jueves, 15 de marzo de 2012

SUMMER LOVE

A Carlos y Nina


La rubia casi ni me miró... claro que éramos alrededor de cincuenta los que estábamos reunidos en semicírculo, al pie del tobogán, escuchando las instrucciones del coordinador. Era difícil diferenciarnos con nuestras camisetas blancas con el logo del parque —Aqualandia Benidorm—y nuestras bermudas rojas que habían puesto de moda los “vigilantes de la playa”. Ingrid era sueca, había venido de Erasmus y su espalda y sus hombros revelaban muchas horas de piscina. Fue una de las mejores del obligado cursillo pero casi no mantuvimos contacto.

Aquella mañana me había tocado la zona 2, a pleno sol, y miraba ansioso el reloj para que vinieran a relevarme. Llegaron juntos Ingrid y Aleix. Le dije a Aleix que fuera a buscar a Toñi, la enfermera, porque no me encontraba bien. Un guiño fue suficiente. Ingrid me tomó la mano izquierda y puso la suya en mi frente —el corazón comenzó a acelerarse—, después me agarró del cuello y me tumbó en el suelo con delicadeza, rozándome con su pecho el mío, a continuación se acercó y abriéndome los labios con su dedos me besó apasionadamente. “Tú también gustas a mí”, me dijo con su rudimentario español con acento nórdico.


miércoles, 28 de diciembre de 2011

SMS para Papá Noel 2011

T scribo x aki xra aorrar, cmo mndn ls mercads y el Gobern (y aver si te das de alta en Wasap).

Mis peticiones xra 2012:

1) 1 ministerio d Kultura y 1 sec. de Estado d Coop. Intnal
2) El libro de fotos de Tom Johansson: ¡Ké riesgo tiene mi prima!
3) 1 paraguas enorme, para el tiempo k nos espera
4) 1 talonario de recetas de la SS
5) El juego "Mete una hostia a..." para la Wii
6) La peli "Regreso al pasado" y
7) una solicitud de empadronamiento fuera de Madrid
y k pase pronto todo esto... xD ;)


Tranki, k te enviaré regalos del año pasado... :)


miércoles, 27 de julio de 2011

Domingo de fútbol


A Julián


Era la mañana del domingo. A eso de las nueve Miguel ya se encontraba despierto y sacudía a Pablo, su hermano pequeño, que se arrebujaba en posición fetal en la cama de al lado. “Venga, despierta... que nos vamos a la Dehesa” (Miguel pronunciaba “la desa”, sin saber bien lo que significaba aquella palabra).

Casi todos los domingos, al menos en verano, el padre y los dos hijos se iban al campo, a tan sólo unos veinte minutos del barrio. La Dehesa de la Villa es un enorme parque con pinos, mucha arena y algo de hierba, adonde se llega siguiendo la calle Francos Rodríguez, hasta alcanzar el antiguo cuartel de la Policía Armada, justo enfrente del Colegio de La Paloma.

A esas horas de la mañana casi no había nadie por las calles; quizá un transeúnte solitario paseando un perro, mujeres con una bolsa de papel manchado de grasa de churros o porras, y algún que otro jubilado con el periódico bajo el brazo.

Miguel salía de casa ya con el equipo puesto: la camiseta de rayas, el pantalón azul y las medias, azules también con la vuelta roja. No acertaba a comprender muy bien por qué aquellas medias no tenían talón ni puntera, sólo una tira ancha que quedaba por debajo de la planta del pie. La única explicación es que eran así porque eran de fútbol, no medias de colegio. Y aunque necesitaban tener un calcetín debajo, quedaban bien cuando se abrochaba la bota. Al terminar de calzarse contemplaba ensimismado sus botas de fútbol negras, con tres rayas blancas a los lados y con tacos en la suela —casi iguales a las de los futbolistas de los cromos— que le habían traído el año anterior los Reyes Magos.

Su hermano menor no quiso que su camiseta fuera igual a la suya y se pidió una roja, como la de la selección. La verdad es que el equipo que más le gustaba a Miguel era el Elche, porque su camiseta era la más original: blanca con una banda verde horizontal a la altura del pecho. Viviendo en Madrid, las opciones más ofertadas eran la del Real Madrid, la del Atleti o la de España. En algunos grandes almacenes se podía encontrar la equipación del Athletic de Bilbao o la del Barcelona, pero puestos a elegir se quedó con la del Atleti, la de rayas rojas y blancas... aunque le llamaran “colchonero”.

Caminaban con pasos rápidos y nerviosos, a veces correteando, con prisa por llegar. Con frecuencia el padre tenía que llamarles elevando la voz o darles la mano para cruzar los semáforos. Mostraba también su autoridad llevando el balón, en una red, colgado del hombro; de la mano derecha pendía una bolsa de skay azul con unos aros olímpicos en los costados donde llevaba los bocadillos, una toalla, un pequeño botiquín y las botas. Sus botas, que eran más altas y casi le cubrían el tobillo, en vez de tacos tenían unas tiras de cuero, y solía untarlas con grasa de caballo... como al balón. Decía que así se conservaban mejor.

Cuando finalizaba la amplia acera tomaban un pequeño camino de asfalto que llevaba a la Clínica Fabiola —aquella reina española que estaba en el extranjero—, y justo cuando se terminaba la senda, allí empezaba la Dehesa... los árboles, la tierra, los enormes descampados. Su particular campo de juego lo delimitaban la portería, dos pinos paralelos con la adecuada distancia para un portero de ocho años, y el terraplén, amenazador, que se encontraba enfrente. Cuántas veces le tocó al padre correr por la pendiente cuando erraban el punterazo y mandaban el esférico más allá de los imaginarios límites de cualquier estadio, Bernabéu o Metropolitano.

Años más tarde Miguel entendería qué era aquello de la triangulación; era a lo que jugaban sin saberlo. Los tres en un triángulo, más o menos equilátero, pasándose el balón a veces a un lado, a veces al otro. Lo más difícil era picar el balón para que se elevara lo suficiente y poder meter el empeine, con fuerza, hasta lanzarlo a la altura del pecho. Claro que cuando el pase iba hacia Pablo, que levantaba apenas un metro del suelo, era aún más difícil calcular y, en ocasiones, se llevó algún que otro balonazo, con la consecuente llantina y la persecución enrabietada para vengarse con una patada certera a la altura de la espinilla.

Pero lo más divertido era la ronda de penaltis. El padre bajo la sombra de los pinos, a once pasos de él, el balón, y justo detrás... los chavales. Primero uno y luego el otro. “¡Venga, empieza!, el que meta más gana.”

Tras los disparos, diez o doce cada uno, el descanso. En la bolsa mágica cabía también una cantimplora con algunos hielos y los esperados bocadillos, de mantequilla y fiambre o de chorizo.

A veces aprovechaban la pausa para acercarse a un espacio más llano y despoblado donde, a fuerza de jugar y de rellenar los pequeños socavones con guijarros y restos de ladrillos, los mayores (que debían andar por los veintitantos) habían dibujado un campo marcando rayas en el suelo, que determinaban el área y los fuera de banda y, a falta de porterías, habían recurrido a dos montículos de piedras con unos listones verticales que ejercían de semi-postes.


Foto: Victoria García

Se veían buenos partidos allí. A veces se impresionaba por la velocidad en las carreras y la fuerza de los encontronazos. En ocasiones, se escuchaban palabrotas y algún que otro insulto... pero sin llegar a las manos. Aquello era, sin duda, la primera división, aunque Miguel no se veía a sí mismo, dentro de unos años, enfrentándose a aquellos hombres mayores que jugaban con el torso desnudo y que llegaban a intimidarle porque había oído decir que venían desde el Cerro de los Locos.

Tras el bocadillo regresaban a su propio campo para jugar el partidillo de todos contra todos que se convertía, inevitablemente, en un duelo entre el padre y los dos hermanos. Si había suerte, y no era necesaria la mercromina en las rodillas, a eso del mediodía daban por finalizada aquella maravillosa mañana de domingo.

En casa esperaba la madre, con la mesa medio puesta, aguardando a servir la paella y los vasos de gaseosa manchada con vino. También podía recibirles con una regañina si se les ocurría sentarse a la mesa sin pasar por el lavabo o sin quitarse las camisetas impregnadas de sudor futbolero.

Así era un domingo de fútbol para Miguel hace unos cuarenta y tantos años. Los mismos que hace que no pisa un estadio.


(En El Rapto de Europa, nº 18, junio de 2011)

lunes, 21 de marzo de 2011

Pillados

Eran habituales de los sábados por la tarde. Tendrían, no sé... trece o catorce años, aunque con esa altura pasarían por dieciséis. El que parecía el jefe exhibía un flequillo desafiante a fuerza de gomina. Los otros, el pelo casi rapado y el uniforme habitual: camisetas deportivas, pantalones caídos y anchos, y zapatillas de imitación de las de 120 euros.

Comenzaron su periplo por la tienda de discos pero no permanecieron más de diez minutos. El hecho de que en la columna sólo tuvieran dos auriculares, y que en la selección primaran más los éxitos de ventas que las últimas tendencias en el rap urbano o en alguna modalidad de bakalao, les hizo cansarse pronto de pulsar reiteradamente la tecla de avance rápido.

El Real Madrid y el Chelsea fueron los elegidos. Y de nuevo, el chaval más gordito tuvo que esperar a que uno de los dos perdiera por dos a cero. Continué haciendo la ronda y al cabo de media hora, allí seguían, haciendo ostentación de su toque de balón y de su virtuosismo en el manejo alternativo de las pequeñas teclas. Estuve a punto de decirles algo, porque otros chavales merodeaban por la Play sin atreverse a comentarles nada. Pero la intervención de un padre de dos niños expectantes fue suficiente. “¡Venga, dejad jugar ahora a éstos, que ya lleváis un buen rato”.

Tras los partidillos nada mejor que reponer fuerzas, así que subieron a la segunda planta dudando entre el Pizza Fast o el Burguer Cheap. Una vez que los vi sentados, con el combo especial (hamburguesa de tres pisos, coca-cola y patatas) de 1,99 euros, me olvidé del trío.

No parecían de los problemáticos, de los que se atracan de golosinas en los rincones sin cámara de los supermercados, o los que ojean disimuladamente los bolsos de las señoras que cuelgan del brazo cuando empujan los carros. Por eso dudé al principio. Pero estaba claro que algo tramaban con ese subir y bajar escaleras. Me costó entenderlo, pero al ver al de la cresta situarse detrás de las chicas en la escalera mecánica lo vi claro. Subí a la segunda para pillarles sin que tuvieran opción a la huída y llamé a Marcos por el walkie para que se quedara en la primera, por si echaban a correr escaleras abajo. La trampa estaba tendida. Ahora sólo había que darles un margen para que siguieran confiados. Cuando vi a la rubia de la minifalda vaquera me dije: “Ésa no se les escapa. Y éstos a mí tampoco”.

Más de una veintena de braguitas, imperceptibles tangas y misteriosos pantys se acumulaban en la carpeta de imágenes de aquel teléfono móvil.

—¿Pero no os da vergüenza?... ahora mismo llamamos a vuestros padres... porque de aquí no os vais hasta que no lleguen ellos... Eso, si no damos parte a los municipales para que os pongan una multa por conducta indecorosa y violación (al oír esa palabra incluso yo me asusté) de la intimidad de las personas. (Hay que ver de lo que sirve el temario).

Ante el silencio y la mirada caída de los otros dos, el gordito avanzó un paso.

—Perdone, pero no es lo que usted está pensando. En el instituto han convocado un concurso de fotografía creativa y hay una modalidad de “imágenes con riesgo”. Ya sabe, como los reporteros de guerra y eso. El premio es un ordenador y un lote de libros... pero vamos, que si tiene alguna duda, nada... borramos las fotos y nos olvidamos...

Casi sin darme opción, me cogió el móvil y empezó a trastearlo. Miré a Marcos y me guiñó un ojo.

—Chaval, —le dije poniendo mi mano en su hombro— no sé si alguno de éstos serán algún día fotógrafos famosos, pero, de lo que no tengo ninguna duda, es que tu serás político o escritor... Habrá que ver si desarrollas este talento en la oratoria o la narrativa.



lunes, 28 de febrero de 2011

Vals de Carnaval


Si quieres, puedes bailar conmigo...
bailar esta danza de máscaras,
en la que ni tú ni yo
conocemos el disfraz;
tan sólo el espejo
de mi sensatez
retuerce, a veces, tu imagen
hasta hacerla desaparecer.

Ríe, ríete conmigo...
y de mí también,
para que tus labios
dibujen lo que no quiero oír:
que la farsa ha comenzado
y yo soy el invitado,
que la estupidez
llega en blanca limousine,
que el disparate se cuelga del brazo
y el sarcasmo es el mejor trago.

Ven, vete... ven aléjate de mí,
no es necesario
que lo hagas deprisa.
Vete, ven... acércate a mi,
que giraré a tu alrededor
pasos de un nostálgico vals,
que ni tú quieres,
ni yo puedo bailar.

miércoles, 19 de enero de 2011

Descuido


Nunca me gustaron los deportes, y mucho menos los solitarios, por ejemplo: correr. Tampoco me dio nunca por ir al gimnasio, así que no puede decirse que fuera un espermatozoide atlético. Si alguna ley marcó mi adolescencia esa fue la del “mínimo esfuerzo”.

No es de extrañar que cuando me encontré con todos aquellos colegas enfundados en mallas, con los dorsales numerados y los chips en las zapatillas, me fuera rezagando hasta quedarme en las últimas filas.

Dejé que salieran atropellándose y me distraje tomando una cerveza. Fue mucho más fácil y divertido dejarme deslizar por el tobogán una vez que retiraron la lona.

lunes, 17 de enero de 2011

Náusea


La deformación grotesca de cómo te imaginaba ser asciende como una náusea; no sé bien si es debido al amargor que inunda mi boca, a la resaca de una noche de amor imaginada, o al inconfundiblble hedor del excremento adherido a la suela, que me recuerda sarcásticamente dónde ha de posarse la mirada.

martes, 14 de diciembre de 2010

Carta a Papá Noel 2010

Querido San Nicolás (no tengo aún la suficiente confianza para llamarte Papá y, eso de Santa, tampoco lo veo... la verdad):

Como verás, he decidido cambiar de proveedor de regalos este año, dado que "algunos" equivocan la "fidelidad" con el abuso oligopólico, y no contentos con no dar un servicio apropiado hacen oídos sordos a las quejas y reclamaciones del cliente. Pues bien, espero que este cambio sea provechoso para ambos y sea el inicio de una prolongada relación.

Paso a relacionarte mis peticiones de regalos y obsequios correspondientes a la Navidad de 2010 ya que, como puedes comprobar, me he informado previamente que tu fecha de entrega es la noche del 24 de diciembre, es decir, a partir de las 00.00 h del día 25. Tampoco te voy a recordar mis peticiones anteriores a "los otros", así que sin más preámbulos pasemos a los regalos:

- Una púa, o dos, de algún virtuoso de la guitarra eléctrica (tengo una Réplica Gibson Les Paul, para tu info), a ser posible de Eric Clapton o Van Halen
- Un E-Book Writer.. sí, sí has leído bien... casi todo el mundo pide Reader, pero yo quiero uno que me los escriba... ok?
- Un frasco de colonia "Virtual George", con feromonas auténticas de Clooney
- Una bicicleta estática con motor de 49 cc. (que lo de dar pedales ya me cansa, eh)
- 1 reproductor MP15... que digo yo que ya tendrá que haberlos
- La Barbie Striper (el modelo más grande, de 1,70 m. aprox.)
- El juego de simulación virtual para la Play "Aprende a ser controlador aéreo"
- Y por último... 1 décimo premiado del Gordo del día 22 (si tienes dificultades, puedes hablar con Fabra)

Bueno y eso es todo... también te pediría cosas más intangibles (tipo amor y paz) o ecológicas (disminución de las emisiones de CO2) de responsabilidad social (que salgamos de la crisis) o más puramente fisiológicas (salud), pero la verdad prefiero ver como te desenvuelves con las peticiones más accesibles y materiales, y el año que viene ya lo hablamos.

Abrazos,

A.


sábado, 27 de febrero de 2010

The Vernor's snores (VII). The ending

Si han llegado hasta aquí, les pregunto: ¿Cómo se siente uno ante el hecho de la felicidad diferida? ¿Recuerdan cómo estaban horas antes de la cita? Pues así estaba yo, nervioso, impaciente, con una especial sensación de bienestar que me empujó a estar mucho más comunicativo que de costumbre, y bromear con anécdotas y chistes durante la cena. Claro que la desinhibición también pudo verse incentivada por las cuatro Budweisser con las que acompañé la ensalada Caesar, el medio costillar y los brownies. De vez en cuando introducía mi mano en el bolsillo y el tacto de la cajita de tapones producía en mí el efecto de un mágico talismán.

Esa noche incluso no tenía prisa y fui yo el que invité a una iniciática ronda en “The blind pig”. Allí, después del primer cubalibre de ron, pude confesar a Jenny, entre carcajadas, mis problemas... jamás pensé que podía tener un inglés tan fluido, o tan gracioso, porque fui la envidia de todos los participantes masculinos que observaban celosos como su fetiche sexual se moría de risa con mis ocurrencias. Jenny me recriminó no haberle dicho nada sobre todo, me dijo, porque ella padecía de insomnio y tomaba habitualmente unas pastillas para dormir. Abrió el bolso y troceó un pedacito gris que contenía cuatro. Te tomas una, una hora antes de acostarte, y te olvidas. Venga, tómatela y ya me dirás mañana, me dijo con ese aire maternal que adoptan a veces las mujeres. Obviamente no estaba en mi ánimo contrariarla, porque sospechaba (o anhelaba) que tras esas complicidades pudiéramos compartir algo más en esa última noche. Pero Jenny se dedicó a la mesa de billar retando, a cinco dólares la partida, a todos los que quisieran, y no faltó el galán argentino, el machote mexicano, el apocado peruano, incluso un extraño paraguayo para medirse con Jenny que se inclinaba provocativamente sobre el tapete.


Foto: Jeremy Blanchard

Al finalizar el tercer —o quizá fuera el cuarto— Bacardi con cocacola, la cabeza me daba vueltas, notaba como los ojos se entornaban y la lengua empezaba a darse golpes contra las paredes del paladar, todos los síntomas de que —como diría el porteño— empiezas a “estar en pedo”. Era el momento de pensar en dormir... sleep... dormir...

Salí del bar y tuve suerte, un taxi mantenía la luz encendida a escasos cien metros. En poco menos de tres minutos estaba subiendo —con ciertas dificultades— la escalera que me conducía al primer piso del hotel. Entré sin dar la luz, para no molestar a Vernor; era tal mi condescendencia con toda la humanidad que hasta a mi torturador personal le veía como una víctima. Me miré en el espejo y casi no me reconocí, la cara era de totally drunk (borracho total), a ver si con tanto alcohol ahora no voy a pegar ojo, pensé... fue tal mi pavor ante esa hipótesis que inmediatamente me tomé otra pastilla de Jenny con la ayuda de un poco de agua.

Recuerdo, ya muy vagamente, que me metí en la cama; no me acuerdo bien si dejé el aire acondicionado encendido o lo apagué; pero sí recuerdo perfectamente cómo abrí la cajita de “super suaves”, cómo me dediqué a ponerlos y quitarlos para notar hasta qué punto amortiguaban los ronquidos/snores, y me tumbé, cerré los ojos... y no recuerdo mucho más.

A la mañana siguiente, Vernor tuvo que sacudirme fuerte para despertarme. Cuando abrí los ojos y vi tanta luz, tuve que cerrarlos de nuevo. Vernor, completamente vestido y con la cartera en la mano, me dijo que se había asustado, que me había estado hablando y que no despertaba, que incluso me había zarandeado ligeramente y que a punto había estado de llamar a recepción porque creía que me había pasado algo. Ya más tranquilo, me recordó la hora y me dijo que tenía sólo diez minutos para llegar a tiempo. Le dije que sí, que no se preocupara...

¡A la m.... el comedor... ¡Estaba feliz!, por primera vez en cuatro días había podido dormir y esa sensación no la iba a eclipsar un despertar apresurado por llegar a desayunar. Según el programa, tras el desayuno, teníamos una última sesión con el servicio de admisiones de la Universidad y consideré que esa era una actividad totalmente innecesaria y prescindible para mí. Me levanté y encendí el televisor en busca de noticias... no esperaba encontrármelas en un papel doblado que estaba en el suelo, cerca de la puerta. En un castellano pasable venía a decir que si no conseguía dormir podía acercarme hasta la 107 donde me esperaba, con una botella de ron, XXX Jenny.

Doblé con sumo cuidado el mensaje y pensé en lo mucho que podía presumir ante mis colegas de la oficina. Pero, sabiendo de mis cuentos, seguro que pensarían que, o bien lo escribí yo mismo, o se lo encargué escribir a alguien, así que decidí hacerlo pedacitos y arrojarlos hacia el techo de la habitación. Lentamente, como un confetti carnavalesco, descendieron hasta posarse en la cama. Algunos cayeron muy cerca de unos tapones azules que permanecían, medio ocultos, al lado de la almohada. THE END.

sábado, 20 de febrero de 2010

The Vernor's snores (VI)

Bajé las escaleras y abrí la trampilla que bloqueaba el acceso a la piscina. Me acerqué con cierto cuidado, alzando de vez en cuando la vista en dirección a los corredores. Estábamos solos... la tumbona y yo. Con cariño y delicadeza, como quien desabrocha un vestido, la recliné hasta el máximo permitido, desplegué la manta desde un extremo y me tumbé, tapándome con la otra mitad. Respiré profundamente y cerré los ojos. Los grillos de la noche acompañaron esa sensación de vacío, de cálido placer, que se sucede tras la esperada unión... tras la fusión en un solo elemento de aquellos dos cuerpos que se desconocían hacía tan solo cinco minutos y que yacían juntos ahora, teniendo por cómplice a una manta de hotel y por cubierta el cielo de una noche de verano.

Que el placer es efímero, lo sabemos todos... quizá algunos/as más que otros/as. Pero ¡qué gusto mientras dura! Exactamente una hora y pico. ¿Qué exagero?... nada de eso... a las seis y media en punto el hotel se ponía en marcha, se daban las luces, las limpiadoras empezaban a preparar sus carros (little carts) y algunos huéspedes empezaban a bajar sus equipajes cargándolos en los suyos (cars). No había modo de seguir disfrutando de aquella especie de narcolepsia postcoital. A las siete menos cuarto subía de nuevo a la habitación. Por suerte Vernor estaba en la ducha y pude tumbarme otros diez minutos más. Durante ese tiempo me fijé un solo objetivo para aquella jornada: comprar unos tapones en la farmacia más cercana.

Según el programa, la sesión de la tarde finalizaba a las cinco piem. Bueno pues esa tarde, por razones que no vienen al caso, eran las cinco y treinta y siete cuando llegábamos al hotel. Los días anteriores, en el paseo vespertino por la calle principal de la ciudad, había curioseado los escaparates de las escasas tiendas que a esas horas ya se encontraban cerradas... ¿y las farmacias?... pues hombre ¡alguna habrá de guardia!... ¡pues no, majete!, sólo hay dos farmacias, una enfrente de la otra y las dos cierran a las 6 piem.

Llegué... six to six (por los pelos) y me dirigí a la más grande. Al entrar pensé que me había equivocado -a pesar de la cruz verde encendida encima de la fachada- porque aquel establecimiento se parecía más a un supermercado. Largas estanterías se disponían paralelas a ambos lados de los pasillos (seis al menos). Tanto fármaco, tanto botecito y tanta cajita me abrumaron. Tampoco había tomado la precaución de preguntar a alguno de los intérpretes como le decían a los tapones en inglés-americano. Tras pasearme por dos de los corredores, vi que en la parte superior de algunos de ellos habían un letrerito con algunas palabras que me recordaron a la lesson seven de mi “English for beginners”: mouth, stomach, eyes, teeth, kidneys, foot... coño ... y cómo shit se decían oídos?... ears... eso es “iirs”... Una voz femenina me susurró a mi espalda algo así como: Canai jelpiu?... (en V.O. subtitulada: Can I help you?)... Si no hubiera sido por la bata blanca y la expresión de “¡vamos, que estamos cerrando!” le hubiera propuesto cualquier cosa, pero me contenté con poner cara de sufrimiento y decir: “I need something for the noise”, a la vez que me llevaba los índices a los oídos tal y como hice la noche anterior. Me acompañó a uno de los mostradores y me dejó enfrente. Ear Plugs.

Foto: Shawn McClung

Por un momento se me había olvidado que estaba en los Estados Unidos, el país de la opulencia, de la oferta ilimitada que crea su propia demanda, el adalid de la globalización y el valeroso defensor del imperio del mercado. Más de una docena de modelos de taponcitos esperaban a que me decidiera. Obviamente primero miré el aspecto, los había blancos, azules, rojos, grandes y más pequeños, unos lisos y otros como con rosca, algunos tenían un cordoncito, otros como una especie de mariposa en los extremos. Miré el reloj, three past six. A continuación saqué algunos de ellos de las varillas que actuaban como expositores e intenté leer las indicaciones que aparecían en la parte trasera de las cajitas. ¡Hostias!... Noise Reduction Rating: 22 decibels. Comparé unos cuatro o cinco: 24, 20, 18, 20-24, otros ponían simplemente “for high frequency sounds” o “superior noise reduction rating”. ¡My God!... cuántos decibelios tendrían los Vernor’s snores? Algunos eran especiales para aeropuertos, otros para maquinaria... ¿y para snores? por más que leía no veía explícita aquella aplicación. La señorita de blanco se acercó de nuevo con el ceño ligeramente fruncido. Antes de que me dijera algo, cogí unos que ponían supersoft (acordándome de los de papel) y otros que eran los más caros (acordándome de mi amigo Joseba y de sus consejos: “si tienes dudas elige siempre lo más caro”). En total un Washington, 2.53 de los suaves y 6.35 de los de superluxe, más impuestos. Pagué gustosamente y a punto estuve de dejar propina. (To be continued)

sábado, 13 de febrero de 2010

The Vernor's snores (V)

Tenía que hacer auténticos esfuerzos para no cerrar los ojos, sobre todo en la sesión de la tarde, justo después de comer. Cuando terminábamos la jornada de trabajo, a eso de las cinco piem, dudaba entre acercarme a la Library para chequear mis correos o irme despendolado hacia el hotel para echarme una siesta de las de pijama y orinal. Pero eso equivaldría a desperdiciar el sueño y pasarme de nuevo la noche en vela. No... cuanto más cansancio y sueño acumulara mejor podría dormir. Esa fue mi opción. Pero no contaba con la alianza diabólica de la diferencia horaria y los snores vernorianos.

Me dolían los ojos, me dolía el cuello, me dolían la espalda y las piernas. Necesitaba dormir. Aquella noche fui yo el que dio primero las buenas noches mientras Vernor –que había encontrado una cadena de habla hispana- seguía entretenido con los resultados de la liga de béisbol (baseball). Perfecto. El ronroneo del televisor podía prepararme para sobreponerme a los eventuales snores y si conseguía dormirme pronto a lo mejor no despertaba hasta las siete de la mañana. (¡Iluso!)


Foto: Hobvias Sudoneighm

Vernor no duró despierto ni cinco minutos (el muy hi.. de la chingada) y se puso a snorear acaparando toda la habitación. Soplé resignado y cerré más fuerte los ojos, hasta que me di cuenta de que lo que tenía que cerrar eran las orejas. Presioné con mis dedos índices justo en las ternillas y de pronto percibí un ligero zumbido como el que producen las caracolas, un agradable sonido a mar. Me relajé provisionalmente, no se estaba mal. Mi mente se trasladó a océanos atlánticos y mares mediterráneos, a chiringuitos playeros y dobles de cerveza con limón, a chicas en topless o con minúsculos tangas, (ehhh, que por ahí no vas a dormir). El problema era si iba a ser capaz de conciliar el sueño en esa posición. Probé rodeando la cabeza con el almohadón y presionando con la manos; luego apoyando la cara de lado y presionado sólo la oreja libre. Pensé en un remedio más permanente y que no precisara de ninguna acción por mi parte. Ya lo tengo.. tapones, lo que necesito son tapones... así que me levanté (haciendo todo el ruido que pude) y corté un trozo del papel del rollo que había en el cuarto de baño. Troceé dos pedacitos y me preparé unos rudimentarios tapones. Además de rascar considerablemente no eran tan efectivos como deseaba. Los snores se percibían con toda claridad. Probé a humedecer ligeramente con un poco de saliva para ver si se acoplaban mejor a los pabellones auditivos, y parece que el organismo los aceptó mejor. Pero... ¿y si se me meten hacia adentro y luego no los puedo sacar?... ¿y si me producen una lesión?, joder... voy a hacerlos más grandes.

Aunque intentaba no mirar el reloj era muy difícil resistirme. Las dos menos veinte... fuck you!... (¿sólooooo?). Tras el fracaso anterior mi mente se empeñó en encontrar soluciones. Así, pensé en utilizar una de las tiritas que suelo echar en el neceser colocándosela en la nariz del pertinente snoreador. Ya saben ustedes que hubo un tiempo en que se puso de moda y no había deportista de élite, fuera cual fuera la modalidad, que no luciera la famosa tirita adherida al puente de la nariz. Hoy pocos lo usan; que yo recuerde, Valentino Rossi -que ya me dirán usted para que carajo le sirve bajo el casco integral- y algún que otro corredor de fondo, pero el caso es que la susodicha tirita parece que, además de abrir las fosas nasales y facilitar la respiración, actuaba como un eficaz antisnorítico. Eso al menos era lo que recordaba haber leído. Al cabo de media hora abandoné la idea de la tirita sustituyéndola por los calcetines blancos de algodón, convenientemente recogidos sobre sí mismos en una especie de pelota, que serían incrustados directamente en la boca y parte del esófago de Vernor.

A las cuatro, más o menos, la solución pasaba por encender la luz y poner la tele a toda hostia. Seguro que con eso le despertaba y, lejos de bajar el volumen, le diría que lo sentía mucho pero que no podía dormir y que si tenía algún problema que se lo dijera a Pet. Era otra posibilidad, ser yo la causa de las desavenencias de pareja y el promotor de la ruptura de la habitación compartida. Probablemente si era él el que se quejaba no sería percibido como el típico comportamiento del euro-imperialista-pequeñoburgués sino todo lo contrario, era de nuevo un indígena -como lo habían sido sus antepasados- la víctima del colonialismo, esta vez de la mano de un español que aferraba el mando a distancia y de la CBS que retransmitía en diferido las semifinales de la NBA.

A las cinco o’clok apelé a la máxima de que si la montaña no va a Mahoma, el profeta es quien debe calzarse las botas y hacer la excursión. Sentencia que se vio reforzada por aquella otra de que “una retirada a tiempo es una victoria”. Me levanté, me puse un pantalón corto, una camiseta y las zapatillas de deporte y me dispuse a dar un paseo bajo la dulce luz del amanecer (a ver si así se me pasa el cabreo). Salí al pasillo y me apoyé en la barandilla -con esa típica pose de quien otea el horizonte- descubriendo que el sol debía de estar completamente dormido y aún le quedaría al menos una hora para despertar. Apliqué el zoom de mis ojos posándolos en cosas más cercanas y entonces la vi, sugerente, enigmática, disfrutando de la soledad. Estaba junto a la piscina como ausente, con una cierta languidez. Ahí tenía otra oportunidad, pero tenía que tomar una decisión y rápido. Entré en la habitación y cogí el accesorio que podía serme muy útil en mis proyectos. Mi corazón empezaba a alterarse y cierta excitación sacudía todo mi cuerpo. God, que había dado un portazo en mis narices, me abría ahora una sugerente ventana. (To be continued)

sábado, 6 de febrero de 2010

The Vernor's snores (IV)

Foto: Linda Giddens

La jornada había sido completa. Habíamos pasado el día en un paseo agradable a bordo de un barco fluvial -similar a los que surcan el Mississippi- y por la noche habíamos asistido a la recepción que había organizado en nuestro honor el Presidente Grant (el rector de la Universidad). A eso de las diez, la fiesta había terminado, pero para los latinos esa era todavía una hora demasiado temprano para regresar al hotel. Nos quedamos un pequeño grupo que, bajo la tutela de Jenny, decidimos tomarnos unos tragos en “The blind pig”, uno de los pocos bares de la ciudad.


Tras unas partidas de pool y otras tantas cervezas nos encaminamos, andando, sí, sí, andando, walking, (no tardamos más de 10-12 minutos) hacia el hotel. Aunque era todavía temprano, calculo que cerca de la 1, no hubo posibilidad de tomar la última (no bar, do you remember?) así que decidimos despedirnos y subir a las habitaciones. Busqué la tarjeta y aparecieron dos de crédito, la del Corte Inglés, la de la Seguridad Social, la de la Compañía de accidentes, la prepagada de ATT, otra de Telefónica... aquí está, no, no, ésta es la del Holiday Inn de Orlando... vuelta a comenzar... Tras la segunda vuelta empecé a temer que mi despiste habitual con las llaves tuviera también efectos con las tarjetas de plástico. No era descabellado pensar que podía haberla dejado en la habitación, o en un bolsillo de la cartera que suelo llevar colgada en bandolera. Repasé de nuevo todos los posibles habitáculos que pudieran contenerla y nada. En esos momento mi mano derecha actuó de forma autónoma yendo directamente al bolsillo trasero del pantalón. Respiré.

La habitación estaba a oscuras y el aire acondicionado soltaba un chorro de aire frío. Además hacía un ruido considerable. Para no tener que encender la luz descorrí un poco las cortinas dejando que el fulgor de la luna y la iluminación nocturna del hotel resplandecieran lo suficiente la habitación. A los pocos segundos percibí el bulto adormecido de Vernor (in his bed). Me desvestí procurando no hacer ruido y procedí al ceremonial nocturno. Me metí en la cama y miré el reloj, la 1,15 a.m. (7,15 hora de España). Cerré los ojos y esperé que viniera el sueño.

Esperé y esperé. Mientras esperaba me pareció escuchar junto al sonido del ventilador del aire acondicionado, otros sonidos que provenían justo del otro lado. Decidí levantarme y apagar el aire. ¡Hell, shit, son of the beach, fuck you… y todos los tacos que me sabía! No puede ser... me cago en mi suerte... joder... Eran snores. No sé como se dicen en castellano. Son esos ruidos que nacen como silbidos y se van volviendo más graves, ruidos que se repiten en secuencia y que el sujeto no controla. Snores les decimos nosotros. Bueno pues Vernor snoreaba. A los quince minutos decidí encender de nuevo el aire acondicionado porque prefería que se me resecara la garganta, que me dieran un ataque de lumbago o que me cogiera un resfriado de padre y muy señor mío, pero que el ruido, que antes había calificado de molesto, atenuara los malditos snores. Quince minutos más tarde los sonidos se habían acoplado de tal manera que aquello parecía una maqueta de música repetitiva. No había más remedio que echar mano a los remedios tradicionales. Chasqueé la lengua varias veces, como arreando a un caballo imaginario y nada. Probé a toser, para disimular, pero nada. Ni siquiera una momentánea interrupción. Bueno, tranquilo, no pierdas los nervios. A lo mejor si cambia de postura cesan los snores. Es cuestión de esperar, ya verás.

Y Vernor se dio la vuelta y se quedó mirando para el techo. Los snores aumentaron y cambiaron de registro. Ahora sonaban como ahogos, como lamentos de ultratumba, como si la garganta y la nariz vernorianas estuvieran acosados por el mismísimo Freddy Krugger o el de la motosierra de Texas.

A las tres de la mañana decidí levantarme y darme una vuelta... quizá vuelva a moverse, quizá sea solo al principio, quizá si me entra mucho sueño no los oiga. Salí al pasillo y me distraje contemplando la piscina. Si hubiera algo de luz junto a las mesas, me bajaba uno de los libros que eché en la maleta o me ponía a hacer crucigramas. Voy a darme una vuelta por recepción... ¿en pijama?... bueno, es un pantalón corto y una camiseta. Bajé a la recepción y vi a un tipo neg... digo afroamericano, muy alto, puesto que le sobresalían del sofá dos enormes zapatillas de baloncesto, tumbado de lado que, o dormía, o se hacía muy bien el dormido. Me acerqué hasta la máquina de soft drinks y curioseé las ofertas: Coke, Coke light, Coke No Cafeine, Sprite, Sprite-diet, Seven Up... Todo a un dólar cincuenta. No beers, bières, nao birras ni por supuesto... cervezas. Subí las escaleras y me encontré de nuevo frente a la puerta. Pegué la oreja. No se oía nada. Alborozado introduje la tarjetita y abrí la puerta. Vernor miraba ahora hacia el interior de la habitación y los snores sonaban más débiles. Es el momento, aprovecha, me dije para animarme. Me introduje rápidamente bajo las sábanas y cerré con fuerza los ojos; mi mente intentó perderse por todos los vericuetos que pudieran tener algo de somníferos. Media hora más tarde miraba de nuevo el reloj, eran las 4 menos diez. Faltaban sólo unas tres horas para desayunar en los Commons de la Stanton University. (To be continued)

domingo, 31 de enero de 2010

The Vernor's snores (III)

Dr. Peter Delynn, Dept. of Political Science, Stanton University. ¿A qué les suena? A un tipo de unos sesenta años con el pelo blanco, seguramente con gafas, quizá con bigote, con traje, camisa blanca y pajarita de lazo al cuello. O tal vez algo más joven, de unos cincuenta -y entonces combinaría probablemente una camisa de cuadros con corbata de rayas-, de piel sonrosada y ojos azules.

No obstante, el tipo que se acercó a mí con la mano extendida tendría unos cuarenta, alto y delgado, con una larga melena rubia recogida en una coleta y vestía una especie de guayabera estampada. Sin duda un ayudante de Delynn, pensé... Carlos, éste va a ser, le dicen Carlos aunque su nombre de origen debe ser Charles. Pero no, se trataba de Pet, que amablemente me preguntó por el viaje y se disculpó por el malentendido en la llegada. Se encarga de los trámites con la recepción y me comenta: Esto... no te importa compartir la habitación?... (Cielos! pensé traduciendo mental y erróneamente por su antónimo... Hells!)... Si es con una señorita, no... si no ... tendré que consultar con mi mujer, le dije. No debí ser muy original. Eso dicen todos, me contestó. Sin embargo, tras pasar previamente por el mostrador de Recepción, me alcanzó un estuchito con una tarjeta. Toma, es la 243 y tienes suerte, me dice, estás solo. OK, digo, mucho mejor.

Foto: T. Rockstar

Esa noche mi reloj biológico me despierta a las dos de la mañana y desde ese momento no consigo volver a dormir. Conecto el televisor y alucino viendo las competiciones tan raras que se gastan por aquí; además de las habituales carreras con todo tipo de vehículos y de comer más rápido o en mayor cantidad (hamburguesas, huevos, tallarines...), esta noche le toca el turno a los tipos que rompen cosas con las elementos más impensables de su cuerpo, por ejemplo hay uno que atraviesa latas de cocacola (llenas) con el dedo índice, a otro le rompen estacas de madera golpeándole en la mismísima entrepierna, y otro dobla varillas gruesas de metal empujando con la nuez... (No comment!)

El traslado hacia Deland (o De Land, que de las dos formas puede y debe decirse) lo hicimos en dos enormes rancheras, (one black and one white) con el apoyo logístico de un auto que conducía Jenny con parte del equipaje. Las carreteras son amplias —de dos carriles al menos—, rectas y bien asfaltadas, con una mediana de césped dos veces superior a la anchura de la calzada. Se nota que aquí tierra no les falta. El paisaje es algo monótono, liso y verde, salpicado de lagunas artificiales y ayuda a crear un halo de tranquilidad y armonía. En poco menos de dos horas llegamos al hotel pero nos comentan que éste no es el que estaba en el programa, pero que lo han cambiado porque está más cerca de la Universidad y facilitará nuestros traslados. No importa, mucho mejor, decimos todos.

Pet reparte de nuevo las llaves. Mi sentido racional me había indicado que si en Orlando había disfrutado de una habitación para mí solo, lo lógico sería que mantuviera ese privilegio. Por otro lado, si exceptuamos a Peter y Carlos, éramos 13 en el grupo de visitantes y obviamente uno debía dormir solo. Era un deferencia esperable para el representante de la Asociación Castellano-Manchega para las Relaciones Eurolatinoamericanas... Alberto... toma, la 256... estás con Vernor, he says me. ¿Vernor? pregunto desconcertado… Viene en el otro carro, responde.

¿Hotel o motel?... Dejémoslo en que se asemejaba a un hotel de carretera; sólo dos plantas en forma de escuadra y en medio la piscina, los pasillos a un lado y otro de las alas ofrecían la secuencia puerta-ventana, window-door, hasta un total de 12 eslabones de esta cadena. Puede gustarte más o menos (y para gustos ahí están los colores) pero lo achacable era la carencia de algunos servicios que caracterizan a un establecimiento de este ramo: no bar, no laundry, no internationals calls, no lobby, no Pc’s with internet acces... pero siempre es mejor un hotel que una habitación austera en un colegio mayor... o quizá no.

Foto: A.R.

Como llego el primero me cojo la cama más próxima a la ventana. Posee además el complemento de una pequeña mesa circular. Cuelgo la ropa más arrugable en las perchas (3) y el resto lo coloco en el cajón que me corresponde del pequeño aparador sobre el que se encuentra el monitor de TV. Lo enciendo. Zappeo compulsivamente. Se vende de todo, y todo el mundo parece very happy con lo que han comprado. Lo apago. Voy para el cuarto de baño y la pastillita de jabón sobre el lavabo me evoca mi época de estudiante, de pensiones baratas, de viajes en trenes y albergues comunitarios. Hace ya demasiados años.

El movimiento nervioso del picaporte hacia arriba y hacia abajo me aleja de mis recuerdos. Alguien trata de abrir la puerta y percibo una silueta a través de los visillos entornados. Lo intenta una y otra vez cometiendo el error típico de pensar que debe abrirse con la tarjeta insertada en la ranura. Como temo que si lo sigue intentando pueda cargarse la manivela me levanto y le abro. ¡Hola!, tú eres Vernor, ¿no? Soy Alberto, le digo estrechándole la mano. Tienes que sacar lentamente la tarjeta para que se encienda la luz verde, entonces puedes abrir la puerta. ¡Ah, pueee..! me responde agradecido.

Como le llevo ventaja (ya tengo todo mi equipaje medianamente ordenado) y hemos quedado para dentro de una hora me dispongo a darme una ducha. Dudo entre desnudarme allí mismo o entrar pudorosamente vestido, pero recuerdo las reducidas dimensiones del baño y opto por lo primero. Intento recordar cuando estuve en una situación similar —es decir con alguien en la habitación de un hotel que no fuera mi mujer— ...¡bah... que más da! Me enrollo la toalla a la cintura y encojo la tripa... me imagino baños turcos, saunas... mis nalgas se aprietan en una reacción espontánea.

Uno no valora suficientemente la libertad, la que se escribe con mayúscula pero sobre todo la de la letra pequeña, hasta que la pierdes, momentáneamente, por razones ajenas a tu propia voluntad. Estás tan acostumbrado a usar el libre albedrío en el recinto privado de tu vida que ni se te ocurre tener que prescindir de espacios construidos con tu esfuerzo y con la tolerancia de los demás. Los silencios sin motivo, el mando del televisor, salir de la ducha como Dios te trajo al mundo (con algunas adiposidades más), la liberación de la ventosidad mañanera, ponerte a leer a las cuatro de la madrugada, escribir sin tener que responder a la típica pregunta “¿el qué?”, en fin todo aquello que te hace creer que eres el dueño de tu propia existencia.

Pues bien, todo esto se acabó. Por suerte mi ocasional compañero no era de los extrovertidos, de esos que no paran de hablar y provocar conversaciones aunque tus respuestas sean más secas que las tierras de Arizona. Su carácter reservado y prudente me hizo creer que debía estar agradecido y contento, sobre todo cuando repasé mentalmente algunas características de otros posibles candidatos. But the night changes everything. (To be continued)


jueves, 21 de enero de 2010

The Vernor's snores (II)


Sí, hemos tenido una hora de retraso... o sea que Jenny acaba de regresar ahorita, vaya ¡qué pena! ok, pásame con Carlos… Sí, dime... pues estoy en la segunda planta… en qué terminal?, pues no sé, donde llega US Airlines... Oka, que envías a alguien a buscarme a la salida A-19, de acuerdo, A-19, en cinco o diez minutos... okeeeyyy!

Salí a la segunda para ver si veía lo de los postecitos con signos alfanuméricos pero no había postecitos, bajé a la tercera y… ¿bingooo? Pues no, sólo línea, porque me recorrí todos los postecitos y llegué desde el B-1 al B-25. Aquí me temo que hay que preguntar, pero dado mi english low level será mejor que lo haga a alguien con pinta de latino, o sea a limpiadoras o mozos. Perdone, ¿la salida A-19?... No, no, si no quiero embarcar, yo lo que quiero es salir del aeropuerto por la salida A-19. Me están esperando en ese sitio. O sea que la sala A-19 está del otro lado. Pero... ¿y la salida?... ¿también esta allí? Dice usted en la otra terminal, al otro lado, terminal A... pues vamos p’allá.

Pasillos y pasillos recorridos a toda leche (thanks brother for borrow me your wheelesbag) y la subida de adrenalina hacen que empiece a sudar a pesar del aire conditionated. Tras unos cinco o seis minutos a la carrera llego por fin a la terminal A, y de nuevo a bajar a la segunda planta... (¡gilipollas, que en la segunda no había postecitos con numeritos!) , y tras mi estúpido error de nuevo a la tercera, uff, soplido, por fin A-1, A-2, A-3… Al llegar al A-19 me encuentro con una furgoneta blanca aparcada y un tipo cerca de ella. Resuelto me dirijo a él en castellano.

Hola, soy Alberto Rodrigo. El tío pone una cara rara como diciendo “pues muy bien majete y yo Charles Driver”, y me suelta una parrafada en inglés. Esquiusmi, bat aidon espikinglis, le digo todo de corrido. El tío va y me suelta otra cosa (yo pillo algo así como looking for, que me suena a canción de los U-2) así que no tengo más remedio que pensar en articular algo más o menos entendible, del tipo: Ar yu güeitin for mí? (todavía no sabía que güeitin en americano se dice güeirin)… pero el tío lo pilla y me dice que no, mientras mueve enérgicamente la cabeza a derecha e izquierda por si no le he entendido. Pero me tranquiliza diciendo que espere, que seguro que llegará alguien. Me lo creo porque necesito creerlo y me siento en un banquito.

A los diez minutos vuelvo a estar desesperado, así que me meto dentro y busco un teléfono… Murphy actúa con su premonitoria ley, porque cuando necesitas algo nunca lo vas a tener a mano, y no veo un fucked phone en toda la sala. Salgo de nuevo y me siento de nuevo. Allí esta todavía el de la furgoneta al que le veo un celular colgado del pantalón. Compongo mentalmente la frase (excuse me sir, can you give me the phone?)... pero cuando la traduzco veo que el tío puede pensar que quiero que me de su móvil... a lo cual se negará, como lo haría cualquiera, (ok, y si le digo: would you call for me, please? a la vez que le muestro el teléfono móvil de Peter escrito en el fax)... sí, eso va a estar mejor, esquiusmi... y en cuanto le señalo el móvil el tío me pide el papel me pregunta algo y yo le indico con el dedo el numerito. Me marca y me lo pasa.

Pet? Oye que soy yo otra vez, Alberto, que aquí no ha venido nadie… ok, pásame con Carlos... Sí, estoy aquí, en la A-19, pero aquí hay un tío aparcado y no me espera a mí, sí, en la segunda planta, junto a las paradas de los taxis... oye tranquilo que mejor me cojo un taxi,... que no? bueno, venga, espero... (el tío del celular me mira porque me he callado pero sigo con la oreja pegada, para disimular miro para otro lado)... de acuerdo que espere aquí, que en cinco minutos vienen a por mí. No han pasado ni tres minutos cuando llega un microbús pequeño con unas letras enormes rotuladas en un lateral: Holiday Inn.

Foto: Sandeep Thukrai

No lo pensé dos veces y, como alma que lleva el Devil, me dirigí al grupito que estaba dejando sus equipajes en la puerta trasera de la furgoneta. El conductor, que iba colocando ordenadamente los trolleys, me miró algo extrañado y me preguntó algo. Dije alto y claro: I go to hotel. No tuve que ser lo suficientemente preciso porque me soltó otra parrafada en ese endiablado idioma. Insistí e insistí, incorporando esta vez el artículo y exagerando el acento : Ai go to the joutel. Él volvió a preguntarme y en su frase final entendí Inn Select? Yes, yes, dije frenéticamente, Holiday Inn Select.

Algo masculló entre dientes pero ya no me importó cuando vi mi valija entre las demás. Fui el último en subir y sólo quedaba un asientito en el centro, de esos que se bajan desde el brazo de los que están más solidamente fijados al suelo. En pocos instantes las conversaciones se cruzaban delante de mi cara a una velocidad espeluznante. No era de extrañar que yo no pillara nada. Lo que sí me resultó extraño era su indumentaria. Los hombres vestían camisa blanca de manga corta con adornos azules en las hombreras y unos pines similares en un lateral de la pechera. Algunos conservaban todavía en su cabeza una gorra de plato con un cordón dorado. Las mujeres llevaban unos pañuelos de colores al cuello y unos sombreritos, algo ridículos, medio ladeados. Mis neuronas actuaron de nuevo y lo comprendí enseguida... era la tripulación de un avión. Me sentí como un polizón recién descubierto y empezó a asaltarme una terrible duda: ¿iríamos todos al mismo hotel, o aparecería sin remedio en el aeropuerto internacional de Kuala Lumpur?

Por suerte el trayecto fue muy corto y en cinco-seis minutos (que a mi estómago le parecieron tuenyfaiv por lo encogido que lo llevaba) estábamos frente al Hotel Holiday Inn Select, en el área del aeropuerto de Orlando, Condado de Volusia, Estado de Flórida (pronúnciese adecuadamente acentúando la o). Mientras el conductor iba distribuyendo las maletas, sus propietarios le iban intercambiando billetes verdes doblados longitudinalmente que el tipo se engarzaba entre los dedos. Como todos los billetes son iguales (de tamaño y color) costaba saber si eran de 1$, 5$, 10$ o de valor superior. En realidad era una simple curiosidad porque no estaba dispuesto a desembolsar una propina después de toda mi particular odisea, así que esbocé mi mejor sonrisa y le dije ZENKIU VERI MACH mientras atravesaba resuelto la puerta automática del anhelado hotel. (To be continued)

domingo, 17 de enero de 2010

The Vernor's snores (I) *

* (Based on a true history)

I’m Spanish, I’m 46 years old and I’m married. Past Thursday somebody say me that I may to travel to Florida because nobody can assist an event at Stanton University. So, on Saturday I was flying to Orlando.

Después de unas ocho horas de vuelo llegué a Philadelphia, la ciudad de los quesos, y lo digo porque tienes que pasar la aduana a golpe de calcetín, esto es con tus zapatos metidos en una caja de plástico (¡Oh my God!... tendré algún roto?) junto a tus objetos personales. No es de extrañar que se apodere de la sala el inconfundible olorcillo de decenas de pies humillados. De esa forma, sin monedas, descalzo, despojado de mi reloj y del cinturón (con el consiguiente peligro para mi integridad), entré en este wonderful country.

La conexión no fue mala; después de caminar y caminar por interminables pasillos mecánicos encontré la gate que coincidía con mi tarjeta de embarque. La demora fue de cincuenta minutos, o sea, como en cualquier país subdesarrollado. La verdad se me pasó el tiempo muy rápido porque estuve entretenido reconociendo a todos los personajes que había visto en las películas: la policía negra (perdón... de color... digo... afrodescendiente) enorme, con una talla de pantalón XXXL; el operario de la cinta transportadora, con la gorra beisbolera (con la visera para atrás, of course) y zapatillas de Michael Jordan de 150$; la jubilada Miss Mildred Design, con su pelo blanco y sus gafas de diseño ultramoderno… Hasta aquí todo normal, pero los problemas empezaron al llegar a Orlando. De nuevo andar y andar por pasillos similares, pero esta vez el final desembocaba en una especie de tubo enorme. Todo el mundo esperó y yo también. Todo el mundo se subió a un tren monorraíl elevado y yo, muy decidido, también ("donde fueres haz lo que vieres"), aunque era inevitable tener una especie de hormiguillo en el estómago (where coño irá esto?). El trayecto duró muy poco y al abrirse las puertas respiré: habíamos llegado a la sala de recogida de equipaje (Bag Claim). La maleta no se portó mal, salió terciadita, ni de las primeras ni de las últimas, así que me encaminé relativamente contento to the Exit.

Foto: Michael Gray

But, as already said before, the problems began. El aeropuerto internacional de Orlando tiene tres pisos (hacia abajo, down). La primera planta en la que se encuentran los mostradores, las tiendas y las puertas de embarque; en la segunda, la recogida de equipaje, y en la tercera las agencias de rent car, de hotels y los transportes públicos. Pues bien, por las tres plantas con sus correspondientes 16-18 puertas puede uno salir hacia la calle. Mi sentido racional me dijo que saliera por la segunda planta, exactamente por las puertas en cuya parte superior podía leerse US Airlines. Recordé que en el ultimo correo que recibí antes de mi partida me informaron que una persona estaría esperándome en el aeropuerto, en concreto una becaria, Jenny (estoy seguro que el imaginario colectivo masculino recrea el arquetipo: rubita de ojos claros, con grandes mofletes y sus correspondientes tetas), y ella sabía que yo llegaba en US11 desde Philadelphia. Miré a un lado y otro y ni asomo, no ya de Jenny, sino de ninguna persona humana; esperé unos minutos pero pensé que probablemente estaría en la salida del transporte público, así que me bajé a la tercera.

Salí al exterior y, además del bofetón típico de calor húmedo, allí me esperaban un montón de autobuses y de taxis; sorteé a la gente que esperaba y recorrí de arriba a abajo la acera. Ok, no problem, será en la primera. En la primera había un lío de padre y muy señor mío y me dije que no, que por ahí no veía claro lo de la salida, así que bajé de nuevo a la segunda. Joder... ¿pero es que no hay nadie por aquí? No perdamos los nervios, utiliza la información de que dispones y tu cerebro. O sea que busqué el número del móvil de Pet (The Coordinator) y me dispuse a utilizar la tarjeta de prepago de ATT comprada hábilmente durante la espera en Philadelphia. Jelou!!... Pet? I’m Alberto Rodrigo, from Madrid… no, no, estoy aquí, en el aeropuerto de Orlando. (To be continued)