos quedamos un pequeño grupo que, bajo la tutela de Jenny, decidimos tomarnos unos tragos en “The blind pig”, uno de los pocos bares de la ciudad.


Tras unas partidas de pool y otras tantas cervezas nos encaminamos, andando, sí, sí, andando, walking, (no tardamos más de 10-12 minutos) hacia el hotel. Aunque era todavía temprano, calculo que cerca de la 1, no hubo posibilidad de tomar la última (no bar, do you remember?) así que decidimos despedirnos y subir a las habitaciones. Busqué la tarjeta y aparecieron dos de crédito, la del Corte Inglés, la de la Seguridad Social, la de la Compañía de accidentes, la prepagada de ATT, otra de Telefónica... aquí está, no, no, ésta es la del Holiday Inn de Orlando... vuelta a comenzar... Tras la segunda vuelta empecé a temer que mi despiste habitual con las llaves tuviera también efectos con las tarjetas de plástico. No era descabellado pensar que podía haberla dejado en la habitación, o en un bolsillo de la cartera que suelo llevar colgada en bandolera. Repasé de nuevo todos los posibles habitáculos que pudieran contenerla y nada. En esos momento mi mano derecha actuó de forma autónoma yendo directamente al bolsillo trasero del pantalón. Respiré.

La habitación estaba a oscuras y el aire acondicionado soltaba un chorro de aire frío. Además hacía un ruido considerable. Para no tener que encender la luz descorrí un poco las cortinas dejando que el fulgor de la luna y la iluminación nocturna del hotel resplandecieran lo suficiente la habitación. A los pocos segundos percibí el bulto adormecido de Vernor (in his bed). Me desvestí procurando no hacer ruido y procedí al ceremonial nocturno. Me metí en la cama y miré el reloj, la 1,15 a.m. (7,15 hora de España). Cerré los ojos y esperé que viniera el sueño.

Esperé y esperé. Mientras esperaba me pareció escuchar junto al sonido del ventilador del aire acondicionado, otros sonidos que provenían justo del otro lado. Decidí levantarme y apagar el aire. ¡Hell, shit, son of the beach, fuck you… y todos los tacos que me sabía! No puede ser... me cago en mi suerte... joder... Eran snores. No sé como se dicen en castellano. Son esos ruidos que nacen como silbidos y se van volviendo más graves, ruidos que se repiten en secuencia y que el sujeto no controla. Snores les decimos nosotros. Bueno pues Vernor snoreaba. A los quince minutos decidí encender de nuevo el aire acondicionado porque prefería que se me resecara la garganta, que me dieran un ataque de lumbago o que me cogiera un resfriado de padre y muy señor mío, pero que el ruido, que antes había calificado de molesto, atenuara los malditos snores. Quince minutos más tarde los sonidos se habían acoplado de tal manera que aquello parecía una maqueta de música repetitiva. No había más remedio que echar mano a los remedios tradicionales. Chasqueé la lengua varias veces, como arreando a un caballo imaginario y nada. Probé a toser, para disimular, pero nada. Ni siquiera una momentánea interrupción. Bueno, tranquilo, no pierdas los nervios. A lo mejor si cambia de postura cesan los snores. Es cuestión de esperar, ya verás.

Y Vernor se dio la vuelta y se quedó mirando para el techo. Los snores aumentaron y cambiaron de registro. Ahora sonaban como ahogos, como lamentos de ultratumba, como si la garganta y la nariz vernorianas estuvieran acosados por el mismísimo Freddy Krugger o el de la motosierra de Texas.

A las tres de la mañana decidí levantarme y darme una vuelta... quizá vuelva a moverse, quizá sea solo al principio, quizá si me entra mucho sueño no los oiga. Salí al pasillo y me distraje contemplando la piscina. Si hubiera algo de luz junto a las mesas, me bajaba uno de los libros que eché en la maleta o me ponía a hacer crucigramas. Voy a darme una vuelta por recepción... ¿en pijama?... bueno, es un pantalón corto y una camiseta. Bajé a la recepción y vi a un tipo neg... digo afroamericano, muy alto, puesto que le sobresalían del sofá dos enormes zapatillas de baloncesto, tumbado de lado que, o dormía, o se hacía muy bien el dormido. Me acerqué hasta la máquina de soft drinks y curioseé las ofertas: Coke, Coke light, Coke No Cafeine, Sprite, Sprite-diet, Seven Up... Todo a un dólar cincuenta. No beers, bières, nao birras ni por supuesto... cervezas. Subí las escaleras y me encontré de nuevo frente a la puerta. Pegué la oreja. No se oía nada. Alborozado introduje la tarjetita y abrí la puerta. Vernor miraba ahora hacia el interior de la habitación y los snores sonaban más débiles. Es el momento, aprovecha, me dije para animarme. Me introduje rápidamente bajo las sábanas y cerré con fuerza los ojos; mi mente intentó perderse por todos los vericuetos que pudieran tener algo de somníferos. Media hora más tarde miraba de nuevo el reloj, eran las 4 menos diez. Faltaban sólo unas tres horas para desayunar en los Commons de la Stanton University. (To be continued)

domingo 31 de enero de 2010

The Vernor's snores (III)

Dr. Peter Delynn, Dept. of Political Science, Stanton University. ¿A qué les suena? A un tipo de unos sesenta años con el pelo blanco, seguramente con gafas, quizá con bigote, con traje, camisa blanca y pajarita de lazo al cuello. O tal vez algo más joven, de unos cincuenta -y entonces combinaría probablemente una camisa de cuadros con corbata de rayas-, de piel sonrosada y ojos azules.

No obstante, el tipo que se acercó a mí con la mano extendida tendría unos cuarenta, alto y delgado, con una larga melena rubia recogida en una coleta y vestía una especie de guayabera estampada. Sin duda un ayudante de Delynn, pensé... Carlos, éste va a ser, le dicen Carlos aunque su nombre de origen debe ser Charles. Pero no, se trataba de Pet, que amablemente me preguntó por el viaje y se disculpó por el malentendido en la llegada. Se encarga de los trámites con la recepción y me comenta: Esto... no te importa compartir la habitación?... (Cielos! pensé traduciendo mental y erróneamente por su antónimo... Hells!)... Si es con una señorita, no... si no ... tendré que consultar con mi mujer, le dije. No debí ser muy original. Eso dicen todos, me contestó. Sin embargo, tras pasar previamente por el mostrador de Recepción, me alcanzó un estuchito con una tarjeta. Toma, es la 243 y tienes suerte, me dice, estás solo. OK, digo, mucho mejor.

Foto: T. Rockstar

Esa noche mi reloj biológico me despierta a las dos de la mañana y desde ese momento no consigo volver a dormir. Conecto el televisor y alucino viendo las competiciones tan raras que se gastan por aquí; además de las habituales carreras con todo tipo de vehículos y de comer más rápido o en mayor cantidad (hamburguesas, huevos, tallarines...), esta noche le toca el turno a los tipos que rompen cosas con las elementos más impensables de su cuerpo, por ejemplo hay uno que atraviesa latas de cocacola (llenas) con el dedo índice, a otro le rompen estacas de madera golpeándole en la mismísima entrepierna, y otro dobla varillas gruesas de metal empujando con la nuez... (No comment!)

El traslado hacia Deland (o De Land, que de las dos formas puede y debe decirse) lo hicimos en dos enormes rancheras, (one black and one white) con el apoyo logístico de un auto que conducía Jenny con parte del equipaje. Las carreteras son amplias —de dos carriles al menos—, rectas y bien asfaltadas, con una mediana de césped dos veces superior a la anchura de la calzada. Se nota que aquí tierra no les falta. El paisaje es algo monótono, liso y verde, salpicado de lagunas artificiales y ayuda a crear un halo de tranquilidad y armonía. En poco menos de dos horas llegamos al hotel pero nos comentan que éste no es el que estaba en el programa, pero que lo han cambiado porque está más cerca de la Universidad y facilitará nuestros traslados. No importa, mucho mejor, decimos todos.

Pet reparte de nuevo las llaves. Mi sentido racional me había indicado que si en Orlando había disfrutado de una habitación para mí solo, lo lógico sería que mantuviera ese privilegio. Por otro lado, si exceptuamos a Peter y Carlos, éramos 13 en el grupo de visitantes y obviamente uno debía dormir solo. Era un deferencia esperable para el representante de la Asociación Castellano-Manchega para las Relaciones Eurolatinoamericanas... Alberto... toma, la 256... estás con Vernor, he says me. ¿Vernor? pregunto desconcertado… Viene en el otro carro, responde.

¿Hotel o motel?... Dejémoslo en que se asemejaba a un hotel de carretera; sólo dos plantas en forma de escuadra y en medio la piscina, los pasillos a un lado y otro de las alas ofrecían la secuencia puerta-ventana, window-door, hasta un total de 12 eslabones de esta cadena. Puede gustarte más o menos (y para gustos ahí están los colores) pero lo achacable era la carencia de algunos servicios que caracterizan a un establecimiento de este ramo: no bar, no laundry, no internationals calls, no lobby, no Pc’s with internet acces... pero siempre es mejor un hotel que una habitación austera en un colegio mayor... o quizá no.

Foto: A.R.

Como llego el primero me cojo la cama más próxima a la ventana. Posee además el complemento de una pequeña mesa circular. Cuelgo la ropa más arrugable en las perchas (3) y el resto lo coloco en el cajón que me corresponde del pequeño aparador sobre el que se encuentra el monitor de TV. Lo enciendo. Zappeo compulsivamente. Se vende de todo, y todo el mundo parece very happy con lo que han comprado. Lo apago. Voy para el cuarto de baño y la pastillita de jabón sobre el lavabo me evoca mi época de estudiante, de pensiones baratas, de viajes en trenes y albergues comunitarios. Hace ya demasiados años.

El movimiento nervioso del picaporte hacia arriba y hacia abajo me aleja de mis recuerdos. Alguien trata de abrir la puerta y percibo una silueta a través de los visillos entornados. Lo intenta una y otra vez cometiendo el error típico de pensar que debe abrirse con la tarjeta insertada en la ranura. Como temo que si lo sigue intentando pueda cargarse la manivela me levanto y le abro. ¡Hola!, tú eres Vernor, ¿no? Soy Alberto, le digo estrechándole la mano. Tienes que sacar lentamente la tarjeta para que se encienda la luz verde, entonces puedes abrir la puerta. ¡Ah, pueee..! me responde agradecido.

Como le llevo ventaja (ya tengo todo mi equipaje medianamente ordenado) y hemos quedado para dentro de una hora me dispongo a darme una ducha. Dudo entre desnudarme allí mismo o entrar pudorosamente vestido, pero recuerdo las reducidas dimensiones del baño y opto por lo primero. Intento recordar cuando estuve en una situación similar —es decir con alguien en la habitación de un hotel que no fuera mi mujer— ...¡bah... que más da! Me enrollo la toalla a la cintura y encojo la tripa... me imagino baños turcos, saunas... mis nalgas se aprietan en una reacción espontánea.

Uno no valora suficientemente la libertad, la que se escribe con mayúscula pero sobre todo la de la letra pequeña, hasta que la pierdes, momentáneamente, por razones ajenas a tu propia voluntad. Estás tan acostumbrado a usar el libre albedrío en el recinto privado de tu vida que ni se te ocurre tener que prescindir de espacios construidos con tu esfuerzo y con la tolerancia de los demás. Los silencios sin motivo, el mando del televisor, salir de la ducha como Dios te trajo al mundo (con algunas adiposidades más), la liberación de la ventosidad mañanera, ponerte a leer a las cuatro de la madrugada, escribir sin tener que responder a la típica pregunta “¿el qué?”, en fin todo aquello que te hace creer que eres el dueño de tu propia existencia.

Pues bien, todo esto se acabó. Por suerte mi ocasional compañero no era de los extrovertidos, de esos que no paran de hablar y provocar conversaciones aunque tus respuestas sean más secas que las tierras de Arizona. Su carácter reservado y prudente me hizo creer que debía estar agradecido y contento, sobre todo cuando repasé mentalmente algunas características de otros posibles candidatos. But the night changes everything. (To be continued)


jueves 21 de enero de 2010

The Vernor's snores (II)


Sí, hemos tenido una hora de retraso... o sea que Jenny acaba de regresar ahorita, vaya ¡qué pena! ok, pásame con Carlos… Sí, dime... pues estoy en la segunda planta… en qué terminal?, pues no sé, donde llega US Airlines... Oka, que envías a alguien a buscarme a la salida A-19, de acuerdo, A-19, en cinco o diez minutos... okeeeyyy!

Salí a la segunda para ver si veía lo de los postecitos con signos alfanuméricos pero no había postecitos, bajé a la tercera y… ¿bingooo? Pues no, sólo línea, porque me recorrí todos los postecitos y llegué desde el B-1 al B-25. Aquí me temo que hay que preguntar, pero dado mi english low level será mejor que lo haga a alguien con pinta de latino, o sea a limpiadoras o mozos. Perdone, ¿la salida A-19?... No, no, si no quiero embarcar, yo lo que quiero es salir del aeropuerto por la salida A-19. Me están esperando en ese sitio. O sea que la sala A-19 está del otro lado. Pero... ¿y la salida?... ¿también esta allí? Dice usted en la otra terminal, al otro lado, terminal A... pues vamos p’allá.

Pasillos y pasillos recorridos a toda leche (thanks brother for borrow me your wheelesbag) y la subida de adrenalina hacen que empiece a sudar a pesar del aire conditionated. Tras unos cinco o seis minutos a la carrera llego por fin a la terminal A, y de nuevo a bajar a la segunda planta... (¡gilipollas, que en la segunda no había postecitos con numeritos!) , y tras mi estúpido error de nuevo a la tercera, uff, soplido, por fin A-1, A-2, A-3… Al llegar al A-19 me encuentro con una furgoneta blanca aparcada y un tipo cerca de ella. Resuelto me dirijo a él en castellano.

Hola, soy Alberto Rodrigo. El tío pone una cara rara como diciendo “pues muy bien majete y yo Charles Driver”, y me suelta una parrafada en inglés. Esquiusmi, bat aidon espikinglis, le digo todo de corrido. El tío va y me suelta otra cosa (yo pillo algo así como looking for, que me suena a canción de los U-2) así que no tengo más remedio que pensar en articular algo más o menos entendible, del tipo: Ar yu güeitin for mí? (todavía no sabía que güeitin en americano se dice güeirin)… pero el tío lo pilla y me dice que no, mientras mueve enérgicamente la cabeza a derecha e izquierda por si no le he entendido. Pero me tranquiliza diciendo que espere, que seguro que llegará alguien. Me lo creo porque necesito creerlo y me siento en un banquito.

A los diez minutos vuelvo a estar desesperado, así que me meto dentro y busco un teléfono… Murphy actúa con su premonitoria ley, porque cuando necesitas algo nunca lo vas a tener a mano, y no veo un fucked phone en toda la sala. Salgo de nuevo y me siento de nuevo. Allí esta todavía el de la furgoneta al que le veo un celular colgado del pantalón. Compongo mentalmente la frase (excuse me sir, can you give me the phone?)... pero cuando la traduzco veo que el tío puede pensar que quiero que me de su móvil... a lo cual se negará, como lo haría cualquiera, (ok, y si le digo: would you call for me, please? a la vez que le muestro el teléfono móvil de Peter escrito en el fax)... sí, eso va a estar mejor, esquiusmi... y en cuanto le señalo el móvil el tío me pide el papel me pregunta algo y yo le indico con el dedo el numerito. Me marca y me lo pasa.

Pet? Oye que soy yo otra vez, Alberto, que aquí no ha venido nadie… ok, pásame con Carlos... Sí, estoy aquí, en la A-19, pero aquí hay un tío aparcado y no me espera a mí, sí, en la segunda planta, junto a las paradas de los taxis... oye tranquilo que mejor me cojo un taxi,... que no? bueno, venga, espero... (el tío del celular me mira porque me he callado pero sigo con la oreja pegada, para disimular miro para otro lado)... de acuerdo que espere aquí, que en cinco minutos vienen a por mí. No han pasado ni tres minutos cuando llega un microbús pequeño con unas letras enormes rotuladas en un lateral: Holiday Inn.

Foto: Sandeep Thukrai

No lo pensé dos veces y, como alma que lleva el Devil, me dirigí al grupito que estaba dejando sus equipajes en la puerta trasera de la furgoneta. El conductor, que iba colocando ordenadamente los trolleys, me miró algo extrañado y me preguntó algo. Dije alto y claro: I go to hotel. No tuve que ser lo suficientemente preciso porque me soltó otra parrafada en ese endiablado idioma. Insistí e insistí, incorporando esta vez el artículo y exagerando el acento : Ai go to the joutel. Él volvió a preguntarme y en su frase final entendí Inn Select? Yes, yes, dije frenéticamente, Holiday Inn Select.

Algo masculló entre dientes pero ya no me importó cuando vi mi valija entre las demás. Fui el último en subir y sólo quedaba un asientito en el centro, de esos que se bajan desde el brazo de los que están más solidamente fijados al suelo. En pocos instantes las conversaciones se cruzaban delante de mi cara a una velocidad espeluznante. No era de extrañar que yo no pillara nada. Lo que sí me resultó extraño era su indumentaria. Los hombres vestían camisa blanca de manga corta con adornos azules en las hombreras y unos pines similares en un lateral de la pechera. Algunos conservaban todavía en su cabeza una gorra de plato con un cordón dorado. Las mujeres llevaban unos pañuelos de colores al cuello y unos sombreritos, algo ridículos, medio ladeados. Mis neuronas actuaron de nuevo y lo comprendí enseguida... era la tripulación de un avión. Me sentí como un polizón recién descubierto y empezó a asaltarme una terrible duda: ¿iríamos todos al mismo hotel, o aparecería sin remedio en el aeropuerto internacional de Kuala Lumpur?

Por suerte el trayecto fue muy corto y en cinco-seis minutos (que a mi estómago le parecieron tuenyfaiv por lo encogido que lo llevaba) estábamos frente al Hotel Holiday Inn Select, en el área del aeropuerto de Orlando, Condado de Volusia, Estado de Flórida (pronúnciese adecuadamente acentúando la o). Mientras el conductor iba distribuyendo las maletas, sus propietarios le iban intercambiando billetes verdes doblados longitudinalmente que el tipo se engarzaba entre los dedos. Como todos los billetes son iguales (de tamaño y color) costaba saber si eran de 1$, 5$, 10$ o de valor superior. En realidad era una simple curiosidad porque no estaba dispuesto a desembolsar una propina después de toda mi particular odisea, así que esbocé mi mejor sonrisa y le dije ZENKIU VERI MACH mientras atravesaba resuelto la puerta automática del anhelado hotel. (To be continued)

domingo 17 de enero de 2010

The Vernor's snores (I) *

* (Based on a true history)

I’m Spanish, I’m 46 years old and I’m married. Past Thursday somebody say me that I may to travel to Florida because nobody can assist an event at Stanton University. So, on Saturday I was flying to Orlando.

Después de unas ocho horas de vuelo llegué a Philadelphia, la ciudad de los quesos, y lo digo porque tienes que pasar la aduana a golpe de calcetín, esto es con tus zapatos metidos en una caja de plástico (¡Oh my God!... tendré algún roto?) junto a tus objetos personales. No es de extrañar que se apodere de la sala el inconfundible olorcillo de decenas de pies humillados. De esa forma, sin monedas, descalzo, despojado de mi reloj y del cinturón (con el consiguiente peligro para mi integridad), entré en este wonderful country.

La conexión no fue mala; después de caminar y caminar por interminables pasillos mecánicos encontré la gate que coincidía con mi tarjeta de embarque. La demora fue de cincuenta minutos, o sea, como en cualquier país subdesarrollado. La verdad se me pasó el tiempo muy rápido porque estuve entretenido reconociendo a todos los personajes que había visto en las películas: la policía negra (perdón... de color... digo... afrodescendiente) enorme, con una talla de pantalón XXXL; el operario de la cinta transportadora, con la gorra beisbolera (con la visera para atrás, of course) y zapatillas de Michael Jordan de 150$; la jubilada Miss Mildred Design, con su pelo blanco y sus gafas de diseño ultramoderno… Hasta aquí todo normal, pero los problemas empezaron al llegar a Orlando. De nuevo andar y andar por pasillos similares, pero esta vez el final desembocaba en una especie de tubo enorme. Todo el mundo esperó y yo también. Todo el mundo se subió a un tren monorraíl elevado y yo, muy decidido, también ("donde fueres haz lo que vieres"), aunque era inevitable tener una especie de hormiguillo en el estómago (where coño irá esto?). El trayecto duró muy poco y al abrirse las puertas respiré: habíamos llegado a la sala de recogida de equipaje (Bag Claim). La maleta no se portó mal, salió terciadita, ni de las primeras ni de las últimas, así que me encaminé relativamente contento to the Exit.

Foto: Michael Gray

But, as already said before, the problems began. El aeropuerto internacional de Orlando tiene tres pisos (hacia abajo, down). La primera planta en la que se encuentran los mostradores, las tiendas y las puertas de embarque; en la segunda, la recogida de equipaje, y en la tercera las agencias de rent car, de hotels y los transportes públicos. Pues bien, por las tres plantas con sus correspondientes 16-18 puertas puede uno salir hacia la calle. Mi sentido racional me dijo que saliera por la segunda planta, exactamente por las puertas en cuya parte superior podía leerse US Airlines. Recordé que en el ultimo correo que recibí antes de mi partida me informaron que una persona estaría esperándome en el aeropuerto, en concreto una becaria, Jenny (estoy seguro que el imaginario colectivo masculino recrea el arquetipo: rubita de ojos claros, con grandes mofletes y sus correspondientes tetas), y ella sabía que yo llegaba en US11 desde Philadelphia. Miré a un lado y otro y ni asomo, no ya de Jenny, sino de ninguna persona humana; esperé unos minutos pero pensé que probablemente estaría en la salida del transporte público, así que me bajé a la tercera.

Salí al exterior y, además del bofetón típico de calor húmedo, allí me esperaban un montón de autobuses y de taxis; sorteé a la gente que esperaba y recorrí de arriba a abajo la acera. Ok, no problem, será en la primera. En la primera había un lío de padre y muy señor mío y me dije que no, que por ahí no veía claro lo de la salida, así que bajé de nuevo a la segunda. Joder... ¿pero es que no hay nadie por aquí? No perdamos los nervios, utiliza la información de que dispones y tu cerebro. O sea que busqué el número del móvil de Pet (The Coordinator) y me dispuse a utilizar la tarjeta de prepago de ATT comprada hábilmente durante la espera en Philadelphia. Jelou!!... Pet? I’m Alberto Rodrigo, from Madrid… no, no, estoy aquí, en el aeropuerto de Orlando. (To be continued)

martes 15 de diciembre de 2009

Otro año más estamos en Navidad


En estas fiestas, y todo el tiempo...

Queda prohibido llorar sin aprender,
levantarte un día sin saber qué hacer,
tener miedo a tus recuerdos.

Queda prohibido no sonreír a los problemas,
no luchar por lo que quieres,
abandonarlo todo por miedo,
no convertir en realidad tus sueños.

Queda prohibido no demostrar tu amor,
hacer que alguien pague tus deudas y el mal humor.

Queda prohibido dejar a tus amigos,
no intentar comprender lo que vivieron juntos,
llamarles sólo cuando los necesitas.

Queda prohibido no ser tú ante la gente,
fingir ante las personas que no te importan,
hacerte el gracioso con tal de que te recuerden,
olvidar a toda la gente que te quiere.

Queda prohibido echar a alguien de menos sin alegrarte,
olvidar sus ojos, su risa,
todo porque sus caminos han dejado de abrazarse,
olvidar su pasado y pagarlo con su presente.

Queda prohibido no intentar comprender a las personas,

pensar que sus vidas valen más que la tuya,
no saber que cada uno tiene su camino y su dicha.

Queda prohibido no crear tu historia,
no tener un momento para la gente que te necesita,
no comprender que lo que la vida te da,
también te lo quita.

Queda prohibido no buscar tu felicidad,
no vivir tu vida con una actitud positiva,
no pensar en que podemos ser mejores,
no sentir que sin ti este mundo no sería igual

(Algunos versos del poema atribuido a Pablo Neruda y reivindicado por Alfredo Cuervo)

Otro año más estamos en Navidad.

No es un lema de unos grandes almacenes pero lo podría ser. Han empezado a llegar correos de tarjetas electrónicas con "mensaje", los restaurantes habituales están abarrotados con grupos de empresa, se han ilumindo algunas calles céntricas, y los atascos crecen en número e intensidad. Se nota también en los escaparates, en los que se combinan los carteles anunciando ya unas madrugadoras rebajas anti-crisis y los adornos típicos de estas fechas -papásnoeles y nieve artificial-, y por supuesto en la proliferación de anuncios de fragancias y juguetes. En fin, que por si no nos habíamos dado cuenta estamos en Navidad.

Pronto recibiremos esos sms cargados de tópicos, que se envían sin discrimar a todo la agenda del móvil, algunos ocurrentes y los más sensibleros, en los que abundan las palabras paz, alegría y felicidad... palabras huecas cuando se repiten en un acto tan artificial y rutinario...

Cuando me preguntan si me gustan las fiestas navideñas no sé muy bien que contestar. Estoy en contra de lo comúnmente aceptado, del "hay que estar feliz" por mandato televisivo, del consumismo desenfrenado e inútil, de la estética hortera. Pero me encuentro a gusto con mis amigos, con mi familia, al reencontrame con personas que hace tiempo que no veo; me gusta disponer de tiempo para leer y pasear; me gusta recibir regalos y regalar, y por supuesto, no tener que ir a trabajar. Así que depende de cómo se vivan estas fiestas. Si lo hacéis huyendo de los esterotipos, alejados de la visión más mediática y comercial, evitando la superficialidad, en definitiva poniendo algo más de vuestros sentimientos estoy seguro que lo pasaréis bien. Yo al menos así lo espero... y ¡Felices Fiestas!

lunes 31 de agosto de 2009

"La nueva vida de Damián Rey"... ya a la venta!


En la mejor tradición de la novela picaresca, con un estilo directo, casi cinematográfico, Alberto Rodrigo nos sumerge esta vez en una secuencia de episodios en los que no faltan narcos, ex-misses, empresarios de las “punto-com”, escorts de lujo y paparazzi que se venden al mejor postor, componiendo un retablo de malhechores del nuevo milenio. Con todos ellos se tendrá que ver las caras Damián Rey, ingenuo truhán con cara de buena persona, y jugarse los cuatro euros que le dejan en un Madrid postmoderno con resabios de trilero.

Después de dos libros de relatos —Evocaciones con nombre de mujer, Morandi 2002 y Sombras de Otoño, Incipit 2007—ésta es la primera novela, (breve, como no podía ser de otra manera) cuya aparición se ha producido el 4 de septiembre.

MDM Ediciones, Madrid septiembre de 2009, 94 págs. PVP: 6 euros
ISBN: 978-84-933794-3-8

De venta en: Librería Complutense, C/ Donoso Cortés, 63 - Metro Moncloa

lunes 4 de mayo de 2009

EL DESTINO EN UNA HACHE

Para Juanma y Héctor

No podía decir que no había visto nunca llover así. Desde el mes de mayo había entrado la época de lluvias y sistemáticamente, a partir de las cinco, a veces antes, empezaba a descargar agua como si miles de angelitos hubieran estado bebiendo cerveza en una macrofiesta de fin de semana.

El limpiaparabrisas de la camioneta (pick-up las llaman allá) no daba abasto y tenía que acercar la nariz hasta el cristal para intentar no salirse de la carretera. Calculaba que debía estar cerca de su destino pero estaba empezando a ser una temeridad conducir bajo esa tormenta tropical, así que no lo pensó dos veces cuando, al dar una curva, apareció a la derecha un luminoso parpadeante que incitaba a detenerse: OTEL... OTEL...

Apagó el motor y luego las luces. Cogió el macuto del asiento trasero y se subió las solapas de la cazadora. Con tres zancadas se plantó en el porche y se sintió a salvo. Empujó la puerta, caminó hasta el fondo de un pasillo y esperó apoyado en un pequeño mostrador. A los pocos segundos apareció, medio adormilado, un hombre de unos cincuenta años, calvo, bastante moreno y con un bigote ralo que le llegaba a la comisura de los labios.

—Buenas noches, señor... ¡vaya nochecita!
—Pues sí, parece que no va a parar.
—¿Se quedará unas horas o toda la noche, señor?
—Pues hombre, toda la noche.
—No hay problema. ¿Me presta su cédula?
Mostró el pasaporte y firmó en un cartón con la cifra 103 en una esquina.
—Al fondo de ese pasillo, la tercera puerta — indicó el del mostrador.

Introdujo la llave y lo primero que le impresionó era que el cuarto no tenía ni una sola ventana. Tuvo que tantear a un lado y otro de la puerta hasta encontrar el interruptor. Le agobiaba no poder ver la luz del día y se sintió como esas hormigas que encierran los niños en las cajas de cerillas. Si a esto le añadimos los curiosos carteles que adornaban las paredes, del tipo “Por favor no manchen el mobiliario” o “Se prohíbe escupir en el suelo”, comprenderán que si no hubiera sido por la hora y por el estruendo que retumbaba bajo el tejado de chapa, hubiera durado en aquel lugar menos tiempo que un presidiario al que le dejan la puerta entornada.

Tragó saliva y se sentó en la cama. Excesivamente blanda. Dejó el macuto encima de una silla y se dirigió al cuarto de baño. En un rincón había una ducha, sin cortina, y en otro un pequeño lavabo con dos grifos idénticos. A su lado, una taza de retrete con un cartel a la altura donde uno, cuando descarga la vejiga, suele posar la mirada. No podía ser más explícito: “No sea presumido, acérquese al orinal”. Ahora tocó exhalar un intenso soplido.

Puso en marcha el aire acondicionado y... ¡cómo no!... también allí había el inevitable cartelito que indicaba que no se excediera de las seis horas seguidas (supuso que se debía referir al funcionamiento ininterrumpido del aire, o... ¿quizá a alguna otra actividad?).

Se quitó las botas, cambiándolas por unos mocasines de piel, y las dejó al lado del lavabo. Se lavó la cara, se mojó el pelo y se peinó hacia atrás. Se sentía despejado y con ganas de tomar una Excelsior o una Caribe. Seguro que en el hotel habría un bar o una cantina, cualquier sitio tendría mejor aspecto que aquel enorme armario empotrado.

Salió al pasillo y se cruzó con una pareja que, con fuertes risotadas, celebraba un manotazo en el trasero de la dama. Desconcertado, se dirigió en sentido opuesto buscando la salida. Afuera no se distinguía nada. La oscuridad más absoluta. Olvídate —se dijo— de encontrar nada abierto. Regresó por sus pasos, y justo a la derecha de lo que podría llamarse Recepción se topó con un nuevo letrero que, con una flecha, indicaba: “Cantina”.

Sin pensarlo más se dirigió a la barra donde atendía un tipo de unos sesenta y tantos años, enorme, barbudo y con un color quizás demasiado pálido para la zona, aunque muy apropiado para los cabellos rizados color zanahoria. Pidió una cerveza y de un trago casi dejó vacío el vaso. Se giró un poco de medio lado y echó un vistazo al local. Nada especial que destacar. Las mesas habituales, de madera oscura, con las cuatro sillas arropándolas. En una situada justo en el medio, dos mujeres que conversaban le dirigieron una sonrisa cuando sus ojos se fijaron en ellas. Callaron por un instante y, al rato, se cuchichearon algo al oído y estalló una doble carcajada. Un hombrecillo, que no levantaba metro y medio del suelo, llegó tambaleándose. ¡Karl, ponme otra botella! Un fuerte olor a ron quedó flotando en el aire. Luego te la pago amigo, le dijo. Pero el camarero agarró la botella por el cuello y le respondió: “Ahora, amigo, son doscientos pesos”. El borrachito se alejó murmurando.

Pidió otra cerveza e inició la charla con el servicial Karl al que, para ganárselo, invitó a un trago. Éste se preparó un vasito de vodka y una cerveza, y surtió el efecto deseado... a los pocos minutos empezó la charla. Que hoy era un día malo pero que tenía que venir un viernes o un sábado, que ya iba a ver cómo se animaba esto. Que la crisis había hecho mella en el negocio y que esto ya no es lo que era antes (en fin, lo habitual).

Al cabo de dos cervezas más ya sabía algo de su ajetreada vida. Había salido de su Colonia natal hacía más de treinta años y había dedicado una buena parte de su vida a moverse por el mundo: China, Ghana, Togo, Benin, incluso había llegado hasta Etiopía y Papúa Nueva Guinea. Hablaba, además de su idioma materno, español, francés, inglés, portugués y bastante bien el italiano. El cómo llegó hasta allí no entraba dentro de su elocuencia porque sus ojos se humedecieron al recordar “el accidente” y se dio media vuelta dejándole con la palabra en la boca.

En ese momento llegó una compañía nueva. Una mulata, con los labios que parecían ligeramente hinchados, se colgó a su cuello y dándole un beso le dijo: “Invíteme a algo, don lindo”. No supo cómo reaccionar, pero ante la huída de Karl le quedaba una botella casi entera y algo de charla en la recámara...
—Claro, pide lo que quieras.
—Usted no es de por aquí... es español ¿verdad?

Le impresionó que sólo por una frase hubiera sabido su nacionalidad, sobre todo porque no había pronunciado la palabra que casi siempre le delataba: CEr-ve-ZA, y no servessa como pronuncian por allá.
—Me llamo Jandra —continuó— ¿me presta la mano, mi amor?
Extendió la mano y la mulata giró la palma hacia arriba, agachándose ligeramente. No pudo evitar mirar su escote.
—Usted es ingeniero o economista —aventuró.
—Pues lo siento, pero no —mintió—, soy maestro.
Okay, al menos dígame que es Acuario.
—No sé si será casualidad pero esta vez sí que has acertado, nací en febrero.

Jandra se acercó de nuevo la mano y con su yema recorrió los pequeños surcos que se formaban al ahuecarla. Mientras ella contemplaba la palma, él la miraba sin recato los encajes negros del sujetador que sobresalían del top blanco y los poderosos muslos que asomaban tras una mínima falda, dos o tres tallas más pequeña de la que en realidad necesitaba.
—Usted ha estado casado, pero se ha divorciado hace poco ¿no es cierto?

Le sorprendió que lo afirmara de una manera tan tajante, aunque lo que de verdad le fastidió fue que ahora también acertara, pero no tenía intención de seguirle el juego y mucho menos de contarle su vida. Tuvo que mentir de nuevo para ver si se desanimaba.
—Te equivocas, nunca he estado casado. Y el rollo este de adivina no te está sirviendo.
—Sólo dígame si lo que digo es verdad.
—Te lo estoy diciendo.
—Pues como no veo bien su pasado, echaré un vistazo a su futuro ¿puedo?

Después de sus videncias le asustaba un poco pensar que aquello podía ser algo más que un simple juego. Pero ella le tomó la otra mano y se concentró de nuevo. Pasaron unos instantes y, en silencio, la soltó acariciando con suavidad sus dedos. La mulata bebió un trago directamente de la boca de la botella.
—Y bien... ¿qué has visto? —preguntó intrigado.
—Nada importante, le va a ir todo bien, mi amor.
—Oye, dime la verdad. ¿Qué has visto para que se te ponga esa cara?
—Nada, nada... pero... maneje con cuidado —le aconsejó mientras se levantaba del taburete.
¡Pues vaya plan! Primero el camarero y ahora ésta también se largaba. Tuvo la sensación de tener la noche gafada, estaba claro. Y cuando uno tiene este presentimiento lo mejor es darla por finalizada. Así que pidió otra cerveza para llevarla al cuarto y pagó con un billete de quinientos pesos.

Esa noche no pudo dormir. Tuvo como compañía a una pareja que desde la habitación de al lado se empeñó en componer distintas melodías con los chirridos de los muelles de la cama. Ahora un “allegro”, ahora “molto vivace”. Y de vez en cuando salía alguna aria de la garganta de la señora de marras. Se taponó los oídos con papel higiénico, pero esos rudimentarios tapones no eran lo suficiente para contener tanta pasión desatada.

En fin, a eso de las seis de la mañana se levantó y se dio una ducha rápida. Presionó durante unos segundos los ojos, se mojó el pelo de nuevo y se peinó como solía hacer. Apoyado sobre los brazos, el conserje —o lo que fuera— dormía. Al sacudirle en el hombro se despertó suavemente, sin sobresaltarse.

—¿Se marcha ya señor?
—Sí, dígame que le debo.
Miró la tarjeta y calculó en voz alta.
—Son ocho horas a doscientos pesos... mil seiscientos pesos, señor.
Pagó con dos billetes de mil y dejó el cambio.

Al salir del hotel entornó los ojos porque el sol brillaba ya con fuerza, pero enseguida se fijó en la evidente M del cartel de la entrada. Abrió la portezuela de la Nissan y puso el macuto en el asiento de atrás. Encendió el motor al tercer intento y salió por el camino de lodo hasta encontrar la carretera. Tras sintonizar “Radio Caracol” una cumbia y un locuaz locutor le dieron los buenos días. Un poste de madera, que sostenía un rótulo en lo alto, le ayudó a calcular que estaba a unos cincuenta kilómetros de la finca del SERNAG donde se ejecutaba el proyecto.

Cuando coronó la empinada cuesta, con el sol cegándole por completo, sólo pudo cerrar los ojos y empujar hasta el fondo el pedal del freno. Un enorme socavón se había abierto en el lugar donde debería continuar la carretera y la pick-up se desplomó hasta hundir el morro en el fondo de la tierra. Una hora más tarde unos campesinos le encontrarían, tras el cristal, con la cabeza totalmente ensangrentada.


Foto: Jason B.

sábado 22 de noviembre de 2008

EL ASOMBROSO CASO DE LOS CIGOTOS DIVERGENTES

EL ASOMBROSO CASO DE LOS CIGOTOS DIVERGENTES
(O LA CONJURA DE LOS MIELGOS)



Para Marta, Cecilia, Zoe y Ella


Cuando nacieron las gemelas todo el mundo coincidía en el tópico: “¡Son como dos gotas de agua!” Incluso su madre tenía dificultad para reconocerlas y debía recurrir a ponerles un lacito de diferente color. A los pocos meses descubrieron la primera peculiaridad. Celia adelantaba su bracito izquierdo frente al sonajero mientras que Delia lo hacía con el derecho. Y eso sólo fue el principio. Mientras fueron pequeñas no hubo demasiado problema. Pero al empezar la guardería, y más tarde en el colegio, las diferencias se acentuaron. Por más que sus padres les compraran la ropa y los complementos por duplicado ellas se las arreglaban para darse un aire diferente. Que les ponían una cinta ancha para recogerse el pelo, Delia la llevaba hacia detrás mientras que Celia la traía hacia la frente. Que les compraban una pulserita. Ce la abrochaba en su muñeca izquierda y De lo hacía en la contraria.

El primer gran disgusto familiar se produjo cuando al cumplir los quince años Celia decidió cortarse el pelo y teñirse de rojo, mientras que Delia se daba mechas en una melena dorada que le alcanzaba a la mitad de la espalda. Y como podía esperarse durante la difícil edad de la adolescencia las iniciativas fueron cada vez más distintas. A Ce le dio por el tecno, los aretes, el tatuaje en el coxis y las Ciencias de la Comunicación. De, por su parte, estudió Odontología, su pasión eran las boutiques de la calle Almirante, y le gustaban especialmente las baladas con aires latinos.

Si sólo hubiera sido el aspecto exterior, incluso lo diferente de sus aficiones, no hubiera pasado de lo anecdótico, una extrañeza para comentar. Pero es que sus caracteres y personalidades fueron cada vez más contrapuestos incluso peligrosamente antagónicos. Sus peleas fueron ganando en regularidad e intensidad. La convivencia se hizo tan difícil que su padre tuvo que renunciar a la habitación que utilizaba como despacho profesional para que no tuvieran que compartir el cuarto.

Aquello no entraba, no ya en la tradición secular de los gemelos a los que se atribuía —al haber compartido durante nueve meses la misma bolsa materna— unos lazos emotivos y hasta extrasensoriales que les hacían prácticamente inseparables, sino en la lógica expectativa del amor fraternal que se supone presente en todas las especies.

Tan dispares eran que su madre las convenció, primero para que se hicieran análisis y otras pruebas médicas; más tarde para que acudieran, cada una por su lado, al mismo psicólogo. Sin embargo nadie fue capaz de dar una explicación racional a aquellas diferencias tan notables. Pero tampoco ninguno de los facultativos consultados dio la más mínima importancia a aquellas dos gemelas que eran tan extrañas.

Cuando parecía que aquellas dos existencias se alejaban definitivamente del paralelismo adentrándose en la más radical de las divergencias apareció el factor Ge. Sólo lo conocían por referencias y por unas fotos de niño que su madre envió unas navidades. Ge era su primo Gerardo, el primogénito de su tía Rosario al que enviaban a Madrid a completar sus estudios de Pedagogía. La situación en Argentina se había puesto muy difícil y la tía Rosario había decidido apoyar a Gerardo en sus deseos de estudiar en Europa, siempre que lo hiciera en Madrid tutelado por su hermana y con la compañía de sus adorables primas, las gemelas Celia y Delia.

Gerardo tenía veintidós años, el pelo castaño claro recogido en una coleta y un cuerpo delgado y fibroso exponente de su afición a dos deportes en los que había destacado en Buenos Aires: el pádel y la natación. Herencia también porteña era su forma de arrastrar las “ll” y las “y” y algunos términos en argot que les costaba entender. Aunque al principio a ninguna de las dos les gustó la idea de volver a compartir su antiguo cuarto, para dejar al primo Gerardo una habitación mientras encontraba una residencia más definitiva en Madrid, más tarde su presencia en la casa se hizo tan agradable que ninguna de las dos se quejó de aquella coexistencia obligada.

La primera que tomó la iniciativa fue Celia. Pero Delia no se amilanó. A la fiesta en MMD, en la que pincharon Arnold DJ y Megatop, se sucedió el concierto de Luis Ángel Prado. Pero Ge (las dos le llamaban Ge) dejó claro cuáles eran sus preferencias musicales, así que las dos hermanas, cada una por su lado, se hicieron con algunos CDs de new age, de Jorge Drexler y de algunos grupos clásicos del rock de los 70.

El día que Gerardo las invitó a jugar un partido de pádel De sonrió triunfante, pues daba clases de tenis desde los diez años, al contrario que su hermana que nunca practicó ningún deporte fuera de los obligatorios del colegio. Pero si la sorprendió ver a Ce con un conjunto (“monísimo” hubieran sido sus palabras) de Sergio Tachini, más le sorprendió ver a Gerardo alabar sus defectuosos golpes y ver a los dos estallar en risotadas cuando su hermana fallaba un tanto. Así que a la media hora su nivel de juego bajó considerablemente y tuvo que pedir a su hermana que viniera a jugar con ella, al mismo lado de la pista, aprovechando que una era zurda y la otra diestra.

Gerardo se quedó en la casa durante ese primer trimestre y entre tanto el proceso de acercamiento fue lento pero paulatino. Bastaba con que Ge comentara al ver una película que le gustaba muchísimo el peinado de aquella chica en la pantalla, para que las dos fueran modificando sus tintes hasta casi coincidir en el corte y en el color. Era suficiente con que su primo trajera a casa una lista de firmas contra la deforestación de la Amazonia, para que ambas se lanzaran a consultar en Internet páginas web y blogs de grupos ecologistas.

A las dos les empezó a encantar la pasta y las carnes a la brasa. Las dos coincidían en los estrenos y se pasaban los libros, de mano en mano, encontrando a veces ya subrayadas las frases que la otra hermana hubiera marcado también. Las dos se sorprendían al verse con similares estampados en las camisetas y hasta se intercambiaban la ropa que colgaba en el mismo armario. Sus padres no daban crédito a lo que veían. Sus gemelas volvían a ser gemelas. La naturaleza era sabia y corregía ahora un error que ¡vete tú a saber por qué había ocurrido! Y no dudaron en sospechar primero, y más tarde convencerse, de que todo aquello se debía a lo que denominaron como ”el factor Ge”.

Por eso, cuando su sobrino les dijo al comenzar las vacaciones de navidad que se regresaba a Buenos Aires, los padres de las gemelas temieron la reacción de sus hijas. Los primeros días de su ausencia fueron de un mutismo alarmante. A la inapetencia en la mesa se añadió una mirada ausente y una languidez de ánimo que hizo a su madre rebuscar el teléfono del psicólogo. Podía esperar cualquier cosa de ellas, pero nunca pudo imaginarse una escena como aquella.

La primera en entrar en el cuarto de baño fue Delia y a los pocos minutos lo hizo Celia. Las dos se pusieron a llorar con desconsuelo, acompasando sus hipos con abundantes lágrimas. Las dos llevaban puestas las mismas camisetas que utilizaban para dormir y las dos se habían recogido el pelo con una cinta, como cuando eran niñas, pero ahora ambas la llevaban milimétricamente colocada en la misma melena corta de color castaño oscuro. Así que cuando se miraron las dos en el espejo y el espejo les devolvió aquellas otras dos imágenes idénticas, no supieron a quién de cada una correspondía el reflejo y, sin haberlo decidido de antemano, las cuatro cambiaron los llantos por una sonrisa. Sonrisa que se trocó en una sostenida y profunda carcajada ante el rostro sorprendido de su madre que entreabría en esos momentos la puerta.

(En revista El Rapto de Europa, nº 13, noviembre 2008, pags. 75-77)

Foto: Heathers' Twin, by Alikachristian

miércoles 12 de noviembre de 2008

Presentación de Sgarit - Biblioteca del Desierto


Noviembre está siendo un mes muy prolífico en presentaciones; ahora es el turno de dos nuevos libros que inauguran Sgarit - Biblioteca del Desierto, una nueva colección puesta en marcha por Calamar Ediciones.

Se trata de Estudios saharianos, una edición facsímil del libro de Julio Caro Baroja publicado en 1955, que constituye una de las monografías más excepcionales de la cultura tradicional del Sáhara occidental, y de la novela El imperio desierto, de Ramón Mayrata, una narración ambientada en los últimos años de la colonización española.

El acto de presentación tendrá lugar el proximo día 21 de noviembre a las 19,30 horas, en el salón de actos de la Casa Árabe (C/Alcalá, 62 - 28009 Madrid Tel: (34) 91 563 30 66). Metro Retiro y Príncipe de Vergara

Intervienen:

Lourdes Ortiz, escritora; Javier Morillas, profesor CEU-San Pablo; Ramón Mayrata, autor, y Miguel Ángel San José, editor

domingo 26 de octubre de 2008

Presentación del nº 13 de la revista "El Rapto de Europa"



El próximo nº 13 de la revista "El rapto de Europa", dedicado a las filósofas españolas, contiene en la sección de Poéticas los relatos El asombroso caso de los cigotos divergentes y El regreso, de Alberto Rodrigo.


La presentación de este número tendrá lugar el miércoles 19 de noviembre a las 20,00 h. en la galería BAT-Alberto Cornejo, en la calle María de Guzmán, nº 61 - 28003 Madrid.
La entrada es libre, y al finalizar el acto se servirá un vino.






Os esperamos....!

viernes 24 de octubre de 2008

Presentación de "Maleta vacía, y otros relatos de cooperación"

El martes 11 de noviembre, a las 19,00 horas, tuvo lugar en el salón de Actos de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID - Av. Reyes Católicos, 4 - Madrid) el acto de entrega de premios a los ganadores y finalistas del I Certamen "Contando el Sur". Relatos de Cooperación 2008", y la presentación del libro "Maleta vacía", que reúne los dieciseis relatos seleccionados por el Jurado.

Entrada libre.
Metro Moncloa e Islas Filipinas

Intervienen:
David Navarro, jefe del Gabinete Técnico de la AECID
Blanca Díez, vocal de Comunicación de la CONGDE
Miguel Ángel San José, editor de la revista “El Rapto de Europa”
Juan Carlos Méndez Guédez, escritor



miércoles 1 de octubre de 2008

Fallo del Certamen "Contando el Sur. 2008"

En Madrid, siendo las 19,00 horas del martes 30 de septiembre de 2008, reunido el Jurado integrado por Cristina Peri Rossi (escritora), que actúa como Presidenta, y los vocales Alfonso Gamo (Fundación Carolina), Dolores Martín (AECID) Blanca Díez (CONGDE) y Miguel Ángel San José (El Rapto de Europa), que actúa como Secretario, han decidido otorgar el 1er Premio del Certamen "Contando el Sur. Relatos de Cooperación 2008" (dotado con 2.000 euros) al relato:

- "Maleta vacía” cuyo autor es: Javier Esteban Jiménez. Cáceres (España)

Asimismo se otorgan dos Accésit (dotados con 500 euros cada uno) a los relatos:

- “La Yellamma” de José Luis Romero Jordán. Barcelona (España), y
- “Un día de verano, un triángulo” de Luis Suárez-Carreño Lueje. Madrid (España)

Por último, han sido seleccionados los siguientes relatos que serán objeto, junto a los relatos premiados, de publicación en un libro editado por Calamar Edición y Diseño SL. en su colección “El Rapto de Europa”

-“Bon anniversaire, Orlando” de Orlando Verde. Maracay (Venezuela)
-“Capítulos mauritanos” de Carla Fernández-Durán Gortázar. Madrid (España)
-“Cartas desde Tinduf” de Jorge Suárez Fernández. Pontevedra (España)
-“Construir un gallinero” de Elena María Ferreras Carreras. Auxerre (Francia)
-“El batey nº2”
de Gracia Aguilar Bañón. Albacete (España)
-“Ellas” de Laura Cartanyà Llach. Barcelona (España)
-“La maleta que viajó a Nampula” de Lourdes Aso Torralba (España)
-“La milpa incrustada”
de José Manuel Cabrerizo Rentero. Sevilla (España)
-“Las hijas del viento” de María Emma Visus Arbesú. Madrid (España)
-“Los ciegos de Bonastar”
de Leonardo Gastón Montero. San Juan (Argentina)
-“Sueños de Manila”
de Eva Pastrana Gutiérrez. Madrid (España)
-“Un viaje al Darién” de Diego Isaza Díaz. Medellín (Colombia)
-“Xólotl” de Carlos Mateo López. Zaragoza (España)

Y para que conste, y a los efectos oportunos, firma el presente Acta el Secretario del Jurado.


sábado 26 de abril de 2008

"El principito" elegido mejor libro

Una encuesta de la Escuela de Escritores revela que la obra de Antoine Saint Exupéry es la favorita de los lectores.

Ni Los pilares de la tierra de Ken Follet han podido arrebatarle el puesto a un pequeño miembro de la realeza rodeado de Baobabs. Los hispanohablantes han elegido como el libro que más les ha influido a lo largo de su vida, según se desprende de la iniciativa "Tu vida en un libro", organizada por la Escuela de Escritores, que ha pedido a los internautas que se identificasen con su obra favorita. La Escuela de Escritores ha planteado para el Día del Libro que, a través de su página web, ciudadanos de España y América Latina escogieran el libro que mejor les definiera como personas, y que explicaran de qué forma les había influido su lectura 'El Principito', en la mesilla de la mayoría de hispanohablantes.

Si quieres leerlo en pantalla, pincha en el siguiente enlace:
http://www.franciscorobles.com.ar/libros/principito/

sábado 5 de abril de 2008

LECCIONES DE AGUADA VERDE

A Héctor Sainz


I. La primera vez que leí el nombre de aquel pueblo me sonó a paraíso tropical: Aguada Verde. Recuerdo que recurrí al atlas Aguilar para buscar el lugar cerca de la costa, pero el recuadro F3 de la página setenta y seis estaba situado justo en el centro de la cordillera. Así que en la sierra, me dije, tendré que desempolvar el espíritu montañero. Mi impaciencia me había adelantado lo que unas páginas más adelante se identificaba con todo detalle bajo el epígrafe “ubicación del proyecto”. Avancé por el documento salpicando la mirada mientras trataba de imaginar cómo sería la vida allí. Era mi primera colaboración en un proyecto sobre el terreno y me notaba con una aceleración excesiva para lo que era mi carácter habitual. Como un corzo fui dando brincos por el texto, me salté la parte presupuestaria hasta que desemboqué en los anexos y pude contemplar las primera fotos de aquel inhóspito lugar.

Hacía poco más de nueve meses que había empezado a colaborar con aquella organización, todavía no se muy bien qué es lo que hizo decidirme por aquella, ¡son todas tan parecidas! Digo en los nombres al menos, si coges las palabras Asociación, Desarrollo, Cooperación, Paz, Internacional y las combinas aleatoriamente te salen más de cinco, y puedes también hacer la prueba con Tercer, Mundo, Escuelas, Médicos e Ingenieros. El caso es que fue en la segunda entrevista cuando lo vi meridianamente claro; aquella chica con el pelo ensortijado y con un pendiente en la aleta de la nariz fue tan simpática que a los pocos minutos ya me hizo sentirme de la organización. Quedamos en que me pasaría los martes y jueves por las tardes porque todavía tenía pendiente el trabajo fin de carrera y las ingenierías son más exigentes a la hora de cumplir los plazos. Durante ese tiempo echaría una mano en el departamento de proyectos, ya que por mi formación creía que era el ámbito más adecuado. También me vendría bien familiarizarme con los formularios y los informes de seguimiento, sobre todo si aspiraba a coordinar algún proyecto sobre el terreno. Objetivo Específico, Indicadores Verificables Objetivamente, Matriz de Planificación... enfoques horizontales, impacto medioambiental, análisis de género... en estos seis meses me aprendí la jerga necesaria con la ayuda inestimable de un curso-taller.

Así que ahora me encontraba suficientemente preparado y con el gusanillo de la cooperación engordado e instalado en algún lugar del cerebro, aunque también le notaba viajar, a veces, cerca del corazón. Tuve que sufrir las bromas y los consejos de los veteranos, aquellos que habían pasado más de una década de sus vidas de país en país, de modo que antes de viajar ya sabía lo necesario que iba a ser el mate de coca y lo desaconsejable que era tener una resaca a más de cuatro mil metros. Después de adquirir el suficiente bagaje sobre comidas, ropa, vacunas y bailes típicos, me concentré en los aspectos técnicos del proyecto. Entre otros problemas se había detectado una alta mortalidad infantil, problemas de salud en la población adulta derivada de falta de higiene y deficiencia de pastos para la ganadería de vicuñas y alpacas. Había un elemento común a esta problemática y tenía que ver con la escasez de agua o, para ser más preciso, su lejanía de la comunidad. Parecía por tanto que la intervención debería tratar de acercar el agua potable a la comunidad tanto en las viviendas como para regadío, y así se formulaba en el documento. Un ingeniero podría coordinar el proyecto.

II. En El Huancal el avión no aterriza, se desliza, decían del aeropuerto situado a tres mil setecientos metros. Más de siete horas se tardaba en subir a Aguada Verde, y eso que íbamos en un flamante cuatro por cuatro lleno de pegatinas, pero el trayecto merecía la pena. Para alguien que tiene como referencia montañosa a Guadarrama aquellos picos, con sus cumbres eternamente nevadas, y las gargantas horadadas por los ríos, parecían imágenes salidas de algún documental de National Geographic... no encontraba otra referencia. Y si me impresionó el paisaje más me impresionaron las gentes. Con su exquisita amabilidad, con un punto de desconfianza, mirándome como aquel extranjero que estaba más vestido para un safari, o para un fin de semana en una casa rural, que para soportar aquellas temperaturas, aquellos cambios de temperatura, en aquel semidesierto lunar. No fue fácil. Adaptarme a la altura, al frío, a la papa. A la leche de alpaca. A la ausencia de mujeres... de potenciales relaciones sexuales con mujeres. Me llevó un par de meses situarme, pero tampoco podía perder mucho más tiempo. Los cronogramas mandan, y los financiadores mucho más. Con la ayuda de Abilio, al que nombré técnico auxiliar local, identifiqué manantiales, planeé pendientes del terreno y medí posibles conducciones. Cuando tuve claro, más o menos, de lo que podría hacerse lo consulté con Abilio, con el ayllu, y luego en el salón comunal con los habitantes del lugar, los hombres sentados en primera fila en los bancos, las mujeres, en el suelo, detrás. O contaba con el apoyo de ellos o allí nadie podría mover ni una piedra (lo decían los manuales y lo demostraba la evidencia). Pinté en el pizarrón una especie de mapa y tracé una línea blanca que llegaba desde la fuente principal hasta de las casas, y varias líneas más transversales a la primera que se perdían en las laderas de la montaña.

Después de cuatro meses de trabajo, de accidentes, de logros y fracasos, llegó el día del baile, de la inauguración de la fuente en frente de la escuela y de los primeros grifos en las casas. Habíamos acordado que para que las viviendas tuvieran agua la comunidad debía asegurar el mantenimiento de acequias y tuberías, y el sistema lo plantearon ellos, ya que no podía pensarse en contadores individuales, todo el mundo pagaría una pequeña cuota al mes. ¿Y qué pasa si alguien no paga? pregunté. Pues el resto lo hará y si no cortaremos el agua hasta que pueda pagarlo. Pero no hay llaves individuales, sólo la general de entrada al pueblo, argumenté. Pues la cortamos hasta que pueda pagarlo. Me pareció una solución para salir del paso pero poco viable. Lo hablé más tarde con Abilio, después de que te acostumbras al agua ya no puedes estar sin ella, dije. Me contestó que quizá por eso la comunidad respondería solidariamente y no habría problemas. ¡Bueno!, tampoco es mi problema... al fin y al cabo yo he cumplido los objetivos del proyecto y sólo me he pasado un cinco por ciento del presupuesto. Aquella noche, no sé si por la chicha o por los cientos de vueltas que tuve que dar con una y cada una de las mujeres de Aguada Verde, dormí con la conciencia tranquila y, por qué no admitirlo, con cierta satisfacción por mi actuación en el proyecto. Ya era un cooperante.



III. Siempre recordaré aquella primera vez, como se recuerdan las otras primeras veces, con cariño, con cierta idolatría virginal, con determinada amplificación de las sensaciones y sentimientos. Habían pasado más de cinco años y mi carrera de cooperante me había llevado a Honduras y más tarde a Senegal, así que decidí “hacer una paradita” por Madrid a reencontrame con amigos, con mi familia y también un poco conmigo mismo. Tuve suerte porque mi experiencia fue bien valorada y me hicieron un hueco en la sede central, en el recién estrenado Departamento de Evaluación. Por allí pasaban proyectos antiguos, proyectos nuevos, incluso de otras organizaciones, para estudiarlos, evaluarlos y tratar de sacar lecciones y aprendizajes de aquella experiencia acumulada. Uno de los documentos que aguardaba recostado en una estantería era la II Fase del Proyecto de Aguada Verde, en la portada aparecía visible el logo de la organización y otro logotipo que desconocía pero al que acompañaban unas siglas y un nombre en inglés “Neerlander Asociation for Rural Development”. Pregunté a Marisa, la directora técnica, si aquel era el proyecto al que fui yo y me aclaró que, como el título lo señalaba, era la segunda fase de ese proyecto y que les había gustado tanto a una ong holandesa que había decidido apoyarlo y tratar de replicarlo en otras comunidades. Habían aportado cerca de 15.000 dólares y habían enviado un experto al proyecto. Después de dos años creían conveniente hacer una evaluación de impacto y habían pensado en nuestra organización para que la realizara. Aquella era una oportunidad única para viajar otra vez a Aguada Verde. Mi corazón se agitó como hacía cinco años. Inmediatamente me sugerí como técnico evaluador de proyectos, tenía disponibilidad, conocía el terreno y había estado lo suficientemente alejado de la ejecución de la II Fase como para ser totalmente objetivo-subjetivo en mis apreciaciones. En poco menos de un mes preparé la misión y un martes dieciocho de mayo me deslicé, por segunda vez, en el aeropuerto de El Huancal.

IV. ¡Abilio, coño, si estás igual! ¡Y el pueblo, joder, si está igual! Abilio se reía, mientras me abrazaba y me tiraba de la barba que había empezado a canear en torno al mentón. Le conté que iba a estar sólo por dos semanas y que tenía que contarme cosas del proyecto. El agua, ¿llega? Pues claro, sin problema, me contestó. ¿Y las cuotas, se pagan? El agua la paga el holandés, me dijo con una medio sonrisa en los labios. ¿El cooperante holandés?, pregunté con extrañeza. Sí, uno que se llama Johan. Aquellas palabras me desconcertaron y me impulsaron a visitar a Johan. Vivía en una de las casas más grandes del pueblo y había venido con su compañera a la que había conocido en la universidad. Llamé a la puerta y me abrió la mujer; pregunté por él. ¿Johan, sí un momento? Un tipo con el pelo rojizo recogido en una coleta, de unos treinta y tantos, ojos claros y pecas en la cara me sonreía mientras me tendía la mano. Me presenté y le dije que me enviaban de España para evaluar el proyecto. Me hizo pasar dentro de la casa, me presentó a su mujer y me ofreció una habitación para que pasara allí los días que quisiera; por aquí no hay muchos hoteles, me dijo sonriendo. Se lo agradecí y acepté, serán sólo diez días, le dije. Después de cenar, Johan sacó una botella de güisqui y sirvió dos vasos, ven, me dijo vamos a charlar. Su castellano era perfecto, casi sin acento, y eso me permitió iniciar por ahí la conversación. Después de conocer algo de su pasado le hablé del mío y mi trabajo allí en Aguada Verde, hacia cinco años. ¿Qué tal el proyecto? -pregunté a bocajarro- ¿sigue funcionando? ¡Oh sí!, me contestó, ahora estamos diversificando cultivos y estamos pensando poner un albergue y hacer un sendero hasta la laguna, últimamente tenemos muchos gringos, como dicen ellos, por aquí, de excursión y de turismo etnográfico. Todo lo que sirva para que esta gente tenga algunos pesos más será bien recibido, cuando yo estuve por aquí era la situación estaba muy complicada, dije. Ahora también, no creas -me dijo- pero bueno, vamos haciendo cosas. ¡Oye! un tema que me preocupaba era lo de las cuotas, no creía que todo el mundo pudiera pagarlas... dije dejando el tema sobre la mesa. ¡Ah sí, las cuotas... menudo problema! Cuando llegué yo, hace cosa de dos años, la cosa medio funcionaba, pero mal, una semana sí y otra también teníamos cortes de agua, la primera vez no le di importancia, pregunté qué pasaba y me dijeron que uno no había pagado y que tendríamos que esperar. A los dos días volvió a manar agua del grifo, pero a la semana siguiente, otra vez el corte y esta vez duró más de cinco días, hasta que encontró a alguien que le prestó. La tercera vez fui directamente a hablar con él, me dijo que lo sentía que tenía problemas y que no había conseguido plata; aquel hombre me ablandó el corazón, así que le presté los veinte pesos y dije que no se preocupara que ya me los devolvería cuando pudiera. Fue fácil resolver el problema, nuestros problemas, porque pude ducharme después de cinco días y fregar los cacharros que se apilaban en el fregadero. Te lo digo, eso de las cuotas no sirve aquí. La gente no puede pagar. Y entonces ¿cómo hacen?, pregunté ya como evaluador. No sé si debería decírtelo pero... seguro que tú lo entenderás. Resulta que este hombre, seguro que le conoces, uno de los más viejos, viudo y que vive sólo, bueno, pues acabé pagándole yo la cuota. La cosa se supo y cuando alguna familia tenía problemas acudía a mí para que le adelantase la cuota. Al cabo de unos meses, casi un tercio de la gente tuvo problemas. En fin, que tuvimos que convocar una reunión para hacer frente a la situación. El ayllu propuso que, de forma provisional, asumiera el pago de las cuotas ya que se estaban produciendo agravios comparativos entre las familias que pagaban y las que no, que había habido discusiones y que se estaba empezando a minar el espíritu comunitario. Lo sometieron a votación y la mayoría aprobó la propuesta. No tuve otra elección puesto que me quedaba mucho por hacer en el pueblo. Además es una cantidad tan pequeña que, con fondos de mi proyecto, pagué por adelantado las cuotas de un año. Como ves, asunto solucionado. Me miró fijamente y abrió aún más los ojos cuando se me escapó una carcajada al recordar la lapidaria frase de Abilio: ¿El agua?... El holandés la paga.

viernes 1 de febrero de 2008

I Certamen de Narrativa "Contando el Sur" - 2008

El Rapto de Europa (colección editada por Calamar Edición y Diseño S.L.), con la colaboración de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID) convoca el 1er Certamen de Narrativa "Contando el Sur". Relatos de Cooperación 2008. El plazo para la presentación de las obras está vigente desde el 1 de febrero al 31 de mayo del 2008.

Puedes leer las bases aquí:

1 Podrán participar todas las personas mayores de 18 años, de
cualquier nacionalidad y país de residencia, con un máximo
de una obra por autor.

2 Las obras presentadas deben ser originales e inéditas, estar
escritas en español y no haber sido premiadas en algún otro
concurso o certamen.

3 Las obras deben tener una extensión mínima de 5 páginas y
máxima de 15 en formato din a4, escritas en un tamaño de letra
de 12 puntos a doble espacio, con márgenes a 2,5 cm.

4 El certamen está abierto a cualquier obra de ficción, con
indiferencia de estilo o género, siendo sólo obligatorio que su
temática esté relacionada con actividades de cooperación
internacional para el desarrollo.

5 Las obras se presentarán bajo un título y un seudónimo, y podrán
remitirse:
a) Por correo electrónico, adjuntando un archivo en formato
Word, denominado por el título del relato, y enviado a:
relatosdecooperacion@elraptodeeuropa.com indicando como asunto
del correo: “para certamen relatos cooperación 2008”; junto al
archivo de la obra, deberá enviarse otro archivo con el mismo título
y la palabra “plica” donde consten los siguientes datos: seudónimo
utilizado, nombre y apellidos del autor, lugar y fecha de
nacimiento, domicilio y teléfonos de contacto.
b) Por correo postal certificado a: “El Rapto de Europa”, Calamar
Edición y Diseño, s.l., Certamen Relatos de Cooperación 2008,
C/ Gran Vía, 69. 7ª Planta. 28013 Madrid. España. En este caso la
plica, con los datos personales deberá enviarse en un sobre aparte.

6 No se devolverán los originales recibidos por correo postal, ni se
mantendrá correspondencia con los concursantes.

7 Los autores ceden los derechos de edición, reproducción y
distribución de las obras a la entidad convocante en el caso de que
estás fuesen premiadas o seleccionadas por el jurado.

8 El plazo de presentación de las obras estará abierto desde el
1 de febrero hasta las 24:00 horas del 31 de mayo de 2008.

9 El jurado del Certamen estará compuesto por un autor de
reconocido prestigio, dos profesionales de la cooperación y
representantes de las entidades colaboradoras.

10 El jurado el Certamen otorgará un premio al mejor relato de
cooperación y dos accésit entre las obras presentadas. Además
seleccionará otras diez obras finalistas por su calidad y valores. Estos
trece relatos serán publicados en forma de libro, en la colección
“El Rapto de Europa” haciendo mención y destacando en el mismo
el relato premiado y los dos accésit.

11 Los premios a los ganadores del Certamen serán: 2.000 euros al
autor del mejor relato y 500 euros a cada uno de los dos accésit.
Sobre estas cantidades se aplicarán las retenciones por irpf
correspondientes. A los autores de los otros 10 relatos finalistas
seleccionados se les hará entrega de 5 ejemplares de la edición.

12 El jurado hará público los premios y las obras seleccionadas
antes del 30 de septiembre del 2008. Un representante del jurado
comunicará personalmente a los autores seleccionados y premiados
el fallo del Certamen.

13 El jurado podrá declarar desierto el Certamen, cuando considere
que no se han presentado relatos con la calidad necesaria.

14 La participación en el Certamen supone el conocimiento
y la aceptación de las presentes bases.

organiza: elraptodeeuropa
con la colaboración de: aecid